Janeiro 21, 2021
Do Uniao Popular Anarquista
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Comunicado Nº 75 de la Unión Popular Anarquista – UNIPA, 3 de noviembre de 2020

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Al valeroso pueblo chileno y Mapuche;

A los militantes populares y a los trabajadores brasileños y latinoamericanos;

A los compañeros y compañeras revolucionarias de todo el mundo.

El pasado 25 de octubre, un plebiscito convocado por el Estado chileno, en un gran acuerdo nacional entre partidos de derecha e izquierda, dio como resultado la aprobación de una Convención Constituyente con la tarea de redactar una nueva Constitución para el país. Pero este hecho no puede entenderse de forma aislada, es fruto de la crisis política y de la lucha de clases en Chile y en el mundo.

El pueblo chileno demuestra ser un pueblo guerrero, con una profunda disposición a la lucha. Su lucha ha sido tan intensa que ha provocado sucesivas crisis políticas en el país, desde la resistencia estudiantil antineoliberal iniciada en 2006 llamada “rebelión de los pingüinos”, que en 2011 se prolonga con la adhesión masiva del proletariado a través de las huelgas generales del 24 y 25 de agosto de 2011, pasando por la experiencia ancestral de resistencia del pueblo Mapuche, por los procesos de autoorganización y autodefensa en los barrios pobres, así como por la profundización de la lucha combativa de las mujeres.

La crisis política y social que comenzó en octubre de 2019 tuvo como detonante la lucha contra el aumento de las tarifas del transporte público, pero reveló la indignación que ya había acumulado décadas de condiciones de vida precarias, el aumento de las desigualdades sociales, los ataques a los servicios de salud, educación y pensiones, el aumento del desempleo, la represión y la destrucción ecológica, resultado de décadas de neoliberalismo y políticas extractivistas.

En el levantamiento de 2019, las reivindicaciones colectivistas se defendieron en manifestaciones populares masivas, con permanentes enfrentamientos violentos con las fuerzas represivas, huelgas generales, expropiación de mercados, ocupaciones, barricadas e incendios de trenes y edificios. Las batallas contra las fuerzas del orden fueron valientemente asumidas por movimientos sociales y organizaciones políticas del proletariado chileno.

La revuelta se extendió hasta 2020 y afectó directamente a los intereses imperialistas con la cancelación de la Conferencia sobre el Cambio Climático (COP25), el Foro de Cooperación Asia-Pacífico (Apec) y la final de la Copa Libertadores, oponiéndose desde abajo a los poderes dominantes del Estado y el Capital. La insurgencia derrotó el aumento de las tarifas de transporte, conquistó la reducción de la jornada laboral a 40h, mejoras en la seguridad social, aumento del salario mínimo, reducción del precio de la luz y de los medicamentos… pero la revuelta continuó. A través de métodos insurreccionales, las masas chilenas derrotaron los toques de queda y el uso de las fuerzas armadas en las calles. La crisis política en Chile se convirtió en un proceso insurreccional, una situación pre-revolucionaria.

Por otra parte, y contradictoriamente, a pesar de la fuerza del movimiento de masas, la presión política que ejerció, este movimiento no evolucionó en una dirección revolucionaria. Y esto es sumamente grave, porque la lógica del sistema capitalista indica que la represión es una variante proporcional a la movilización popular, lo que significa que a medida que la movilización de las masas crezca, la represión se expandirá, y puede culminar en una Dictadura, que tendría la misión de destruir los focos de organización popular.

El uso sistemático de la violencia militar/paramilitar y el terrorismo de Estado en Chile hasta la fecha corresponde exactamente a esta necesidad de la lucha de clases. Pero el gobierno de Piñera también ha buscado desde el principio la desmovilización de las calles mediante la cooptación e institucionalización del movimiento de masas, es ahí donde surge la propuesta de una asamblea constituyente.

El contexto actual de la lucha de clases en Chile sirve para dar dos importantes lecciones a la clase trabajadora internacional:

1) La posibilidad de la resistencia popular contra las políticas neoliberales y la reversión de medidas desfavorables al pueblo, impuestas por las fuerzas burguesas y sus aliados, a través de la acción directa de las masas, las huelgas y las luchas callejeras;

2) Las limitaciones de un movimiento de masas sin una dirección revolucionaria guiada por una teoría y un programa claros y bien definidos, es decir, de un movimiento de masas sin la orientación y la práctica de expropiar a la burguesía, neutralizar la represión y erigir el poder popular.

El levantamiento chileno, por lo tanto, demostró ser una excelente gimnasia revolucionaria, un ensayo para las rupturas necesarias que sólo pueden venir con el fortalecimiento de la musculatura popular independiente.

En este sentido, es necesario escapar de los meros saludos alusivos a la constituyente chilena y analizar la crisis de Chile desde un punto de vista materialista. Indicar las posibilidades y debilidades del movimiento de masas ante la situación política actual. Esto es lo que haremos a partir del método materialista bakuninista. Debemos evitar los análisis románticos y voluntaristas. La victoria de la revolución chilena y latinoamericana depende de una estrategia correcta y de tácticas adecuadas.

1 – Origen y objetivos de la reforma constitucional en Chile

Ante la insurrección popular de octubre de 2019, ante la posibilidad real de la caída del gobierno de Piñera y ante los diversos impactos económicos provocados por la revuelta, las acciones del gobierno fueron en dos direcciones: 1) Una represión brutal que ha asumido cada vez más el carácter de una guerra interna de contrainsurgencia, con decretos de Estado de Excepción, aprobación de leyes anti-barricada y anti-robo, gastos millonarios en gases lacrimógenos, bombas, balas de goma, entre otros, que han servido para causar miles de heridos, de presos políticos, decenas de muertos, desapariciones y casos de tortura, estupro y violación por parte de la policía; 2) El llamado “Acuerdo de Paz”, propuesto todavía en noviembre de 2019 por el gobierno, y apoyado por casi todos los partidos del orden (de derecha a izquierda), con el objetivo de desmovilizar la revuelta popular en las calles y dirigirla a un plebiscito y a una asamblea constituyente, es decir, bajo control de la legalidad capitalista.

La revuelta popular en Chile tuvo importantes similitudes con las Jornadas de Junio de 2013 en Brasil. Uno de ellos fue el rechazo generalizado de las burocracias sindicales y partidistas. Los movimientos y organizaciones populares de extrema izquierda y combativos conquistaron una hegemonía (aunque temporal y fluida) en el movimiento de masas, traducida en formas de acción (acción directa, autodefensa), organización (estructuras horizontales, asamblearias y de base) y programas de lucha (colectivistas y no corporativas). También en Chile, las masas rebeldes rechazaron el control de los líderes reformistas del Partido Socialista (PS), el Partido Comunista (PCCh) y la CUT chilena. Según datos del Servicio Electoral chileno, del 18 de octubre al 31 de enero, los partidos políticos tuvieron un número récord de desafiliación en 15.000 miembros, especialmente los partidos del Frente Amplio.

Es en este contexto insurreccional, con millones en las calles, con un profundo carácter antisistémico de rechazo a las instituciones y partidos de orden, con un 78% de desaprobación popular al gobierno asesino de Piñera, es en este contexto que los partidos políticos y las élites de derecha e izquierda apresuran los diálogos y acuerdos para proponer una asamblea constituyente como solución a la crisis y para el retorno de la “paz social”.

Por lo tanto, el proceso de reforma constitucional en curso no surgió desde las masas insurgentes en las calles. Eso es falso. Surgió en la primera mitad de noviembre de 2019 de arriba a abajo, como parte de una estrategia de contrainsurgencia y de cooptación. Esto explica claramente por qué la propuesta constituyente no fue reconocida inmediatamente por el pueblo chileno como una solución y por lo tanto no pudo paralizar la revuelta que siguió hasta el año 2020.

A medida que la insurgencia continuaba, se hizo evidente que el objetivo de la desmovilización había fracasado, y ni siquiera la unidad entre todos los partidos del orden fue capaz de “volver a la normalidad”. Las masas rebeldes no escucharon las falsas soluciones de sus “jefes” y “representantes”. Frente a la continuidad de la revuelta, se profundizó la represión y el terrorismo de Estado.

Sin una solución al impasse, la tendencia fue la disminución gradual de la movilización popular, agravada por la crisis de Covid-19. Fue en ese momento de reflujo cuando la propuesta de una asamblea constituyente ganó mayor fuerza, como un despliegue directo de la línea reformista, aplicada desde el Estado y las instituciones y en claro beneficio de ellas. Así, los burócratas reformistas reanudaron gradualmente la hegemonía y la legitimidad perdidas dentro del proceso insurgente.

Por eso, aunque haya surgido como reacción a la revuelta popular, la asamblea constituyente no es una “conquista” de las calles como gritan juntos los reformistas, la derecha conservadora y el gobierno de Piñera. Su origen y objetivo histórico es precisamente la negación de la acción directa y la insurrección popular, es la deslegitimación del protagonismo y la capacidad política de la clase trabajadora como sujeto colectivo de cambio. El objetivo siempre ha sido salvar al sistema y al propio gobierno de Piñera amenazados por la rebelión.

La vía reformista señala como solución la elección de diputados a una Asamblea Constituyente, quitando el protagonismo de las masas y señalando espacios de conciliación de clases con los asesinos y explotadores del pueblo que ellos llaman “democráticos”. Este es el repertorio clásico de las oposiciones democrático-burguesas. Es ante una situación prerrevolucionaria e insurreccional como la de Chile, o la de Bolivia a principios de los años 2000, que se hace evidente la función conservadora de la propuesta reformista que desviará a las masas del curso de la toma del poder. Una nueva constitución bajo la tutela de las instituciones burguesas (desde el control de las candidaturas y el financiamiento, la exigencia de 2/3 para aprobar nuevas leyes, la intocabilidad de los tratados de libre comercio, etc.) no resolverá los problemas estructurales y materiales que exige el pueblo chileno, como no lo hizo el plebiscito de 1988 que marcó la “transición pacífica” de la dictadura a la democracia burguesa.

2 – La línea revolucionaria frente al proceso político chileno

Dos alternativas formuladas por los movimientos de oposición al gobierno de Piñera y al régimen neoliberal se presentaron ante el pueblo chileno y la historia. Una es la vía reformista y democrático-burguesa, representada por los movimientos organizados en torno a los Acuerdos de Paz y la Asamblea Constituyente. Otro sería el camino revolucionario, que es virtualmente posible, pero que no podríamos indicar la existencia de fuerzas capaces de garantizarlo en el Chile actual. Esto es un enigma.

Se necesitarían tres condiciones para que la revolución se consolidara:

1) la existencia de un partido revolucionario o un frente revolucionario de acción nacional, que garantice una estrategia y dirección unificada de la lucha de las masas y el armamento del movimiento popular en el momento correcto;

2) la existencia de un fuerte movimiento de masas, y de organismos igualmente fuertes de poder popular y de autogestión económica, influenciados por tal partido o frente;

3) la formulación de un Programa, que permite la aglutinación de las mayorías de las masas para el asalto al Poder.

Cuando decimos la importancia de un Programa, asumimos un método materialista de movilización del proletariado, porque el pueblo no se unirá simplemente frente a un conjunto de principios, tácticas y estrategias bien articuladas textualmente, pero que no llegue al pueblo.

Es necesario saber si tales condiciones existían o existen hoy en día en Chile. Y si no existen, esa es probablemente la razón de los impasses que el proletariado chileno ha enfrentado hasta ahora. El movimiento de masas, que la izquierda mundial debe saludar con entusiasmo, ha estado y está enfrentando este impasse. Habría sido necesario lanzar una ofensiva revolucionaria, pero ¿había condiciones para ello? Si hay condiciones, el camino preferencial será el de la insurrección general (el pueblo en armas) y si esto falla quedará el camino de la guerra popular prolongada o la guerra de guerrillas. Pero parece que tales condiciones no existen, o están todavía en una etapa embrionaria.

Por otro lado, no se puede sentar uno de manera apática pensando que no se puede hacer nada o apoyar la vía reformista democrático-burguesa. Una revolución no se hace de improviso, pero tampoco se necesita el mismo tiempo para prepararse como los diamantes toman forma. La clase trabajadora y las organizaciones revolucionarias pueden crear las condiciones necesarias para la revolución mediante su acción consciente y organizada.

Aunque la insurgencia en Chile no logró una articulación nacional de las fuerzas populares en torno a un programa y una estrategia revolucionarios, la revuelta chilena puso de relieve tres aspectos importantes de una situación prerrevolucionaria:

1) La incapacidad de las fuerzas políticas hegemónicas (reformistas o conservadoras) y de las propias instituciones estatales y capitalistas para controlar y gobernar a la clase trabajadora;

2) La creación de varias estructuras de poder popular como asambleas de base, organismos de autodefensa, cooperativas, etc;

3) La creación de alianzas entre el proletariado urbano y los pueblos originarios y campesinos, creando vínculos estratégicos de lucha campo-ciudad.

Aunque temporalmente (o como embrión) estos aspectos deben ser objeto de un intenso trabajo político y militante por parte de los anarquistas y revolucionarios.

Por otra parte, el actual triunfo parcial de la vía reformista en Chile (materializado en el plebiscito sobre la constituyente) ha puesto de manifiesto la solidez de las fuerzas socialdemócratas y, a su vez, las debilidades y desafíos de las fuerzas revolucionarias y autónomas. Por eso no podemos ignorar el peso de la tradición socialdemócrata y reformista en gran parte de la clase trabajadora latinoamericana, especialmente en el sector organizado en sindicatos y movimientos. Luchar contra este sector reformista, que en momentos decisivos colabora con la restauración burguesa, es una tarea fundamental para los revolucionarios.

Aunque esta izquierda reformista ha entrado en crisis en América Latina a partir de 2014/2015 (la llamada crisis del progresismo), la falta de una alternativa revolucionaria sólida y consecuente ha llevado a una posible (pero todavía incierta) “segunda ola del progresismo”. Las luchas de los trabajadores y de los pueblos no han podido todavía destruir la hegemonía reformista. En algunos casos, ellas han debilitado la gobernabilidad de la izquierda, pero han sido aprovechadas en un momento posterior por la derecha para ascender al poder. En otros casos debilitaron la gobernabilidad de la derecha, pero fueron utilizadas para que los partidos socialdemócratas y social-liberales volvieran al poder.

Para nosotros, los anarquistas revolucionarios, es necesario que este ciclo sistémico se rompa. Es necesario acumular las fuerzas para que el pueblo conquiste todo el poder por sí mismo, destruyendo el sistema político y económico y construyendo el autogobierno y el socialismo. Para esto, las insurrecciones son momentos decisivos en la historia. Llevan este potencial destructivo y creativo de un mundo nuevo. Quienes minimizan el carácter de los levantamientos populares como simples “protestas por tal o cual reivindicación” están destinados a reproducir el sistema para siempre, a dudar de la capacidad política y revolucionaria de las masas, a equivocarse en la interpretación de los hechos y por lo tanto a no actuar de manera consecuente y correcta cuando nuestro pueblo más lo necesita.

3 – Las enseñanzas de Chile para la revolución brasileña y latinoamericana

“Esta organización [la Alianza de la Revolución Universal] excluye cualquier idea de dictadura y poder gobernante tutelar. Pero para el establecimiento mismo de esta alianza revolucionaria y para el triunfo de la revolución sobre la reacción, es necesario que en medio de la anarquía del pueblo que constituirá la vida misma y toda la energía de la revolución, la unidad de pensamiento y acción revolucionaria encuentre un órgano. Este órgano debe ser la Asociación Secreta y Universal de los Hermanos Internacionales. Esta asociación se basa en la convicción de que las revoluciones nunca son hechas por individuos ni tampoco por sociedades secretas. Se hacen como por sí mismas, producidas por la fuerza de las cosas, el movimiento de los acontecimientos y los hechos. Ellas se preparan durante mucho tiempo en las profundidades de la conciencia instintiva de las masas populares – y luego explotan, aparentemente a menudo provocadas por causas fútiles. Lo único que puede hacer una sociedad secreta bien organizada es, en primer lugar, ayudar al nacimiento de la revolución difundiendo entre las masas las ideas que corresponden a los instintos de éstas y organizar, no el ejército de la revolución -el ejército debe ser siempre el pueblo-, sino una especie de Estado Mayor revolucionario compuesto por individuos dedicados, enérgicos e inteligentes y, sobre todo, por amigos sinceros del pueblo, sin ambiciones o vanidades, capaces de servir de intermediarios entre la idea revolucionaria y los instintos populares. (Bakunin, Estatutos Secretos de la Alianza, 1868)

Lo que Chile ya ha enseñado y seguirá enseñando al proletariado brasileño y latinoamericano es exactamente el grado de fuerza que puede alcanzar el movimiento popular sin apuntar necesariamente a la ruptura revolucionaria. En Brasil, la insurrección de junio de 2013 también advirtió sobre esto, incluyendo las propuestas de la Asamblea Constituyente y la “Reforma Política” que surgieron de los reformistas del PT/CUT – y que hoy son encuestadas por los líderes del gobierno en el Congreso. En este sentido, podemos decir que la situación en Chile nos da las siguientes lecciones:

1º) Es necesario que el movimiento de masas produzca formas de conciencia y organización revolucionarias, que tengan una teoría y un programa, y que garanticen la dirección revolucionaria y la militarización del movimiento de masas en el momento del estallido de las situaciones insurreccionales. Por eso es tan importante el sindicalismo revolucionario y la huelga general. Además, la existencia de una organización política revolucionaria basada en la unidad teórica, la unidad táctica, la responsabilidad colectiva y el federalismo es fundamental para el proceso revolucionario, al igual que la constitución de un ejército revolucionario del pueblo.

2º) Es necesario construir órganos de poder popular (asambleas populares y su unificación en consejos de delegados del pueblo a escala local, regional y nacional, así como fábricas y tierras recuperadas y cooperativas de producción y consumo) que ejerzan la capacidad de autogobierno y autogestión económica de las masas, aún bajo el sistema capitalista. Estas organizaciones de poder popular han surgido durante varios momentos históricos en América Latina, pero después de la cumbre de la lucha, se desorganizan por falta de organizaciones revolucionarias que las defiendan y las inserten en una estrategia que permita su continuidad y desarrollo, o se desintegran por la represión. También es común que se integren en el régimen, que los reformistas utilicen los órganos del poder popular como instrumentos para ascender al Estado, o que llamen “poder popular” a cualquier movimiento social o a los órganos de gobierno “participativos”. Es fundamental superar estas debilidades políticas y teóricas.

3º) Si estas condiciones previas no se cumplen, el proletariado quedará inmovilizado por sus propias contradicciones y capitulará o será derrotado por la represión de la burguesía. La revolución es la guerra, y sólo mediante la guerra se puede destruir el poder burgués. La burguesía lo sabe. La solución contra la guerra revolucionaria es la dictadura o la cooptación. En el sistema capitalista, la expansión de la cantidad y calidad de la organización de las masas se contrarresta con el aumento de la organización y la reacción burguesas. A medida que aumente la polarización social en torno a las demandas materiales (como ocurrió en Chile con respecto a las demandas anti-neoliberales), la solución de los conflictos de clases pasará por la violencia. La tendencia entonces es que la dictadura será la solución encontrada por la burguesía, aunque sea una “dictadura constitucional”, una dictadura disfrazada bajo mecanismos democráticos, como ya hemos visto en América Latina. Cuando el movimiento de masas se enfrenta a una situación prerrevolucionaria, si no tiene organizaciones revolucionarias preparadas para ello, la burguesía tendrá tiempo para reagrupar sus fuerzas y lanzar una ofensiva para destruir el movimiento de masas. Los Acuerdos de Paz y la Asamblea Constituyente dan tiempo al Estado chileno para reorganizar y desarticular el movimiento popular a través de la represión y la cooptación.

4º) Otra lección, es la que muestra el potencial revolucionario del campesinado y del proletariado marginal, así como la importancia de las contradicciones étnico-raciales para la lucha de clases. La crisis en Chile también está vinculada a la desigualdad social entre una masa de campesinos originários, especialmente el pueblo Mapuche, y una burguesía nacional e internacional que controla la agroindustria. En la actual etapa del capitalismo mundial, América Latina ocupa un lugar periférico en la división internacional del trabajo, una posición fundamentalmente agroexportadora. Las contradicciones económicas entre la burguesía rural y el campesinado, así como las reivindicaciones anticoloniales de los pueblos originarios por la tierra y la libertad, adquieren dimensiones estratégicas para la revolución.

En Brasil, en un momento de profundo declive de las luchas, partidos como el PT, el PCdoB, el PSOL, utilizan los ejemplos de las elecciones en Bolivia y el plebiscito en Chile para fortalecer la vía reformista. Los procesos políticos en Chile y Bolivia son presentados por la socialdemocracia con énfasis y triunfalismo sólo en los resultados institucionales y político-electorales. Los reformistas hacen coro con la política burguesa silenciando a los presos políticos de la revuelta, silenciando los inmensos logros de las asambleas populares, los comedores comunitarios, los grupos de autodefensa, etc. Silencian o idealizan todo lo que significa la vía revolucionaria. Para ellos las luchas y revueltas deben ser meros instrumentos para lograr resultados institucionales, puestos y votos. Es la miseria de la pequeña política reformista.

Por lo tanto, la situación actual en Chile merece la atención del proletariado internacional. Debemos apoyar pero también interpretar teórica y críticamente todos los pasos de los movimientos de masas. Esta crisis en Chile ofrece importantes lecciones para la revolución brasileña. También sirve para mostrar el papel de la teoría bakuninista en el esclarecimiento de los principales problemas de la revolución, un aspecto fundamental del hacer revolucionario.

¡No nos desviemos por las ilusiones reformistas!

¡Por el autogobierno y el socialismo!

¡Preparar la insurrección de la clase trabajadora!




Fonte: Uniaoanarquista.wordpress.com