Janeiro 21, 2021
Do Uniao Popular Anarquista
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Tierra y Libertad!

La Insurrección de los Pueblos frente al Colonialismo y los Impérios


Resoluciones del VII Congreso de la Unión Popular Anarquista (UNIPA)

Brasil, 2020

[Português] [Castellano] [Inglês] [Francês]

Presentación

El Brasil y el mundo están en un momento clave para la lucha de clases y para la profundización de una política revolucionaria y anarquista. Estamos experimentando, de lo local a lo global, cambios de paradigmas en las relaciones de poder y explotación dentro del sistema mundial capitalista, directamente influenciados por las insurgencias y las luchas proletarias y de liberación nacional desde la década de 1970 y que también influyen en las relaciones capital-trabajo y Estado-sociedad en actualidad.

En este siglo XXI, más específicamente desde su segunda década (post crisis de 2008), una serie de rebeliones populares y nuevas formas de acción y organización por parte de la clase trabajadora han sacudido la estabilidad de las estructuras imperialistas, colonialistas y monopolistas dentro del sistema mundial. El auge y la caída de los gobiernos “progresistas” en América Latina (Bolivia, Uruguay, Brasil, Venezuela, Argentina, Paraguay, entre otros) fueron expresiones de estos cambios en las relaciones de poder, de lo global a lo local.

Para comprender nuestra realidad nacional e internacional, además de simplemente describir los hechos, nuestra organización presenta una contribución teórica bakuninista sobre el imperialismo y el colonialismo, así como sobre la distinción entre las estructuras del neocolonialismo y el colonialismo interno que hoy en día expresan diferentes relaciones de poder en América Latina. A partir de esto, identificamos los cambios en el sistema mundial capitalista desde la década de 1980 que inauguran un nuevo período de la experiencia imperial-colonial, el neoimperialismo, que conduce a una nueva ola de colonización a escala mundial desde la década de 2000, siendo su expresión más evidente la intensificación de la competencia interimperialista por tierras-territorios, recursos energéticos y regiones/países de influencia.

En Brasil, las Jornadas de Junio de 2013 significaron una ruptura insurgente de la clase trabajadora brasileña, especialmente del proletariado marginal, con el proyecto neodesarrollista y subimperialista de los gobiernos del PT. A esto se suma la posterior caída global de los precios del petróleo, el aumento de las huelgas, la caída de las tasas de ganancias y la política imperialista de los Estados Unidos de imponer gobiernos de “sangre pura” en América Latina. Estos elementos son esenciales para comprender la crisis política que se desarrolla con la destitución de Dilma Roussef y la profundización de la agenda liberal-conservadora, clerical y militarista actualmente bajo la dirección del gobierno de Bolsonaro/Mourão.

Sin embargo, a diferencia de las narrativas elitistas, socialdemócratas o conservadoras, que niegan la agencia autónoma del pueblo y que, por lo tanto, temen la revuelta popular y la autoorganización, entendemos que esta agenda liberal-conservadora, clerical y militarista no se presenta como un desarrollo de las jornadas de junio, sino como su negación, es decir, como un proyecto contrainsurgente de contrarrevolución preventiva. El proyecto genocida y neoliberal en curso en el gobierno federal actual, sus relaciones con el imperialismo contemporáneo y el colonialismo, así como las consecuencias para la línea política y de masas, forman el centro de los debates y deliberaciones del VII Congreso Nacional de la Unión Popular Anarquista.

La Unión Popular Anarquista, un grupo político nacional (GPN) bakuninista, enfrenta el momento político actual con la misma seriedad y compromiso que ha mantenido durante todos estos años de existencia. Sabemos que cometimos errores, tuvimos derrotas y reflujos. También sabemos que los avances, aunque muy importantes, aún están lejos de los objetivos históricos que busca nuestra organización. Sabemos que si no avanzarmos más allá, este trabajo puede perderse en la historia.

Pero lo fundamental es que UNIPA logró avanzar cualitativa y cuantitativamente en su línea política, teórica y de masas. Aunque humildemente, contribuimos a abrir nuevos espacios de diálogo y construcción a nivel nacional e internacional para la organización anarquista, para la teoría anarquista y, principalmente, para nuestro brazo de masas. Hoy la tarea no es ser el liderazgo hegemónico del movimiento de masas, sino construir la GPN bakuninista y su brazo de masas, embriones de organizaciones que podrán luchar por el liderazgo y la reorganización estratégica del proletariado y los pueblos.

Somos conscientes de los desafíos y sacrificios que nos esperan en la construcción de la revolución social en Brasil, y para eso nos preparamos y nos educamos. Buscamos superar nuestras propias limitaciones, ya que no aceptamos que los anarquistas y revolucionarios sean nuevamente “víctimas de la historia”. Asumimos la responsabilidad histórica de los caminos que elegimos, con sus errores y éxitos, y estamos decididos a ganar nuestras batallas. Queremos la victoria revolucionaria del pueblo, la construcción del autogobierno (Congreso del Pueblo) basado en un programa socialista, anticolonial y antipatriarcal. Por lo tanto, nos dedicamos a conocernos a nosotros mismos y a nuestros enemigos. A continuación presentamos los análisis y las resoluciones políticas del VII Congreso Nacional de nuestra organización, celebrado en noviembre de 2019, con la intención de que contribuyan a comprender mejor nuestra realidad y, con este conocimiento, construirmos las formas de liberación de las masas populares de Brasil.

Este texto, publicado el 28 de mayo de 2020, sistematiza el conjunto de resoluciones del VII Congreso Nacional de la Unión Popular Anarquista, celebrado en noviembre de 2019. Después de esta instancia, la situación se volvió significativamente más compleja debido a la pandemia de Covid-19. Para el análisis de este nuevo momento, ver Comunicados Nacionales nº 67, 68, 69 y otros al respecto.

1. Imperialismo y colonialismo: un enfoque anarquista y revolucionario

Los conceptos de imperialismo y colonialismo son indispensables para analizar, desde un punto de vista anarquista y revolucionario, el sistema mundial capitalista en el siglo XXI. El imperialismo y el colonialismo, como experiencia histórica concreta de las sociedades, no desaparecieron frente a las tendencias políticas, económicas y culturales actuales en el sistema mundial, sino que adquirieron nuevas expresiones y mecanismos de dominación y explotación.

Para revitalizar la teoría del imperialismo y el colonialismo, es necesario depurar los enfoques economicistas y eurocéntricos, que eran típicos de los análisis marxistas, y los enfoques culturalistas, liberales y genéricos conceptualmente. Además, es esencial criticar el papel de los enfoques (principalmente socialdemócratas y liberales) que negaron la existencia del imperialismo y el colonialismo en el siglo XXI, y convergieron de diferentes maneras con las discursividades dominantes de las organizaciones multilaterales, los Estados centrales y las empresas. El debate sobre el concepto de “globalización”, aunque ha tenido contribuciones, apoyó la mistificación de las relaciones mundiales de poder.

Tales enfoques subestimaron la tendencia del sistema capitalista a establecer nuevas jerarquías y relaciones de dominación y minimizaron los impactos de la Guerra Fría, representada por guerras irregulares internas y externas. La guerra de Vietnam y las intervenciones de las Naciones Unidas, Inglaterra y Francia en Asia y África a lo largo de las décadas de 1950 y 1970, así como el desarrollo de dictaduras militares y la política de contrainsurgencia en América Latina, mostraron que el militarismo y el expansionismo de los países capitalistas centrales no se manifestaron solo en forma de colonialismo “clásico” y guerras totales entre potencias.

La mayoría de las teorías críticas del imperialismo y el colonialismo durante el siglo XX estaban limitadas por los contextos particulares de su elaboración. Dichas teorías se constituyeron en el diálogo y/o como parte de las luchas anticoloniales y los movimientos de creación de los Nuevos Estados, lo que las hizo asimilar varios rasgos de la ideología nacionalista y la idea de la inevitabilidad del desarrollo capitalista, dando un toque eurocéntrico y estatista a sus formulaciones críticas. Así, las críticas al imperialismo resultaron, en mayor o menor medida, en la defensa de las políticas desarrollistas (en sus variantes nacionalistas y marxistas) o en las políticas de modernización, como expansión de la democracia liberal y del mercado mundial (en sus versiones liberales y socialdemócratas).

La teoría crítica del imperialismo que fue más relevante en el siglo XX fue la teoría leninista. Lenin inauguró una amplia tradición teórica en la que el imperialismo sería sinónimo de capital monopolista. La característica principal de este enfoque es el énfasis en la expansión de la acumulación de capital, el proceso de integración del mercado mundial y las estructuras productivas. Clasificamos este enfoque como economista, ya que no tuvo en cuenta las determinaciones de las instituciones políticas (de los Estados y del sistema interestatal) y socioculturales en las experiencias imperial-coloniales bajo el sistema capitalista.

Como resultado de la política comunista soviética hacia América Latina, persistió durante casi todo el siglo XX la asociación entre el concepto de “acumulación primitiva” en Marx y la teoría leninista del imperialismo. El enfoque marxista concibió los procesos de colonización, la expropiación de tierras y bienes naturales y los regímenes de trabajo servil, familiar y esclavo como primitivos y antecedentes del capitalismo. Se debatió en torno a una cuestión dogmática: si estas relaciones existieran, entonces la economía sería feudal o semifeudal, y si, por el contrario, vivimos bajo el capitalismo, estas relaciones colonialistas y “extraeconómicas” no existen.

Este enfoque mistificó un tipo ideal de capitalismo (europeo, inglés), con dominio “absoluto” de las relaciones laborales salariales, industriales, urbanas, que ni siquiera existió. No explicaba la cuestión central: cómo el propio sistema capitalista reproduce constantemente las formas coloniales de dominación y explotación, especialmente en la periferia y semiperiferia del sistema. Este enfoque eurocéntrico y estapista condujo, en varios casos, a la defensa de las políticas desarrollistas y la conciliación de clases con la ilusión de eliminar los “remanentes precapitalistas”.

Las teorías y políticas socialdemócratas y liberales, por otro lado, consideran el imperialismo como un fenómeno opcional para el capitalismo, que se asocia con él por diferentes razones. El centro de la tesis socialdemócrata es que el imperialismo es una política que podría modificarse mediante reformas en las estructuras económicas, estatales y culturales. La tesis liberal, por otro lado, defiende que el imperialismo es una patología pre-capitalista, irracional, que el capitalismo no pudo eliminar y que la eliminación del imperialismo dependería de la expansión de los procesos de modernización (institucionales, culturales y tecnológicos).

La idea de progreso y, actualmente, de desarrollo es una síntesis de la pretensión de dominación de la naturaleza, un eje fundamental tanto del liberalismo como del marxismo. Dentro de estos paradigmas centralistas (antropocentristas, tecnocentristas, etapistas), el modelo hegemónico de desarrollo técnico (de la relación de la sociedad con la naturaleza y, por lo tanto, entre la sociedad misma) no fue cuestionado, sino su desigualdad. El horizonte ilusorio era que el tipo de desarrollo del centro se expandiera a países periféricos.

Lo que debemos considerar es que la ideología desarrollista está asociada con la modernidad, que a su vez es incomprensible sin el elemento de la expansión del colonialismo. Modernizar es, siempre, expandir una cierta idea de progreso y, con ello, de colonización de pueblos y de la naturaleza. Por lo tanto, la evolución de la tecnología bajo el sistema mundial capitalista no debe abordarse solo como una relación entre la sociedad y la naturaleza. La acción del capital para controlar la naturaleza presupone el control del trabajador mismo y de sus cuerpos. Por lo tanto, los cambios tecnológicos, más que los cambios puramente “técnicos”, implican cambios en las relaciones de poder. Las consecuencias ecológicas de esta racionalidad del desarrollo se observan hoy en día con crisis de agua, expansión descontrolada de enfermedades (pandemias), extinción de especies animales y vegetales, crisis migratorias, etc.

Por lo tanto, es esencial volver a las críticas del anarquismo al centralismo (político, económico y epistemológico). El antropocentrismo, el tecnocentrismo y el cientificismo son expresiones de los poderes de dominación del conocimiento de la sociedad sobre la naturaleza, lo que siempre implica la dominación entre los seres humanos. Bakunin declaró en el siglo XIX que no existe un centro organizador absoluto para el mundo natural y social y que cualquier intento de establecerlo da como resultado la institución de relaciones de poder asimétricas.

Por lo tanto, la teoría anarquista aporta contribuciones al tema del colonialismo y del desarrollismo asociada con un nuevo paradigma emancipador anti-centralista e integral. Un ejemplo de esto fue la influencia del anarquismo en la reformulación teórica del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y su defensa de un programa anticapitalista, antiestatista, ecológico y feminista.

Así, desde la teoría bakuninista, consideramos que el imperialismo, el colonialismo, el estatismo y el monopolio son cuatro tendencias y procesos históricos globales, que no pueden reducirse a fenómenos exclusivamente económicos, políticos o culturales, ya que son multidimensionales. Estos son fenómenos históricos de larga duración, que han sido resignificados por la aparición del sistema mundial capitalista y por las transformaciones en los diferentes regímenes de acumulación y de acuerdo con cada contexto geográfico.

La experiencia imperial-colonial es de larga duración, ha existido desde la antigüedad, atravesando el período medieval y llegando al capitalismo moderno, y no es una forma exclusivamente europea. Esta observación requiere cuidados para evitar el anacronismo y el presentismo, que ignora las raíces históricas de los procesos contemporáneos, asumiendo que solo aparecen en el presente como algo “innovador y singular”.

Bakunin y Proudhon hicieron una contribución fundamental a la relación multicausal entre el centralismo económico, político y epistemológico. Este enfoque gana materialidad en la tendencia global de los Estados hacia el expansionismo y la formación de Imperios y procesos de colonización, así como la tendencia del capital al monopolio y la estratificación territorial y social de los regímenes de explotación, tanto a escala nacional como internacional, lo que genera sobreexplotación del trabajo y la formación de un proletariado y campesinado marginados y una aristocracia obrera (y “pequeña burguesía rural”) dentro de la clase trabajadora.

Así, para la teoría bakuninista, el imperialismo es el proceso y la política mediante el cual ciertas sociedades estatales subordinan y abarcan otras sociedades y territorios, constituyendo así los imperios, como la parte superior de una jerarquía regional o mundial. El imperialismo se genera por la tendencia de los Estados a luchar entre ellos y constituir una relación y sistema de poder asimétrico.

El imperialismo contemporáneo, engendrado por el sistema capitalista mundial, fue la síntesis contradictoria de las tendencias inherentes del estatismo (de expandirse y conquistar por la guerra), reforzada y relativamente subordinada por la tendencia monopolística (de acumulación de capital y el control de los factores de producción y circulación) típico del capitalismo.

Por lo tanto, un sistema capitalista sin imperialismo es imposible, porque incluso si la economía capitalista no tuviera esta tendencia monopolista, las presiones hacia el imperialismo no son solo económicas, sino que provienen del propio estatismo. Finalmente, estas tendencias convergen en el colonialismo, que es un fenómeno global y multidimensional en el que ciertas sociedades y territorios se transforman en colonias de Estados e Imperios.

El imperialismo contemporáneo, como fenómeno global, es un proceso y sistema multidimensional (social, político, económico y cultural-simbólico) que cruza múltiples jerarquías. Podemos decir que estas jerarquías operan a nivel externo e interno, internacional y nacional/local. Destacamos aquí las principales jerarquías del imperialismo-colonialismo que atravesa la dinámica global/local:

1) Jerarquías políticas: la diferenciación centro-periferia y la existencia de poderes tutelares sobre pueblos y territorios. Dicha jerarquía comprende diferentes formas de regímenes de gobierno, siendo una forma de gestión de territorios y poblaciones centrada en la existencia de un centro de poder de decisión que establece (o intenta) los niveles de libertad y participación de los gobernados en la estructura política, preservando para sí mismo la capacidad de tomar decisiones estratégicas en nombre de una misión civilizadora.

2) Jerarquías económicas: las relaciones centro-periferia, a nivel económico, se manifiestan no solo en la distinción entre países desarrollados/subdesarrollados (diferentes niveles de capacidad productiva, comercial, tecnológica, de inversión), sino en la existencia de un doble mercado de trabajo internacional y nacional. Estas jerarquías también se expresan en el acceso desigual a los recursos naturales (territoriales, hídricos, forestales, etc.) y en la tendencia a sobreexplotar el trabajo y la naturaleza.

3) Jerarquías sociales y simbólico-culturales: se expresan en un sistema de clases y en un sistema de estratificación étnico-cultural y de género, en el que los grupos sociales se jerarquizan de acuerdo con identidades y grupos diferenciados Las jerarquías económicas y políticas suponen la existencia de grupos sociales organizados jerárquicamente. Estas jerarquías producen discursividades y formas de violencia simbólica (racismo, etnocentrismo, machismo, proyecto de dominación de la naturaleza), así como formas de organización social que atribuyen a los grupos sociales posiciones en la jerarquía económica y política, o incluso las justificando por medio de discursos ideológicos de legitimación

Por lo tanto, estas jerarquías se entrelazan entre sí en un sistema global de dominación y explotación, de modo que es imposible establecer un límite rígido y absoluto entre ellas. Esto es importante para combatir las desviaciones del particularismo absoluto en los enfoques posmodernos y del universalismo centralista absoluto en los enfoques marxistas. Además, existe un enfoque “interseccional” que tampoco rompió con el análisis de bloques rígidos de “opresión” y se convirtió, en la mayoría de los casos, en una política de jerarquización, clasificación y división entre los oprimidos.

La colonización, a su vez, es el proceso de ocupación territorial de sociedades “X” por una sociedad “Y” (fuera de esos territorios). Así, la colonización es un proceso histórico de territorialización. La colonización es el embrión del colonialismo. Para la teoría anarquista, la característica principal del colonialismo es la centralización global del poder:

1) del poder político, que genera la centralización de las funciones de gobierno y representación en grupos y clases exteriores a los territorios ocupados;

2) del poder económico, a través de la concentración de recursos y de la explotación o subordinación del trabajo, generando el monopolismo;

3) del poder simbólico (social y cultural), que produce solo identidades negativas, genéricas, que agrupan a la población colonizada en función de la visión e intereses del colonizador, lo que genera el etnocentrismo.

Los procesos de colonización actuales no pueden entenderse en el sentido atribuido por el marxismo al concepto de “acumulación primitiva”, según el cual estos procesos crearían las condiciones previas del capitalismo. Esto se debe a que no representan transiciones entre modos de producción. En muchos casos tienen muy poco que ver con la agricultura en sí, y la expropiación de tierras en algunos casos ocurre a favor del desarrollo no agrícola.

Por lo tanto, los procesos de colonización no reflejan una etapa inicial del capitalismo, sino los reclamos capitalistas avanzados de tierras, recursos naturales y energéticos adoptan una variedad de formas específicas – como represas, carreteras, minas, plantas siderúrgicas, zonas económicas especiales o proyectos de vivienda. La colonización debe entenderse, por lo tanto, mediante un nuevo enfoque: la cuestión no es su función en la transición al capitalismo, sino en el sistema capitalista mismo.

Esta expropiación de la tierra (ya sea a través de la compra, el arrendamiento, el acaparamiento de tierras, el saqueo, pero siempre con la imposición de la propiedad privada como una relación y un estatus superior a otras formas de ocupación de la tierra y relaciones con la naturaleza) se acompaña del proceso mundial de incorporación de otras esferas de la naturaleza para el mercado (patentes de material genético a partir de semillas, de conocimientos ecológicos, etc.). Las políticas neoliberales para la privatización de los servicios públicos (educación, salud, seguridad, etc.) también son otra forma de imponer la lógica mercantilista para liberar un conjunto de activos en los que el capital sobre acumulado encuentra medios rentables para invertir.

Este elemento es esencial para comprender la relación entre el colonialismo contemporáneo y el imperialismo, con la imposición de políticas neoliberales que expanden la privatización y la mercantilización de bienes colectivos/públicos que no se integraron previamente en las cadenas mercantiles y los procesos de acumulación ultramonopolistas.

1.1 Las transformaciones del imperialismo y colonialismo modernos

El imperialismo se transforma profundamente en el siglo XX, por lo que podemos diferenciar dos situaciones históricas: la del imperialismo capitalista clásico (1890-1980) y la que vivimos actualmente, la que podemos llamar neoimperialismo (1980-2019). Podemos decir que el cambio principal será el ascenso y la caída del colonialismo internacional en la periferia y semiperiferia global, seguido de la generalización de la dependencia como forma de dominación en el sistema mundial.

La experiencia imperial-colonial engendrada por el sistema mundial capitalista puede subdividirse en dos grandes períodos:

1º) el ciclo de conquista de América, la construcción del primer Sistema Colonial interoceánico (1500-1800), que fue seguido por el primer ciclo de descolonización con la destrucción del sistema colonial en el siglo XIX y la construcción de la primera ola de Nuevos Estados en América Latina;

2) el ciclo de construcción del Sistema Colonial (1820-1910), con el desmembramiento de Asia y África, motivado por la expansión del capitalismo monopolista y las disputas por la hegemonía en el sistema interestatal, seguido por la descolonización del período 1945-1970 y el segundo ola de creación de “Nuevos Estados”.

Como procesos históricos modernos, podemos distinguir tres tipos de colonialismo: colonialismo internacional (típico del siglo XVI al siglo XX), y el colonialismo interno y neocolonialismo que serían variaciones históricas de las relaciones de dependencia que siguieron a los procesos de descolonización latinoamericanos, africanos y asiáticos.

Sin corresponder a etapas o períodos históricos posteriores (típicos de una interpretación lineal y evolutiva), estas formas de colonialismo son el resultado de la dinámica concreta del imperialismo capitalista, así como de las resistencias, insurgencias y revoluciones. Por lo tanto, no es sorprendente que los aspectos del colonialismo clásico y las relaciones actuales de dependencia se interpenetran y se superpongan de acuerdo con diferentes tiempos y geografías.

Además, el efecto de la descolonización (ya sea por revoluciones o reformas) no puede pasarse por alto como simples procesos “formales”, ya que han significado cambios profundos en las relaciones de poder en cada país y en el sistema mundial capitalista e interestatal.

De esta forma, el imperialismo contemporáneo, en forma de dependencia, genera procesos de colonización centrados en el establecimiento del control sobre las parcelas de tierra-territorio y bienes públicos y naturales, con la consiguiente tendencia estatista-monopolista-etnocéntrica que acompaña a los procesos de colonización. Pero esto no sucede (al menos no hegemónicamente) a través de la ocupación militar extranjera, típica del período del colonialismo internacional “clásico”.

Para comprender la experiencia colonial actual, marcada por las relaciones de dependencia, consideramos que se manifiesta en América Latina en forma de neocolonialismo y colonialismo interno. A pesar de las limitaciones derivadas de diferentes enfoques, las reflexiones sobre el colonialismo interno tuvieron el gran mérito de destacar las relaciones desiguales, étnico-culturales y de clase dentro de los Estados independientes, así como las relaciones de dependencia externa, engendradas por el imperialismo, que condicionan las desigualdades regionales y sectoriales en los países periféricos. Esto implicaba una relación entre los “Nuevos Estados” y las clases dominantes locales con sus poblaciones campesinas, indígenas y negras que reproduce muchas de las características de la relación metrópoli-colonia.

El concepto de colonialismo interno sirve para describir una situación histórica particular en la que los Nuevos Estados tienen burguesías relativamente fuertes, es decir, que han acumulado capital local y nacional en asociación con el capital extranjero. Los Nuevos Estados están dotados de una autonomía gubernamental mucho mayor, en la que las clases dominantes nacionales tienen un gran poder y protagonismo. La figura del colonizador extranjero desaparece y luego aparece una nueva categoría social, una burguesía mestiza o eurodescendiente que pretende ser la materialización de la “Nación”, o más bien, del Estado-Nación.

Este proceso tuvo lugar en varios países latinoamericanos con la aparición de las figuras del Ladino y del Criollo, o con burguesías eurodescendientes (como en Brasil, Chile y Argentina). Los procesos de colonización comenzaron a ser liderados por esta clase. Las identidades y las relaciones sociales del antiguo colonizador són incorporadas a las identidades de jefe-propietario y gobernante nacional (ahora eurodescendiente o mestizo) y las de lo antiguo colonizado en las de proletario-campesino y gobernado.

El neocolonialismo es una situación histórica en la que la burguesía local es débil y la política de los Nuevos Estados permanece determinada desde el exterior. En la dimensión nacional, supone una clase dominante con poco capital. Además, estas clases dominantes son generalmente de grupos étnicos que establecieron relaciones privilegiadas en el antiguo sistema colonial. La relativa debilidad del Estado y del capital local requiere la presencia de capital extranjero, que asume la dirección de los procesos de colonización y sus rumbos políticos.

El neocolonialismo no es una mera extensión del colonialismo internacional “clásico”, ya que aun que la burguesía nacional sea relativamente débil, todavía aparece como la parte superior de la jerarquía social en los Nuevos Estados, y no el “colonizador extranjero”. De esta manera, el conflicto colonizador/colonizado da lugar a un conflicto interétnico interno. Además, la relativa autonomía local pluraliza la inversión extranjera, diversificando las formas de colonización internacional en cada país. Por lo tanto, las contradicciones sociales y de clase, bajo el neocolonialismo, cambian sustancialmente.

El imperialismo en América Latina, basado en estructuras de colonialismo interno y neocolonialismo, reproduce específicamente el etnocentrismo-racismo como instrumento de poder-saber. El hecho principal es que las nuevas burguesías mestizas o blancas, minoritarias en el interior del país, no buscan la supremacía y la explotación de las poblaciones fuera del territorio nacional, sino que se ven forzadas a relaciones conflictivas de dominación-resistencia con su propia población nacional, mayoritariamente indígena, negra o mestiza.

La inserción dependiente de estas burguesías dentro de las relaciones asimétricas del poder mundial no garantiza la posibilidad de un “estado de bienestar” generalizado (esto solo fue posible para los países capitalistas europeos, incluso en los regímenes fascistas, gracias a su posición central en el sistema imperial-colonial). Así, en América Latina, la cuestión nacional y el nacionalismo como política (del dominante o dominado) es estructuralmente diferente de los modelos europeos y, en consecuencia, las formas en que se expresa la contrarrevolución burguesa (particularmente relevante en el debate actual sobre el fascismo o dictadura) y las tareas anticoloniales y antiimperialistas de la revolución brasileña.

1.2 Neoimperialismo y la nueva ola global de colonización: las contradicciones actuales en el sistema mundial capitalista

Los procesos de descolonización de América Latina, África y Asia tuvieron un profundo impacto en las jerarquías económicas, políticas y culturales en diferentes escalas, desde la global hasta la local. Sin embargo, las relaciones de poder asimétricas en el sistema mundial capitalista se han mantenido. Por lo tanto, desde la década de 1980, estamos experimentando las características del neoimperialismo en todo el mundo.

El neoimperialismo es el resultado de cambios en las relaciones de poder globales, presentando nuevos aspectos relacionados con las instituciones políticas, económicas y las ideologías legitimadoras de la misión civilizadora del capital. Estas nuevas relaciones de poder imperialistas están directamente relacionadas con las relaciones de producción macro y microeconómicas propias del ultramonopolismo. Esto se reflejará en una reorganización de organizaciones internacionales, empresas y estados.

Esta nueva situación está relacionada con un proceso de descentralización y desconcentración (relativa) del poder en la década de 1980. En América Latina, este proceso ocurrió con la ola de redemocratización burguesa (fin de las dictaduras, políticas participativas, etc.), y en África y Asia con los procesos de descolonización. También en Europa, influenciada por el Mayo de 1968 francés, surgem nuevas demandas sociales, políticas y ecológicas que influyen en las relaciones mundiales de poder. Al contrario de lo que dice el elitismo epistemológico, las insurgencias populares en el centro y en la periferia del sistema capitalista fueron y son fuerzas agentes en la historia.

Pero estos procesos son, en gran medida, asimilados sistémicamente, es decir, reciben como respuesta una contra-estrategia burguesa-imperial para el mantenimiento de relaciones de poder asimétricas basadas en la instrumentalización de las nuevas discursividades y demandas que surgen de reclamos feministas, ambientalistas, anticoloniales, democrático, pacifista, antidiscriminatorio, etc.

Así, las principales enunciados y narrativas que marcan el neoimperialismo son el ambientalismo, el multiculturalismo y el democratismo. Estas narrativas se convirtieron en los criterios para la validación/legitimación global, el fetiche a través del cual el imperialismo concibió su misión civilizadora y comenzó a condicionar los regímenes discursivos de los Estados nacionales, sus formas de control territorial y de población y de las instituciones económicas.

La “democracia” como ideología legitimadora, por ejemplo, aparece vinculada a los discursos liberales tanto en el ámbito social y político, a través de referéndums y constituyentes, así como en la economía, con las tecnologías de cogestión y emprendimiento y, en términos culturales, con el multiculturalismo. El régimen discursivo del neoimperialismo es sustancialmente diferente del imperialismo clásico y contiene ambigüedades y contradicciones específicas.

En el período de desarrollo del neoimperialismo, desde la década de 1980 hasta la década de 2000, estas discursividades se establecieron de manera contradictoria, especialmente a través de la integración sistémica de movimientos anticoloniales, sindicales, populares, ambientalistas y la incorporación de luchas antidiscriminatorias en las instituciones gubernamentales y empresas.

Otro aspecto que surgió desde la década de 1980 es la reterritorialización de ciertas colectividades o incluso la reanudación del control estatal y “nacional” sobre las tierras y los territorios. Esto se puede ver más claramente con los procesos de descolonización africana en los que la dominación imperialista tuvo que adoptar una nueva apariencia, pero también visible en otras políticas para la demarcación de reservas ambientales, indígenas y de reforma agraria.

La nueva estructuración del sistema mundial capitalista, bajo el neoimperialismo, no hizo desaparecer las relaciones de dominación internacional, sino que las transformó significativamente. Las resistencias anticoloniales, anti-dictatoriales y ambientalistas a escala global crearon un nuevo equilibrio de fuerzas y poder.

A partir de la década de 2000 y principalmente después de la crisis de 2008, junto con una serie de factores (como la Nueva Guerra Fría y el boom de las commodities agro-minerales y energéticas), surge como una agenda para las clases y Estados dominantes la necesidad de retomar los territorios “perdidos”, por medio de la (re)apropiación de la tierra y los recursos naturales y energéticos, principalmente en la periferia y semiperiferia global. De esta demanda, característica de la tendencia expansionista-monopolista de los Estados y el capital, emerge una nueva ola global de colonización.

Varias líneas teóricas y políticas han debatido la nueva ola (o ciclo) de apropiación de tierras y territorios a escala global desde la década de 2000, principalmente bajo las nociones de land grabbing o, en el caso latinoamericano, de neoextractivismo. Sin embargo, es importante caracterizar este proceso como una nueva ola de colonización, con el fin de comprender la disputa actual y la apropiación de tierras y territorios dentro de una teoría general del imperialismo y colonialismo contemporáneo, y no con un enfoque meramente descriptivo y/o economista típico de organizaciones internacionales y académicas.

Es esencial enfatizar que la nueva ola colonialista global emerge dentro de las relaciones de poder del neoimperialismo. Sin embargo, su tendencia contradictoria es erosionar gradualmente sus estructuras políticas, económicas y discursivas. El impulso colonialista global, combinado con la intensificación geopolítica de la nueva guerra fría, ha llevado al cuestionamiento sistemático de los supuestos neoimperiales, organismos multilaterales, democratismo, ambientalismo, etc. Este es un proceso que conlleva en sí el refuerzo general del principio de autoridad sobre el principio de la libertad.

Las guerras de ocupación en Afganistán (2001), Irak (2003) y, a partir de la segunda década de este siglo, los procesos políticos en el norte de África y Oriente Medio (con énfasis en Libia y Siria en 2011) condujeron a la construcción de un sistema de colonialismo internacional muy cercano al del período del imperialismo clásico. Sin embargo, esta forma de colonialismo no demostró ser hegemónica, ya que en Brasil y América Latina el colonialismo se expresó, desde el siglo XXI, a través de estructuras de colonialismo interno y neocolonialismo. En Brasil, por ejemplo, el proyecto neodesarrollista implementado por el bloque en el poder desde 2003 fue la expresión política de este proceso.

Caracterizando mejor la nueva ola de colonización, según datos de Grain (2016), entre 2006 y 2016, se mapearon más de 491 casos de apropiación internacional de tierras, en los que se apropiaron al menos 30 millones de hectáreas en 78 países. Esta carrera mundial por la tierra, el agua, los minerales y la energía fue impulsada en gran medida por el llamado “boom de las commodities”, es decir, una fuerte demanda mundial y un aumento significativo de los precios de los productos agro-minerales y energéticos en el mercado internacional.

Con respecto a África, un año después de la crisis de 2008, la FAO y el Banco Mundial publicaron una encuesta titulada “Despertar al gigante dormido de África: perspectivas para la agricultura comercial en la zona de sabana de Guinea y más allá”, según la cual, la región de la sabana de Guinea, donde se encuentran 25 estados nacionales, tendría un potencial agrícola de 400 millones de hectáreas cultivables, de las cuales solo el 10% se estavan explotando, es decir, insertos en las cadenas mercantiles capitalistas. El mismo estudio indicó que el modelo “exitoso” de explotación agrícola adoptado en el cerrado brasileño en las últimas décadas debería usarse como el ejemplo a seguir en África. Así, Brasil, así como China, Estados Unidos y otras potencias imperiales, serán los protagonistas de la ofensiva colonialista en África de diferentes maneras.

El colonialismo y el imperialismo están integrados y respaldados por las estructuras del poder patriarcal y lanzan sus garras de dominación y explotación sobre los cuerpos de las mujeres del pueblo. Los cuerpos femeninos son “territorios” para ser controlados y comercializados en las nuevas estructuras del poder imperial-colonial. Este proceso no se limita a la venta de la fuerza laboral de las mujeres, aun que esta sea central. El control y la comercialización de los cuerpos femeninos también se debe a la imposición de una lógica comercial en las prácticas naturales y culturales que antes no se incorporaban a las cadenas de acumulación capitalista, como la lactancia materna, la menstruación, la reproducción, el placer sexual, la fecundación, el embarazo, el parto y la educación de los hijos, entre otros, que se convierten en nuevos nichos de mercado y objetivos de control y “planificación” estatal.

La expropiación de las diversas prácticas, territorios y saberes femeninos y sociales de la reproducción de las condiciones de existencia y, por lo tanto, de las relaciones con la naturaleza, para la imposición (desde arriba y desde afuera) de una relación única de poder dominante y explotador, es una de las marcas del colonialismo. Así, la ofensiva patriarcal se integra sistémicamente con las tendencias etnocéntricas-racistas, monopolistas y estatistas contemporáneas.

Como se indicó en el VI Conunipa, este proceso de dominación se está profundizando hoy bajo la forma tanto de la reacción conservadora como bajo un feminismo pequeñoburgués y posmoderno y un feminismo imperial. Todos confluyen para las políticas de mercantilización y control del Estado y del Mercado sobre las mujeres, a veces en nombre de la “liberación” y a veces de la “tradición”. La ideología imperial de expanción de la “democracia occidental” en Asia, África y América Latina es el principal rostro etnocéntrico-racista de estos “tipos” de feminismo. Pero, inherente a la contradicción entre dominación y resistencia, emerge en las luchas proletarias y campesinas un feminismo clasista y revolucionario que es necesario desarrollarse como parte inseparable de las luchas revolucionarias de los pueblos.

La nueva ola de colonización también es impulsada por la intensificación de políticas y narrativas de guerra al narcotráfico y al terrorismo, especialmente después del 11 de septiembre de 2001. Las víctimas de estas políticas son las poblaciones campesinas, originarias y marginadas de los centros urbanos y su objetivo fue la desarticulación de sistemas de poder locales y nacionales con miras a expandir la apropiación de parcelas de tierras-territorios y recursos energéticos por parte del capital. Estas guerras no destruyeron el narcotráfico, los paramilitares o el terrorismo y, por el contrario, crearon nuevos vínculos con ellos, de acuerdo con los intereses imperial-coloniales involucrados (el caso de las “milicias” en Brasil es emblemático).

Esta política de guerra interna o externa por parte de los Estados es el colonialismo, y apunta no solo a controlar los factores de producción y circulación, sino también a las propias poblaciones y sus resistencias. Profundiza las narrativas etnocéntricas-racistas, como la islamofobia y la supremacía blanca, que fueron y son instrumentos fundamentales de la contrainsurgencia. Alrededor de enunciados como “democracia en peligro”, se han practicado y todavia se pratica los saqueos modernos, la tortura, el encarcelamiento, la mercantilización, privatización de recursos y territorios y el genocidio.

Con la intensificación de la lucha de clases a nivel internacional y las disputas interimperialistas, en América Latina hay una profundización de las políticas e ideologías de la guerra contra el narcotráfico o el terrorismo, como en Brasil (ley antiterrorista de 2016, paquete contra el crimen en 2019) y Chile (creación de leyes antibarricadas y antisaqueos en 2020, y particularmente la política “antiterrorista” contra los mapuche).

Finalmente, la nueva ola global de colonización bajo el régimen de acumulación ultramonopolística está impulsada por profundos cambios tecnológicos, no solo en las relaciones de producción y distribución, sino también en las tecnologías militares, legales y de comunicación. Todos ellos, integrados en el sistema mundial capitalista, implican la profundización de las relaciones de dominación y explotación sobre los pueblos y la naturaleza.

En la escala macro, por ejemplo, vemos tecnologías de teledetección cada vez más sofisticadas, como imágenes de satélite y dispositivos de ubicación, que se aplican al militarismo y al control social y representan una inmensa asimetría de conocimiento-poder sobre los territorios. En la microescala, podemos destacar los campos de la genética, biofísica, nanotecnología, física nuclear y robótica, penetrando cada vez más en el núcleo y alcanzando niveles absurdos de fragmentación de la materia.

La minería y la agricultura capitalista, por ejemplo, se han visto profundamente afectadas por las nuevas tecnologías. El conocimiento científico e industrial “de vanguardia”, con escalas nano, micro, moleculares y atómicas, ha aislado y trabajado con sustancias químicas “puras”, permitiendo usos “multifuncionales”, haciendo con que la misma sustancia química sea utilizada desde la producción de alimentos a la fabricación de aleaciones metálicas. El avance de las semillas transgénicas y agrotoxicos han aumentado el número de enfermedades, la destrucción de los suelos y la dependencia del campesinado al paquete tecnológico. Por lo tanto, el descubrimiento acelerado de nuevos materiales (y nuevos usos para los antiguos) en territorios que anteriormente estaban marginados y sin interés para el capital (y donde muchos pueblos se han refugiado de los procesos de expropiación anteriores) ahora están bajo el foco del colonialismo.

Otra cuestión clave es el futuro del trabajo y los trabajadores con la industria 4.0. La expectativa de la agencia Ernst & Young es que, pronto, uno de cada tres puestos de trabajo debe ser reemplazado por tecnología inteligente. La consultora McKinsey & Company dice que 800 millones de trabajadores pueden perder sus empleos hasta 2030 debido a cambios tecnológicos. Por lo tanto, un tercio de los trabajos actuales se pueden automatizar, como los cajeros de supermercados, telemarketing, cajeros bancarios y otros.

En el centro del capitalismo, EE.UU. y Alemania tienden a tener del 23% al 24% de los empleos directamente afectados por la automatización. En Japón, puede alcanzar el 26%. En la periferia, esta tendencia no se acentuaría tanto: en India el impacto sería del 9% y en Brasil del 15%. Hay una tendencia a reducir el porcentaje de trabajadores en estas profesiones y un aumento en la demanda de trabajadores en las profesiones de tecnología de la información, relacionadas con el crecimiento de la informalidad. Hoy, alrededor de 2 mil millones – el 61% de la fuerza laboral mundial – viven del trabajo informal (en general, mujeres, jóvenes, inmigrantes, negros e indígenas).

1.3 La profundización de la nueva guerra fría y la crisis de la hegemonía estadounidense

La crisis internacional de 2008 produjo la desarticulación de los arreglos políticos nacionales en todo el mundo, lo que condujo al surgimiento de un nuevo ciclo mundial de luchas sociales, expandiendo las disputas interimperialistas y, al mismo tiempo, colocando a la extrema derecha como una fuerza ascendente. El trasfondo general de este proceso es la ofensiva para la apropiación de tierras, energía y recursos minerales, es decir, la nueva ola mundial de colonización. En Brasil, los efectos de la crisis de 2008 se sintieron inicialmente como un impulso para el proyecto neoextractivo y neodesarrollista, con grandes inversiones de capital extranjero.

La disolución de la URSS y el “bloque socialista” en la década de 1990 es parte de las nuevas relaciones de poder instituidas por el neoimperialismo. En ese momento, la hegemonía estadounidense alcanzó su punto máximo, garantizando una década de poder unilateral, bajo el signo imperial-colonial de la “Pax Americana”. Este período, sin embargo, comenzará a cambiar, evolucionando hacia lo que caracterizamos como una Nueva Guerra Fría, expresada en la polarización EUA-U.E X Rusia-China, intensificada por la nueva ola de colonización mundial. A pesar de la costumbre de analizar ideológicamente la actual guerra fría (con anacronismos que reproducen “capitalismo x socialismo”), no tiene esta característica. Representa la disputa por dos modelos distintos del desarrollo del capitalismo y poder imperial.

En 2017, bajo la administración Trump, Estados Unidos lanzó un documento llamado Nueva Estrategia de Seguridad Nacional. En esto, definen sus intereses nacionales y objetivos estratégicos. Entre los puntos tratados, reconocen que sus valores nacionales no son universales y renuncian a la conversión mesiánica de los pueblos a los llamados “valores occidentales”. Renunciar a la universalidad moral no significa renunciar a su poder global sostenido por su imperio militar. Este cambio les permite un mayor pragmatismo en las negociaciones globales, teniendo sus “intereses nacionales” como la única brújula, pudiendo negociar cualquier cosa, con cualquier miembro del sistema, siempre en función de sus intereses y una “posición de fuerza”.

Esta reorientación política del imperialismo estadounidense está vinculada al surgimiento de una nueva extrema derecha en Occidente (Ucrania, Grecia, Estados Unidos, Brasil, Italia y otros), como resultado de las recientes crisis de capital y tambien de los enunciados civilizatorios del neoimperialismo. Aunque el surgimiento de la extrema derecha está influenciado por el desarrollo y las crisis del sistema mundial capitalista, no puede explicarse solo en esta escala sin caer en un centralismo epistemológico.

Las condiciones históricas de la lucha de clases en cada país, el papel de las burguesías locales, así como las fuerzas colectivas del proletariado, son fundamentales para comprender este aumento. Sin esto, los entendimientos reproducen fácilmente una interpretación mistificadora del “imperialismo” o de las “fuerzas globales”, manipulada en las narrativas socialdemócratas y reformistas, como se ha hecho en Brasil.

Otro elemento sobre el surgimiento de la extrema derecha y el neofascismo en Occidente es que tiene características distintas que obstaculizan una alianza orgánica entre sí. Citaremos dos contradicciones principales: 1) la contradicción entre el antisemitismo de la extrema derecha europea y el sionismo/neopentecostalismo de la extrema derecha de los Estados Unidos y América Latina; 2) El programa “antineoliberal” y de “estado de bienestar” (solo para los “nacionales”) de la extrema derecha europea basado en la reanudación de una política internacional expansionista y colonial, contrasta con el programa de extrema derecha de los países periférica, basada en la privatización, subordinada a la división internacional del trabajo y por esta misma razón, tiene poco que ofrecer a la clase trabajadora nacional. Sin embargo, estas contradicciones morales y de posición en el sistema mundial no han impedido el acercamiento, el intercambio y el fortalecimiento de las posiciones entre la extrema derecha.

Por lo tanto, frente a la nueva guerra fría y la nueva ola de colonización, el imperialismo estadounidense ha estado abdicando gradualmente de los supuestos universalistas del neoimperialismo (multiculturalismo, democratismo, ambientalismo, elementos ampliamente identificados como “globalismo”) para adoptar una postura cada vez más pragmático en términos “nacionales”. Esto se debe a que la hegemonía estadounidense tiende a disminuir en el sistema mundial. Este declive es lo que impulsa la nueva estrategia, más agresiva en términos imperial-coloniales, para combatir el surgimiento del bloque chino-ruso.

La hegemonía estadounidense y el sistema-mundo construido a su alrededor están en declive, y su caída es posible e incluso probable. Sin embargo, este no es un camino lineal. Depende de nosotros analizar cuáles son los aspectos principales de esta transformación, y si realmente dará como resultado un nuevo orden mundial o la extensión más o menos extensa de una situación de caos sistémico, guerras, dictaduras y, como dicen Arrighi y Silver (2011) “destrucción mutua de civilizaciones mundiales”. Las posibilidades de construir alternativas, desde un punto de vista proletario y revolucionario, dependen de la expansión y articulación de las herramientas organizativas y políticas que enfrenten (desde el local al global) la crisis del capital y los Estados, y las transformen en una transformación revolucionaria.

Por lo tanto, para comprender la situación internacional, es esencial comprender el papel desempeñado por China. Más específicamente, la revolución industrial y tecnológica china, el surgimiento de las tecnologías del poder político y económico del modelo de capitalismo de Estado minimalista y la política estratégica de integración euroasiática (Asia + Europa). El hecho es que la crisis hegemónica del sistema mundial centrado en los Estados Unidos y Europa occidental no ocurre por sí sola. Se acompaña del avance del proyecto imperial del bloque chino-ruso.

El “proyecto” imperial de China y Rusia tiene raíces antiguas, así como la resistencia de los pueblos a este proyecto. Desde el final de la Primera Guerra Fría, podemos decir que este proyecto se ha desarrollado en paralelo con las estructuras discursivas e institucionales del neoimperialismo bajo la hegemonía estadounidense y europea. Tanto China como Rusia nunca han asumido completamente los supuestos de poder-saber del neoimperialismo (democratismo, ambientalismo, multiculturalismo), aún que se han insertado completamente en la economía mundial capitalista para fortalecer su poder regional y mundial.

Esta particularidad del modelo de desarrollo del capitalismo de Estado minimalista, de otras discursividades y enunciados civilizatórios, así como de tecnologías de poder político particularmente autoritarios, se ha utilizado sistemáticamente a favor del bloque China-Rusia. Así, la crisis actual de la hegemonía norteamericana ha alcanzado este bloque de manera muy diferente. Se ha presentado como una oportunidad para penetrar su “modelo” en cada región y, en un escenario futuro, como un posible reorganizador del sistema mundial capitalista-imperialista. Pero esto no sucederá sin conflicto.

La nueva guerra fría y la nueva ola global de colonización plantean una situación de equilibrio (relativo) de poder entre las potencias imperialistas (ya sea EE. UU.-UE o China-Rusia) y la necesidad de intensificar disputas irregulares, indirectas o híbridas, en términos político-militares o por recursos naturales y mano de obra. Esto ha intensificado la disputa sobre las regiones de América Latina, Oriente Medio y Europa. Todas estas regiones están bajo una fuerte presión de los dos bloques, liderados por Estados Unidos y China. Para profundizar su poder, los bloques deben operar mecanismos de destrucción-creación de arreglos políticos locales y regionales.

La Unión Europea es un ejemplo, ya que ha estado bajo una fuerte presión, hacia su desmantelamiento, de ambos bloques imperialistas. Han estado estimulando políticas básicamente de dos maneras: 1º) para apoyar partidos/movimientos “anti-UE” y de extrema derecha/conservadores; 2º) disputar la influencia económica y energética en los poderes de la UE, especialmente Alemania. Con respecto al segundo punto, un proyecto estratégico es la construcción del gasoducto “Nord Stream 2” en el Mar Báltico, que duplicará el volumen de gas natural desde Rusia a Alemania, expandiendo el poder de ambos países en Europa.

La periferia y la semiperiferia del capitalismo también se han convertido en objetivos centrales de las disputas imperialistas, que se traducen en diferentes políticas neocoloniales, colonialismo interno y, en menos casos, ocupación militar extranjera. Esto ha llevado a la reactivación de la ideología de contrainsurgencia en los estados latinoamericanos y a golpes/desestabilizaciones políticas en la región (ver el caso de Honduras, Paraguay, Venezuela, Haití, Chile y otros).

Por lo tanto, existe un vínculo sistémico entre los recursos energéticos en disputa en el Medio Oriente y América Latina, ya que Venezuela (la reserva de petróleo más grande del mundo) y Brasil (especialmente después del descubrimiento del Pre-Sal) podrían garantizar una apropiación del petróleo por parte de los Estados Unidos menos costosa que el modelo actual de ocupación colonial en Irak y Afganistán. Es cierto que un escenario de retracción de la presencia norteamericana en el Medio Oriente conduciría a una presión “total” inevitable sobre América Latina (reforzando el “América para los estadounidenses”).

Además, las funciones de las bases militares estadounidenses en Oriente Medio van más allá del robo de recursos energéticos, ya que también es una estrategia geopolítica para combatir permanentemente el proyecto imperial chino-ruso en la región (el asesinato del líder militar de Irán, Qasem Soleimani, en enero de 2019 es un ejemplo), que toma la decisión de retirar las tropas impregnadas de presiones y contradicciones dentro del Estados Unidos mismo.

En el Medio Oriente, China y Rusia juegan roles diferentes pero complementarios. Rusia tiene una presencia más significativa en las articulaciones militares y geopolíticas (diplomacia oficial y oculta) con los estados (Irán, Siria, Turquía, etc.) y las fuerzas político-militares del partido, como Hezbolá. Además, ha profundizado su asociación con Turquía (aunque inestable debido a la posición de Erdogan contra Bashar Al Assad), con la oferta de apoyo militar ruso contra la revolución social en Rojava y la construcción de un mega oleoducto “TurkStream” que une Rusia- Turquía e integrando otros países (Bulgaria, Serbia, Hungría, etc.). China, por otro lado, tiene un papel más centrado en la construcción de bases económicas (infraestructura, integración, energía, tecnología, etc.) en Asia y en todo el mundo.

China y Rusia convergen en el proyecto estratégico imperial-colonial de integración política, económica y social euroasiática. La articulación de dicho proyecto es la Iniciativa Belt and Road, presentada en 2013 por China, y llamada la “nueva ruta de la seda”. El nombre lleva todo un simbolismo histórico, de una época en que China fue el centro de la economía de Eurasia durante más de 2000 años. Reanudar esta noción implica reactivar una narrativa del “sueño (imperial) chino”, de su misión civilizatoria. La nueva ruta de la seda ya está en marcha, y la fecha límite para la finalización del gobierno chino es 2049, el año del centenario de la revolución china y, según la narrativa del imperialismo chino, el comienzo de una “nueva fase en la historia”.

La inversión china en el mundo ha crecido considerablemente en los últimos años. Entre 2005 y 2018, China estuvo presente en los cinco continentes e invirtió alrededor de US $ 1,9 billones. Esto es 13 veces el valor del Plan Marshall durante la Primera Guerra Fría. Como parte estratégica de estas inversiones, la nueva ruta de la seda consiste en un plan integrado en las áreas de transporte, infraestructura y energía, lo que implica el desarrollo colonial-capitalista de la explotación y dominación de las poblaciones locales, la tierra, el agua y otros recursos naturales.

Estas inversiones capitalistas son tanto terrestres, conectando Europa, Asia y África (regiones de extrema importancia geopolítica) como marítimas, pasando por el Océano Pacífico, cruzando el Océano Índico y llegando al Mar Mediterráneo. Además, presupone la articulación con otros planes regionales, como IIRSA en América del Sur.

Aunque las nuevas rutas de la seda son fundamentales, el plan de expansión colonialista-imperialista chino-ruso es aún mayor. Moscú y Pekín llegaron a la conclusión de que el eje estratégico hegemónico del imperialismo estadounidense solo puede romperse mediante las acciones de un amplio plan coordinado: la Iniciativa Belt and Road, la Unión Económica Euroasiática, la Organización de Cooperación de Shanghai, BRICS, el Nuevo Banco de Desarrollo del BRICS y el Asian Infrastructure Investment Bank.

El actual sector dominante de la política imperialista en los Estados Unidos, orientado a abandonar ciertas enunciados del neoimperialismo en un intento de reaccionar ante el declive de su hegemonía, es plenamente consciente de la amenaza del proyecto imperial chino-ruso. La CIA reconoció en 2019 que China es la mayor amenaza para su poder en toda la historia (más grande que la URSS).

Así, considerando la situación internacional y basada en la teoría bakuninista del imperialismo y el colonialismo, uno de los escenarios posibles en la Nueva Guerra Fría es el declive más o menos violento y prolongado de la hegemonía estadounidense (con la destrucción de las relaciones hegemónicas de poder-saber del neoimperialismo), como la transición de un patrón civilizatorio inaugurado por el sistema colonial desde el siglo XVI con una característica eurocéntrica occidental, basada en cadenas mercantiles basadas en el interoceánico marítimo (principalmente del Atlántico) y el control territorial (principalmente del Atlántico) a un nuevo patrón civilizatório euroasiático, con centralidad oriental, basada en cadenas mercantiles e integración hegemonicamiente terrestres.

Lejos de un futuro mejor para nuestro pueblo, lo que se anuncia con la intensificación de las disputas imperial-coloniales es la profundización del desempleo, la miseria, la sobreexplotación, las desigualdades, la destrucción de la naturaleza, la expropiación masiva de campesinos y pueblos originarios. Una serie de eventos, especialmente las crisis de capital y las insurgencias populares (como el levantamiento de Irak en 2019), serán fuerzas clave que pueden acelerar, retrasar o incluso frustrar los intereses imperial-coloniales en juego.

A los bakuninistas es necessario reafirmar una posición de intransigencia de clase, radicalmente anticapitalista, anticolonial y antiimperialista (ya sea el chino-ruso, estadounidense o incluso el subimperialismo brasileño). Esto no solo sirve para “demarcar principios” de una manera abstracta y sectaria, sino que debe convertirse en una línea política y de masas de construcción de una alternativa real, clasista e internacionalista, de reorganización del proletariado y los pueblos oprimidos.

2. De la insurgencia a la revolución: los desafíos y contradicciones de la lucha de clases en América Latina y Brasil

A principios del siglo XXI, surge una nueva extractivismo (o neoextractivismo) en América Latina. Esta nueva configuración del capital extractivo estuvo impregnada de continuidades y cambios en relación con el extractivismo “clásico” y materializó regionalmente el proceso global de la nueva ola de colonización. El neoextractivismo tiene las siguientes características:

1) económico: profunda articulación monopolística entre capital industrial-agrario-financiero, profundización de la dependencia del mercado exterior y de la fluctuación de precios;

2) políticas: el papel preponderante del Estado y los gobiernos “progresistas”;

3) social: programas sociales y de asistencia desarrollados, en gran parte, a través de la captación de la renta extractiva por parte del Estado, sin alterar la profundización de las desigualdades sociales y agrarias;

4) ideológico: renovación del mito del progreso, apelación al interés nacional, la propuesta de un modelo de desarrollo “sostenible” y “participativo”.

Sin embargo, este ciclo de gobiernos “progresistas” apoyados por una política neoextractiva y desarrollista ha llegado a su fin. Hoy, América Latina ha experimentado una radicalización de la lucha de clases y las disputas geopolíticas. Al mismo tiempo que está fuertemente influenciado por la dinámica global del neoimperialismo, con énfasis en la profundización del modelo colonial neoextractivista y la Nueva Guerra Fría, también hay peculiaridades y disparidades nacionales y regionales que determinan los escenarios en cada país y localidad.

2.1 El ciclo del progresismo latinoamericano: integración sistémica y un nuevo salto en el desarrollo capitalista

El modelo neoextractivista fue aplicado en general por los gobiernos latinoamericanos, tanto por los neoliberales más conservadores como por los gobiernos progresistas y desarrollistas. En este último, a pesar de los aspectos comunes, debemos diferenciar entre un modelo más nacionalista y estatista (casos de Venezuela, Bolivia y Ecuador) y un modelo que combina el neoliberalismo y el desarrollismo a través de la participación del Estado en la economía, pero a menudo de una manera diferente, indirecta y financierizada, a través de subsidios a través de bancos estatales, exención fiscal, participación accionaria, capitalización de empresas estatales a través de la apertura de capital (casos en Brasil, Argentina, Uruguay).

Las diferencias en el “modelo” del neoextractivismo latinoamericano se materializan en un conjunto de instituciones políticas, económicas y sociales, es decir, en estructuras gubernamentales específicas, de acuerdo con su historia, incluidas las luchas populares, en cada país. En este sentido, vale la pena recordar que una gran parte de los gobiernos “progresistas” se originan en procesos de movilización sindical, popular o indígena en momentos previos a su integración sistémica. Algunos son fruto de insurgencias masivas (como Bolivia), y en estos casos, algunos cambios se han profundizado.

Sin embargo, la no ruptura sistémica por parte de cualquiera de estos gobiernos está en la base de la crisis actual en sus modelos de desarrollo del capitalismo dependiente y de su política internacional “no hegemónica”. El ascenso y la caída de los gobiernos progresistas es el resultado histórico de la derrota de los movimientos antineoliberales, obreros y campesinos que surgieron hace más de dos décadas en América Latina.

En términos regionales e internacionales, el auge del ciclo de los gobiernos latinoamericanos “progresistas” representaba una política más o menos alternativa en relación con los intereses del imperialismo estadounidense, sin embargo, insertada en la estrategia imperialista del bloque China-Rusia. Los BRICS y la llamada agenda de cooperación Sur-Sur, así como el papel subimperialista de Brasil en América Latina y África, se han planteado retóricamente como un proyecto “antiimperialista”, “cooperativo” y como un posible camino hacia la “soberanía nacional”. En la práctica, significaban la cooperación militar entre estados (contra sus propios pueblos), internacionalización de compañías multinacionales brasileñas, aumento de la penetración de capital extranjero, ocupación militar de Haití y territorios marginados dentro de sus propios países a través de políticas estatales de contrainsurgencia, expropiación del campesinado, pueblos indígenas y bienes naturales y colectivos y profundización de las relaciones de dependencia a través de una economía centrada en la exportación de commodities, especialmente a China.

Un ejemplo del proyecto subimperial del PT fue el programa PROSAVANA, creado en 2009. Con la nueva ola mundial de colonización, África es vista como un destino estratégico para las inversiones capitalistas y estatales. PROSAVANA tuvo como objetivo ayudar al Estado de Mozambique a reproducir en la sabana africana el modelo de agricultura capitalista que expropió a miles de campesinos y devastó la sociobiodiversidad del cerrado brasileño. Esto es lo que el subimperialismo del PT llamó política internacional “antiimperialista” y de “cooperación”. También lo hizo con la política de expansión internacional de Petrobras, Vale, Itaú, Bradesco, Ambev, Gerdau y BRF, principalmente para América Latina y África.

La crisis del petroleo de 2014/2015 puso de relieve una serie de debilidades de los gobiernos progresistas. El principal fue la especialización productiva y la creación de corredores de exportación para productos agro-minerales y energéticos. Además, desde la crisis de 2008, varias luchas insurgentes han estallado en el mundo, que en gran parte tuvo, y todavía tiene, el contexto de disputas imperiales y coloniales sobre la privatización de los recursos naturales y energéticos. Tal es el caso del levantamiento popular en Brasil en junio de 2013, la revolución en curso en Rojava desde 2012, los levantamientos populares en Irak, Haití, Ecuador y Chile en 2019. A través de la teoría bakuninista, podemos entender la interconexión entre los procesos globales contemporáneos de insurgencia y contrainsurgencia.

Por lo tanto, la crisis actual de los gobiernos progresistas se puede resumir en tres factores principales: 1) Al final del ciclo de apreciación de las commodities en 2014/2015; 2) La intensificación de las disputas en la Nueva Guerra Fría, que condujo al ataque sistemático del imperialismo estadounidense para colocar gobiernos que defiendan una política de privatización, especialmente en el sector energético; 3) En la ruptura del movimiento de masas con los pactos de conciliación de clases llevados a cabo por las burocracias sindicales y partidarias, y la ruptura ocurrió por los sectores más sobreexplotados de la clase; 4) Con el ascenso al Estado brasileño del bloque burgués-conservador en 2016, liderado hoy por el gobierno de Bolsonaro/Mourão, el papel subimperialista de Brasil se convierte en un instrumento fundamental de la geopolítica pro-estadounidense en la región.

Influenciado por el avance conservador, especialmente en Brasil, el imperialismo estadounidense articuló el Grupo de Lima (Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay y Perú) y, contando con la complicidad de la UE, articuló un duro intento de golpe de Estado en Venezuela en 2019, que culminó con la autoproclamación presidencial de Guaidó. La derrota del golpe combinó factores internos, principalmente la resistencia civil armada a través de las milicias bolivarianas, y externos, el apoyo del bloque sino-ruso a Maduro. Lo que está en juego en Venezuela (así como en Brasil) no es una disputa ideológica “socialismo x capitalismo” (falsificación que mistifica la actual guerra fría e impide una política independiente del proletariado), sino disputas sobre los recursos energéticos. Venezuela tiene la mayor reserva de petróleo del mundo.

A fines de 2019, en Bolivia, el gobierno de Evo Morales (MAS) fue depuesto. Los principales factores de la crisis fueron: 1) la política reformista e idealista de conciliación del MAS con la burguesía, incluidos los sectores golpistas; 2) El proyecto de un neo-extractivismo y desarrollismo con retórica “multicultural”, que alimentó y fortaleció las fuerzas coloniales clásicas (minería, agronegocios, clericales); 3) conflictos y rupturas con el movimiento popular e indígena; 4) La conspiración externa del imperialismo estadounidense y el subimperialismo brasileño.

Por lo tanto, la crisis en Bolivia no puede explicarse solo como una interferencia externa, sino también como un producto de las políticas imperial-coloniales del propio gobierno de Evo Morales. Es importante señalar que Morales entregó a Cesare Battisti a los verdugos de Brasil e Italia y fue el único presidente “progresista” en saludar y ser humillado en la toma de posesión de Bolsonaro. Con el golpe, el objetivo es extender el neoliberalismo para controlar el gas mineral y el litio (Bolivia tiene el 70% de las reservas mundiales de litio), con la privatización y penetración de capital extranjero. La realidad política post-Evo es de ofensiva conservadora e, incluso sin nuevas elecciones, el gobierno ya está comenzando a separarse de las viejas alianzas y a realinearse con el imperialismo estadounidense.

Un instrumento importante para el imperialismo estadounidense ha sido el trabajo de la OEA, en la forma de su secretario general, Luis Almagro. La OEA ha expresado una fuerte alineación con los intereses estadounidenses. No es sorprendente que Almagro haya sido proyectado políticamente por su participación como canciller en el gobierno “progresista” de Mujica en Uruguay. Además de Venezuela, Almagro participó activamente en el golpe de estado y la conspiración imperialista en Bolivia.

Con respecto a las discursividades del neoimperialismo, la declaración “democrática” que legitima e impulsa la misión civilizadora imperial en América Latina se ha convertido en un aspecto ideológico fundamental de la actual ofensiva liberal-conservadora asociada con los Estados Unidos. Mediante acusaciones contra la “corrupción”, la “dictadura” y las “reelecciones”, las diferentes fuerzas reaccionarias en el continente han tratado de explorar los sentimientos legítimos de las poblaciones para avanzar en sus intereses reales de expandir el dominio sobre los pueblos y la naturaleza.

Obviamente, la caída de la mayoría de los bloques progresistas-socialdemócratas del aparato estatal no significa que hayan sido eliminados. Permanecen bajo diferentes condiciones y reestructuraciones y, lo que es peor, como una fuerza hegemónica en el movimiento de masas en muchos países. En general, estos bloques socialdemócratas en crisis han buscado nuevas alianzas con la burguesía, incluidos los sectores golpistas. Algunos de estos bloques han regresado o es probable que vuelvan al poder, pero en una correlación de fuerzas diferente a la primera década del siglo XX. Algunos restos del progresismo latinoamericano son México y Nicaragua.

El actual gobierno de López Obrador (MORENA) de México, acogido con beneplácito por la socialdemocracia en Brasil (PT, PCdoB, PSOL, MST), ha estado implementando un paquete de megaproyectos para minería, agronegocios, hidroeléctrica, turismo e infraestructura. Con este fin, se ha basado en el antiguo poder del narcotráfico y los paramilitares, en la creación de la Guardia Nacional y un fuerte discurso desarrollista, democrático (uso de referéndum) y asistencial. Esta política colonial y extractiva se llama la “Cuarta Transformación”.

México sigue profundamente apegado al imperialismo estadounidense. En diciembre de 2019, el gobierno renovó el acuerdo de libre comercio que reemplaza al NAFTA, la USMCA. Las comunidades indígenas y campesinas son los principales objetivos de la “Cuarta Aniquilación”, pero la existencia de un fuerte movimiento de masas autónomo e insurgente (especialmente el zapatismo) ha resistido heroicamente a los megaproyectos, incluida la lucha contra los programas asistencialistas.

En Nicaragua, el gobierno “progresista” de Daniel Ortega (FSLN) maneja las estructuras neocoloniales del desarrollo dependiente periférico. El FSLN atraviesa, principalmente en la década de 1990, un proceso de burocratización y degeneración ideológica, del cual Ortega representa el ala más oportunista. En 2018, surgieron protestas masivas contra el megaproyecto de desarrollo del canal transoceánico y un paquete de medidas neoliberales impuestas por el FMI y el Banco Mundial. El gobierno de la burocracia “sandinista” utilizó la represión más brutal, causando docenas de muertes y presos políticos.

Mismo frente a la clara subordinación de Ortega al imperialismo y al neoliberalismo, en toda América Latina el viejo progresismo socialdemócrata y el reformismo condenaron la insurgencia popular antineoliberal como un “golpe de estado” y “de derecha”. Esto demuestra la miseria ideológica y teórica que enfrenta el progresismo en declive en América Latina.

2.2 Las fuerzas en conflicto en la lucha de clases en América Latina

Podemos decir que las fuerzas políticas que hoy disputan la lucha de clases en la región forman tres bloques o tendencias generales: 1) Un bloque de la reacción conservadora, clerical, neoliberal, compuesta hegemónicamente de la burguesía agraria, industrial y financiera y un sector de la pequeña burguesía, vinculado al imperialismo estadounidense; 2) Un bloque desarrollista, socialdemócrata y reformista, compuesto hegemónicamente de la burocracia sindical-popular, una pequeña burguesía y una tecnocracia de empresas y bancos estatales. En geopolítica está vinculada al imperialismo chino-ruso; 3) clase trabajadora y pueblos insurgentes, autoorganizados en colectivos, asambleas y movimientos populares autónomos.

La realidad regional en la que operan estas fuerzas está marcada por la continuidad del proyecto extractivo colonial (con una cara cada vez más conservadora y privatista), políticas neoliberales de destrucción de los servicios públicos, políticas de contrainsurgencia y la expansión del poder militar en la sociedad y en el Estado. En relación al empleo, el 53% de la población ocupada en América Latina trabaja en el sector informal, lo que dificulta e incluso imposibilita el acceso a los derechos y la protección social. En Brasil, la tasa es del 46% y en México del 53,4%. Si bien la tasa de empleo ha aumentado ligeramente en Brasil, en Argentina, Chile y Perú se espera una ligera caída, incluso si estos países tienen un alto crecimiento por encima del 3%.

Brasil y América Latina están presentes en el índice analizado sobre las terribles condiciones de trabajo. Pero lo que era malo, empeoró. La llegada de las tecnologías de “plataformas digitales” de servicios empeora aún más las condiciones de trabajo, alcanzando los niveles más detestables de exploración y control de la fuerza laboral. Con la subcontratación, el trabajador todavía tenía acceso a la protección social, que no existe en los trabajos bajo el proceso de “uberización”.

La nueva tecnología del poder de mercado se expande bajo las narrativas neoimperialistas de “emprendedorismo” y “autonomía total” (“¡sé tu propio jefe!”). La distancia entre los centros/sedes centrales de estas empresas y los trabajadores actúa para dificultar la identificación de los verdaderos culpables de la miseria, la inestabilidad, el agotamiento físico y emocional de los trabajadores (en general, que se culpan a sí mismos). La tendencia es que este tipo de control de la explotación laboral crezca en otros sectores económicos, expandiendo la fracción del proletariado marginal.

Todo esto no ha impedido la formación de la conciencia de clase en este sector. Las experiencias de organización y lucha han crecido y son fundamentales para la lucha de clases actual. El intento de regular para limitar la actividad de los repartidores, así como las demandas de derechos básicos, han generado movilizaciones y manifestaciones por parte de estos trabajadores y en algunos países y ciudades han formado asociaciones y sindicatos.

Detrás de la narrativa de la creación de “empresarios libres”, los trabajadores están desenmascarando la realidad real: la sobreexplotación y la esclavitud moderna, que afectan principalmente a los inmigrantes pobres en los países centrales y las poblaciones negras e indígenas en los países periféricos.

Además, la articulación de los Estados para favorecer a las empresas ha generado una serie de denuncias de corrupción y autoritarismo de las empresas estatales en toda América Latina. Este escenario político y económico regional, integrado con las realidades nacionales, la Nueva Guerra Fría y la nueva ola de colonización han generado una intensificación de la lucha de clases.

Como parte de una guerra híbrida en la Nueva Guerra Fría, los bloques reaccionarios y derechistas han intervenido en procesos insurreccionales, de doble poder y de guerra irregular (Libia, Siria, Bolivia y Venezuela son algunos ejemplos) para avanzar en su proyecto imperial. La reacción ha desarrollado, según las condiciones, una política de ruptura con las instituciones y el orden, generando en ciertos contextos (como en Brasil) un aura “antisistémica”, con el fin de expandir el poder del imperialismo estadounidense y de monopolios burgueses.

La política de la extrema derecha ha significado, en términos discursivos/ideológicos, el abandono de las declaraciones universalistas de multiculturalismo y ambientalismo. Han propuesto una agenda para la defensa de la cultura occidental, blanca, cristiana y patriarcal que se materializa en discursos dirigidos a los “buenos ciudadanos” (contra los inmigrantes en el caso de los países centrales, o la población marginada en los países periféricos, pero también contra las mujeres y lgbts) que ha servido de base para políticas antimigratoria, encarcelamiento masivo, expansión del poder clerical y racismo religioso, entre otros. La difusión de tales ideas se ha orquestado principalmente mediante la manipulación de contenido a través de las redes sociales, con el ex asesor de Trump, Steve Bannon, uno de los mejores articuladores de los movimientos de derecha en varias partes del mundo.

En Brasil, la extrema derecha ha relacionado la crítica a las declaraciones multiculturalistas del neoimperialismo a la ideología “izquierdista” y al “globalismo” de manera genérica. Esto ha servido para cubrir su política colonialista real con una apariencia ideológica, vendiendo la “guerra contra el poder del globalismo/comunismo” como una nueva agenda “emancipatória” para las naciones, religiones e instituciones occidentales. De hecho, la extrema derecha bolsonarista ha jugado un papel importante en este proceso regional de crecimiento conservador. Eduardo Bolsonaro ya había declarado que buscaba formar una “Internacional de Derecha” con la participación de líderes de extrema derecha de América y Europa.

Por lo tanto, él no solo es el hijo de Jair Bolsonaro, es un militante protofascista de extrema derecha que busca construir una cruzada por la cultura judeocristiana y los principios de Dios, Patria, Familia y Propiedad (estructura básica de los estados nacionales modernos-coloniales) y esas fueron las consignas en las resoluciones de la Cumbre Conservadora de las Américas, celebrada en diciembre de 2018 en Paraná. En marzo de 2019, Eduardo Bolsonaro comenzó a representar el “The Movement” en América del Sur, el contradictorio consorcio de representantes europeos que apoya el “populismo de derecha”.

Esta farsa de la “revolución de derecha” también ha tenido éxito debido a la posición que adopta el decadente bloque socialdemócrata y desarrollista: actuando como defensores del viejo orden “progresista”, de la democracia como un valor absoluto, en resumen, con una política cada vez más conservadora en términos nacionales y, en términos internacionales, profundamente impregnado por las declaraciones multiculturalistas-ambientalistas-demócratas del neoimperialismo o por el fortalecimiento del bloque imperial chino-ruso.

Este bloque impone a los pueblos un rol de fuerza auxiliar en disputas interburguesas. Por lo tanto, ambos proyectos son dos caras de la misma moneda: sirven para unificar sus bases sociales para la realización de sus proyectos coloniales-imperiales para el dominio de los pueblos y la naturaleza.

Pero estas son solo dos fuerzas agentes de la lucha de clases en América Latina. Falta una fuerza esencial: las luchas insurgentes y los movimientos autónomos de la clase trabajadora. Estamos experimentando un nuevo ciclo global de luchas, una era de insurgencias, caracterizada por levantamientos y explosiones más o menos espontáneos y combativos, independientes de los sindicatos tradicionales y los organismos representativos. Este análisis es importante para pensar en dos insurgencias: el levantamiento popular indígena en Ecuador (2019) y el levantamiento popular en Chile (2019-2020).

En octubre de 2019, Ecuador fue escenario de una rebelión y huelga general campesina, indígena y popular, con barricadas en las calles, detención del personal militar por parte del pueblo, ocupación de campos petroleros, toma del Parlamento Nacional (e institución del “Parlamento de los Pueblos”) y la consiguiente transferencia de la sede oficial del gobierno de Quito a Guayaquil.

La insurgencia comenzó en las jornadas convocados por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) contra el paquete de reforma neoliberal del gobierno de Lenin Moreno, articulado con el FMI y la burguesía, lo que resultó en un aumento de la inflación, el avance de las empresas mineras y la flexibilización laboral. La insurgencia hizo retroceder al gobierno.

El levantamiento en Ecuador expresó algunos elementos fundamentales para pensar sobre las insurgencias populares en América Latina: 1º) Con el grito en las calles “¡Ni Correa, ni Moreno!” y la expulsión de sectores correístas de los actos, las masas populares abrieron una brecha estratégica más allá de los bloques conservadores y progresistas; 2º) La creación del Parlamento de los Pueblos en Quito y la experiencia de asambleas populares autónomas, centros de apoyo, viviendas y cocinas comunitarias como espacios de poder popular; 3º) La expansión de la lucha más allá de los liderazgos históricos, incluyendo el movimiento estudiantil, feminista y principalmente una juventud indígena y trabajadores precarios nacidos después del 2000, favoreciendo un diálogo intergeneracional y con sectores no vinculados al correísmo.

A finales de octubre de 2019, estalló una rebelión en Chile, iniciada contra el aumento de las tarifas de transporte, pero que revela un agotamiento de las condiciones de vida de las personas, un aumento de las desigualdades sociales y la destrucción ecológica, como resultado de décadas de desarrollo capitalista neoliberal y extractivista Se plantearon una serie de demandas colectivistas en manifestaciones descentralizadas, con expropiación de supermercados, ocupaciones, barricadas e incendios de trenes y edificios.

La revuelta golpeó los intereses imperialistas de frente con la cancelación de la Conferencia sobre Cambio Climático (COP25), el Foro de Cooperación Asia-Pacífico (APEC) y la final de la Copa Libertadores, contradiciendo desde abajo a las potencias dominantes. La insurgencia derrotó el aumento de las tarifas, pero la revuelta continuó.

Las respuestas del Estado chileno se produjeron principalmente en dos direcciones: 1º) Una represión brutal que adquirió el carácter de una guerra interna de contrainsurgencia: decretos de estado de excepción, aprobación de leyes anti-barricadas y antirrobo, gastos multimillonarios en gases lacrimógenos, bombas, balas de goma, entre otras, que sirvieron para causar más de 3.000 heridos, más de 10.000 presos, alrededor de 40 muertes y más de mil denuncias de tortura y violación por parte de la policía; 2º) El llamado “Acuerdo de Paz”, firmado por todos los partidos de la orden (de derecha a la izquierda, incluidos los “libertarios”) para canalizar la revuelta popular en un referéndum sobre la redacción de una nueva constitución para el país. Como no se logró el objetivo contrainsurgente, la respuesta del Estado fue profundizar aún más la represión.

A diferencia de Ecuador, la insurgencia en Chile no tenía articulaciones ni demandas unificadas y, a pesar de la propuesta constituyente, la resistencia duró (aunque sea irregular) hasta principios de 2020, destacando tres cuestiones fundamentales: 1º) La incapacidad de las fuerzas políticas hegemónicas (reformistas y conservadores) para controlar y “gobernar” a la clase trabajadora chilena; 2º) La creación de una serie de estructuras de (contra)poder popular, tales como asambleas comunitarias territoriales, cuerpos de autodefensa para protestas y barrios, etc. 3º) La alianza entre el proletariado y los pueblos originarios y campesinos, creando vínculos de las luchas en la ciudad y en el campo, que cuestionaron el modelo neoliberal y el neoextractivismo que avanza en la expropiación colonial de los recursos de tierra, agua y energía en Chile.

Estos procesos insurgentes latinoamericanos, así como las jornadas de junio de 2013 en Brasil, brindan lecciones importantes para los anarquistas y revolucionarios. La primera es que la lucha de los pueblos ha abierto una brecha entre la dualidad sistémica de los bloques conservadores y socialdemócratas. Esto puede indicar que estamos ante un giro estratégico, que se consolidará o no, dependiendo de cómo actúe cada una de las fuerzas involucradas. Este giro estratégico puede significar una reorganización global del movimiento de masas en América Latina con las características que marcan estos nuevos alzamientos y movimientos, que también expresan cambios generacionales, de clase y de género en el proletariado latinoamericano.

El segundo aspecto es la diferencia entre la insurrección y la revolución y cómo pasar de una a la otra. Este tema ya ha aparecido en diferentes formas en la historia de las luchas populares. Un hito es el concepto de “gimnasia revolucionaria” que históricamente dividió a los anarquistas contra los sectores reformistas marxistas o “libertarios”. El reformismo que negaba la insurrección y la violencia como parte de la acumulación de experiencia y saber colectivo del proprio pueblo siempre tendió hacia el electorismo o el elitismo.

Sin embargo, la mistificación de la violencia y la insurrección como un fin en sí mismos también condujo a desviaciones como el idealismo y el aislacionismo. Por lo tanto, es importante presentar un análisis bakuninista, materialista y dialéctico, sobre la insurgencia y la revolución y, por lo tanto, contribuir a pensar y actuar en la lucha de clases actual.

Según la teoría bakuninista, la insurgencia es un tipo de proceso político que tiene una serie de características:

a) que tiene en el centro de las acciones el uso de la violencia colectiva (violencia civil no letal, que se une en las formas cotidianas de resistencia como el saqueo, las ocupaciones, el sabotaje, los incendios y que por esta misma razón se plantean anular las relaciones de dominación y explotación) y la violencia militar (en forma de guerra de guerrillas o guerra regular) como instrumento principal para lograr fines políticos o expresar puntos de vista y antagonismos;

b) es un proceso en el que se articula una variedad de sujetos no centralizados y su forma parece estar desorganizada, cuando en la realidad es multicéntrica y se rige por formas específicas de organización;

c) es un proceso en el cual una fuerza social relativamente más débil se desarrolla fuera de las estructuras estatales, buscando desafiar o anular un gobierno y cambiar las condiciones sociales;

d) que neutraliza el poder del gobierno sobre las regiones, creando formas específicas de dualidades de poderes que pueden ser estatales o no y durar más o menos tiempo;

e) que surge de una práctica y, por lo tanto, está sujeto a cambios y reversiones, de acuerdo con las contratendencias que actúan en el proceso.

La insurgencia, entonces, no equivale a una protesta o manifestación violenta. Las marchas, huelgas, piquetes y ocupaciones pueden ser parte de diferentes procesos (y proyectos) políticos, así como los procesos electorales. La insurgencia es un proceso político que tiende hacia la insurrección y la revolución (aun que esto pueda ser cancelado por otras tendencias contrarias). La insurrección es el evento culminante de la insurgencia como un proceso, una situación en la que esa insurgencia toma la ofensiva contra el poder al que se opone. La insurrección es el momento decisivo concreto para la insurgencia, porque es cuando la redistribución del poder y los ingresos puede avanzar o retroceder, de acuerdo con los propósitos establecidos.

La revolución es un proceso de transformación radical de un sistema de poder político, económico y social (y no solo la forma de gobierno). Partiendo de la teoría anarquista, las principales características de la revolución integral, en sus formas y contenidos, son:

a) La revolución es el resultado de un proceso de ruptura con el orden anterior y, por lo tanto, necesariamente violento (de ahí su relación con la insurgencia);

b) Los sujetos de la revolución son las masas trabajadoras del campo y la ciudad;

c) La transformación revolucionaria tiene lugar de abajo hacia arriba desde los organismos de poder popular y de la insurrección (y no desde arriba hacia abajo a través del Estado/elecciones);

d) El crecimiento y la expansión de los organismos de poder populares (asambleas, consejos, cooperativas, etc.) todavía ocurren bajo el sistema capitalista, directamente vinculados a la lucha de clases (huelgas, crisis, alzamientos, etc.);

e) Al reemplazar los poderes de los estados y las empresas capitalistas con los cuerpos del poder popular, se establece un nuevo sistema social basado en el autogobierno y el socialismo.

Sin embargo, para que este camino revolucionario se consolide, son necesarias tres condiciones básicas: 1) la existencia de un partido revolucionario o, al menos, de un frente revolucionario (como en el caso de Argelia) que garantice una estrategia y dirección de lucha unificadas y la militarización del movimiento popular en el momento adecuado (creación de un ala armada revolucionaria); 2) la existencia de un fuerte movimiento de masas, influenciado por tal partido o frente; 3) la formulación de un programa revolucionario que permitiría reunir a un sector significativo de las masas para la ofensiva insurreccional.

Por lo tanto, la insurgencia y la revolución no pueden confundirse, aun que estean profundamente relacionadas. Las insurrecciones que ocurrieron y que vendrán son fundamentales para una política revolucionaria en América Latina y Brasil. Sin embargo, la fuerza de la tradición socialdemócrata aún hegemónica en la mayoría de los movimientos de masas, así como la inexistencia o incipiencia de las estructuras de (contra)poder popular, son condiciones que tienden a socavar el potencial de los procesos insurgentes, llevándolos a la integración sistémica (reformas políticas, constituyentes, elecciones, etc.) o para la represión y contrainsurgencia.

La tendencia hacia el espontaneismo, desorganización o al radicalismo individual y simbólico por parte de los pequeños grupos “autonomistas” y “libertarios” ni siquiera rasca la política hegemónica, por el contrario, la refuerza. Sin presentar soluciones reales para la autonomía del movimiento popular, dejándolo como rehén de las disputas sistémicas, las crisis de capital solo tenderán a profundizar los niveles de explotación y dominación sobre los pueblos. Si continúa su profunda crisis organizativa, el proletariado se elevará de manera justa, pero desesperada y llena de límites a su potencial. La dependencia de los falsos líderes de la izquierda institucional, cada vez más cobardes, burocráticos y elitistas, inevitablemente dará lugar al avance de la tiranía, el autoritarismo y la sobreexplotación.

La única forma posible de resistir ahora y transformar las insurrecciones futuras en procesos revolucionarios es la constitución de furtes organizaciones sindicalistas revolucionarias, que organicen no solo a la clase trabajadora urbana y formal, sino a la masa de trabajadores marginados y pueblos oprimidos, negros e indígenas. Esta es una tarea emergencial para la mayoría de América Latina. Vivimos en una Era de insurrecciones y revueltas, y el momento de batallas nos llama al deber. Es necesario que los anarquistas y revolucionarios combinen paciencia, disciplina y coraje, con una línea correcta de acción, para construir un nuevo futuro junto a nuestro pueblo trabajador y explotado.

3. La conjuntura nacional: ofensiva burguesa-militarista-clerical frente a la nueva guerra fría y la ola global de colonización

El Brasil es estratégico en el cenario mundial y regional y presenta contradicciones a múltescalares que pueden conducir a soluciones aún más a derecha y al cierre del régimen, así como soluciones dentro de la democracia burguesa. Ambos convergen para el mantenimiento del sistema y la profundización de la represión y la explotación, lo que aumenta la tendencia a la explosión de revueltas e insurgencias proletarias.

Es importante caracterizar cómo esta disputa interburguesa, los nuevos proyectos de explotación y dominación del bloque gobernante, así como la agencia de la clase trabajadora brasileña, afectan la lucha de clases en Brasil.

3.1 Conspiración imperialista, extrema directa y la crisis de la democracia burguesa en Brasil

La crisis política que comenzó con las elecciones burguesas de 2014 comenzó a prepararse en 2007 y tiene como telón de fondo la disputa sobre los recursos energéticos y minerales de Brasil, especialmente el pre-sal. Como hemos dicho, las disputas imperialistas y colonialistas expresan relaciones y luchas de poder, en las cuales las conspiraciones son parte del repertorio (tanto conspiraciones interburguesas como las insurreccionales) y se intensifican en tiempos de crisis.

Veamos algunos datos que revelan la conspiración imperialista y conservadora en Brasil.

En 2005, Chevron abandonó el proyecto de investigación del pre-sal y vendió su parte a Partex (portuguesa) y Petrobras. Esta última permanece en el proyecto y encuentra el área de Tupi, lo que hace que la apuesta del pre-sal se haga realidad. En enero de 2008, hubo un robo de HD y computadoras portátiles de un container de Petrobras. Al principio, la policía federal trató la situación como un espionaje industrial, pero luego la línea de investigación cambió drásticamente a un robo común. En 2009, se lleva a cabo una conferencia en RJ con el PF, el MP y las autoridades estadounidenses, incluido el embajador estadounidense en ese momento. La agenda era la lucha contra la corrupción e incluía la participación del entonces desconocido Sérgio Moro.

En 2010, Wikileaks reveló que Serra, entonces un candidato presidencial, había intercambiado telegramas con un alto ejecutivo de Chevron, el mismo que había renunciado a Pre-sal, sobre la necesidad de realizar cambios drásticos en los hitos de producción y exploración en el pre-sal. En ese momento Petrobras era el único operador y participante mayoritario en las subastas. El compromiso de Serra con Chevron fue tal que el proyecto de ley que cambió la participación de Petrobras en el pre-sal fue suyo.

En 2011, Estados Unidos, bajo la dirección de Obama, detalló una redirección estratégica de su política energética en un documento llamado Blue Print for a Secure Energy, colocando a Brasil como un actor central en el área de pre-sal, biocombustibles e hidrocarburos. En el mismo año, Obama visita las instalaciones de Brasil y Petrobras. Las empresas de otros países también se acercaron a los líderes locales, como la visita de CNPC (China) a Alckmin con el fin de invertir en la cadena petrolera brasileña, especialmente en la cuenca de Santos.

En 2013, Snowden presentó documentos que mostraban cómo la NSA realizó un alto espionaje contra Dilma, ministros, altos funcionarios del gobierno y también la red informática privada de Petrobras. Ese mismo año, Estados Unidos cambió su embajador en Brasil, asumiendo el control de Liliana Ayalde (que participó en el golpe de Estado contra Lugo, en Paraguay) como parte del cambio en la estrategia estadounidense para fortalecer la política imperial en el continente.

Este análisis explica algunos pasos tomados por el imperialismo de EE. UU., relacionados con los cambios del gobierno que tuvieron lugar en Brasil hasta 2017 y nos proporciona ideas para comprender mejor la Segunda Guerra Fría, el papel estratégico de Brasil y los compromisos de Bolsonaro con la entrega de recursos minerales y energéticos a los Estados Unidos. Sin embargo, la evidente conspiración imperialista no explica la realidad actual en su totalidad. De hecho, esta narración unilateral sobre las “fuerzas imperialistas globales” ha sido utilizada por el Lulismo-Pestismo para eximirse de las contradicciones en 13 años de su gobierno de conciliación. Como ya dijimos, el golpe parlamentario de 2016 y la ofensiva conservadora actual tienen lugar bajo las estructuras políticas, económicas e ideológicas construidas y profundizadas incluso en los gobiernos del PT. Veamos algunos elementos.

La nueva ola de colonización se desarrolló en Brasil a partir del siglo XXI a través de las estructuras de desarrollo capitalista dependiente y una estructura de colonialismo interno, mientras que en otros países sudamericanos tuvo lugar a raíz de una relación neocolonial. La nueva ola de colonización en Brasil no se manifestó a través de una repetición de la “ocupación militar extranjera”, sino que se produjo debido a un doble impulso: la inversión extranjera apalancó una política y estrategia neodesarrollista, de las cuales la expansión de la industria extractiva, de la agroindustria y la industria en general fue el componente principal.

Es en este contexto que podemos decir que las estructuras del colonialismo interno, que habían estado refluyendo desde la década de 1980, recibieron un nuevo aliento. Las políticas de colonización en Brasil serán conducidas por una burguesía monopolista nacional, asociada con el capital extranjero, y con una fuerte participación del Estado. De esta manera, se forma un consenso en torno a la necesidad de desterritorializar a los pueblos indígenas y campesinos, allanando el camino para un proceso de mercantilización de tierras y territorios. Así, entre los años 2005-2012, se formó un gran bloque, no solo en el sector de “agronegocio”, que desarrolló una estrategia de desterritorialización.

Las políticas neodesarrollistas aplicadas por los gobiernos del PT revelaron su potencial destructivo a largo plazo. A fines de julio de 2019, se registró una masacre en el Centro de Recuperación Regional de Altamira, en el suroeste del estado, en el que murieron 57 reclusos, 16 de ellos decapitados. La región sufrió la implementación de megaproyectos como la Usina Belo Monte, que causó varios impactos socioambientales, entre ellos, la hinchazón de la población carcelaria, debido a la ampliación de las condiciones de miseria en la región.

En Brasil, las grandes empresas capitalistas del siglo XXI, que llevaron a la expropiación de campesinos, pueblos indígenas, quilombolas y poblaciones periféricas, fueron apoyadas por el Estado brasileño a través de PAC y BNDES. Este proyecto neoextractivista es responsable de la ruptura de las represas de relaves en Mariana (2015) y Brumadinho (2019), lo que lleva a cientos de muertes y desapariciones, destrucción de territorios, viviendas, plantaciones, contaminación de ríos, matanza de innumerables vidas de animales y plantas. Ambos megaproyectos mineros estaban anclados en la alianza de la burguesía monopolista nacional con la burguesía extranjera y el Estado brasileño.

El proceso de autoafirmación y expansión territorial de este bloque de poder produjo (o reactivó) el discurso típicamente colonial y las formas de dominación: racismo-etnocentrismo, centralismo y monopolismo, extremadamente cruzados por las nuevas ideologías propias del neoimperialismo (como fue el caso con etanol/coche flex y la farsa del discurso “ambientalista” imperial). Este proceso expansivo se ha convertido en la antesala de un neoextractivismo cada vez más conservador.

Las estructuras coloniales ya naturalizadas y legitimadas a escala nacional bajo los gobiernos del PT llevaron a la burguesía, durante el tiempo de crisis política y la caída de los precios del petróleo, a profundizar la ofensiva conservadora y separarse de ciertos paradigmas “democráticos” y “ambientalistas”, generando así un complejo escenario de disputas y contradicciones. Vemos la transición de una neoextracción “progresiva” a una cada vez más conservadora y neoliberal.

La revuelta popular de junio de 2013 indicó una ruptura entre el proyecto político subimperialista y neodesarrollista del PT y los deseos de las masas populares por los derechos colectivos. La extrema derecha reaparece como una fuerza precisamente en esta crisis, aprovechando (y al mismo tiempo negando) la insatisfacción política difusa y generalizada. Lejos de hacer un discurso de defensa de las instituciones (un papel que perteneció a la socialdemocracia), la extrema derecha se apoya en la insatisfacción popular, proporcionando una crítica de los problemas sociales experimentados. Desde allí canalizan la revuelta popular hacia una crítica del “comunismo” gobernante, la corrupción, la élite intelectual y cultural de izquierda, los inmigrantes, etc.

Las elecciones de 2018 fueron una combinación de tres elementos: la guerra híbrida aplicada en Brasil, la ruptura de las masas con el bloque socialdemócrata y el surgimiento de la extrema derecha (clerical y militarista) dentro del bloque conservador desde el golpe parlamentario de 2016. La victoria electoral de Bolsonaro, además del fuerte sentimiento de antipetismo, también fue el resultado de la intervención de Steve Bannon, un gran empresario y articulista de derecha.

Sin embargo, cuando asume el poder, la extrema derecha se encuentra dentro de las instituciones y la crisis difusa y generalizada contra el sistema tiende a volverse en su contra. Esto es lo que sucedió, por ejemplo, con el rápido crecimiento del rechazo del gobierno de Bolsonaro. Si Haddad (PT) hubiera ganado, la extrema derecha tendría una oportunidad de crecer aún más surfeando en el descontento popular reinante. Pero cuando gana, la insatisfacción en la que cabalga se dirige contra ella misma. La iniciativa tardía de formar un nuevo partido, “Aliança pelo Brasil”, que rompe aún más a la derecha con el PSL, no parece lograr el éxito de reanudar la popularidad y la capacidad para manejar las crisis, que tienden a aumentar.

Las contradicciones del gobierno de Bolsonaro tienen una escala nacional, internacional e intersectorial. Internacionalmente, el gobierno está bajo una fuerte presión de las potencias europeas basadas en el discurso neoimperial (la posición de Francia en el caso de los incendios amazónicos es ejemplar). Además, y principalmente, la burguesía monopolista brasileña está profundamente vinculada a los mercados asiáticos, principalmente a los chinos. El Irán, al que Brasil exporta $ 2.5 mil millones al año, también es un ejemplo. Esta integración económica es el resultado de más de una década de gobiernos del PT.

Así, la burguesía nacional que apoyó a Bolsonaro lo presiona para mantener estas alianzas. Pero la política del nuevo gobierno es una de subordinación a los intereses estadounidenses, causando fricción entre los intereses “pragmáticos” de la burguesía y la ideología protofascista del bolsonarismo. Con el intuito de compensar los escándalos de Bolsonaro, el gobierno ha mantenido el apoyo de la burguesía al profundizar el colonialismo interno, favorecer el capital financiero y el ataque generalizado contra los derechos laborales.

Desde 2016, hemos evaluado que el carácter “masivo” de la extrema derecha y la política fascista tenía límites, debido a la naturaleza muy colonial de su programa, que tiene poco que ofrecer al pueblo además de una política neoliberal, la retirada de los derechos y la represión. Esta línea implica enfrentarse con su propia base social, principalmente los funcionarios públicos y la pequeña burguesía, lo que llevaría a un deterioro más rápido de su base electoral más difusa, formada por sectores de la clase trabajadora sin compromiso ideológico con el bolsonarismo. Esto es exactamente lo que ha estado sucediendo, con un gran sector de la clase trabajadora desilusionado y se posicionando en oposición al gobierno.

3.2 Estado de contrainsurgencia y la estrategia de contrarrevolución preventiva

Este proceso de ofensiva conservadora y liberal está anclado en estructuras militares, jurídicas y políticas que han quedado desde la dictadura civil-militar y modernizadas desde la década de 2000 por el bloque socialdemócrata/desarrollista. El Estado brasileño no abandonó, en el período posterior a la dictadura, sus características estructurales de un Estado de Contrainsurgencia (como se caracteriza por Ruy Mauro Marini), aunque sus mecanismos han permanecido en un cierto reflujo durante el proceso de “redemocratización” hasta los años 2000.

El concepto de Estado de contrainsurgencia expone las especificidades de la contrarrevolución burguesa en América Latina desde mediados del siglo XX, que se manifestó no solo por golpes militares, sino también en la reestructuración del aparato de los Estados democrático-burgueses, ampliando el papel tutelar e imponente de las fuerzas militares en la política y la sociedad nacionales, la transformación estructural de las burguesías nacionales (se internacionalizando y ampliando la dependencia al Estado y al capital extranjero) y los movimientos de masas (con una radicalización creciente, escapando del control de los partidos comunistas y socialdemócratas).

Uno de los aspectos centrales del proyecto de contrarrevolución latinoamericana es el cambio en las relaciones mundiales del poder y la dominación imperialistas y colonialistas. En la década de 1960, la hegemonía estadounidense había sido sacudida por una serie de revoluciones anticoloniales (Argelia, Congo, Cuba, Vietnam), que produjeron cambios en el sistema imperialista, como se mencionó anteriormente. Esto provocó un mayor equilibrio geopolítico entre los EE. UU. y la URSS, la llamada Guerra Fría I. Todo esto lleva al cambio de la estrategia norteamericana que tiene que operar una respuesta flexible e híbrida, capaz de enfrentar el desafío revolucionario (que, en la perspectiva de de los Estados Unidos, siempre es una cara del “peligro comunista”) donde sea que surja y en las formas más variadas. La ideología anticomunista del “enemigo interno” es una de las características del Estado de contrainsurgencia.

Esta reactivación y modernización de las estructuras estatales de contrainsurgencia en Brasil fue impulsada por el proyecto neodesarrollista llevado a cabo por los gobiernos del PT. La creación de la Fuerza Nacional, la Ley Antiterrorista, la modernización e integración del aparato represivo y jurídico, las UPP y el aumento de la población carcelaria son algunas de las marcas de este proceso. Así, después de la insurgencia de junio de 2013 (y el aumento de las revueltas y huelgas combativas), las fuerzas conservadoras burguesas, en alianza con el imperialismo estadounidense, impulsaron el ascenso al poder y la conformación de un nuevo bloque con una estrategia de contrarrevolución preventivo, con la profundización del Estado de contrainsurgencia y el uso de las estructuras creadas o fortalecidas por el PT, incluso contra él mismo.

Sin embargo, no es correcto usar el término fascismo o dictadura para caracterizar la realidad política actual. Estos términos, aunque distintos, representan relaciones de poder y dominación que, al menos todavía, no se verifican. En relación con el fascismo, ya hemos abordado sus límites en la periferia y semiperiferia global, debido a las relaciones imperialistas y coloniales que expresan la inserción en el sistema mundial e impactan las relaciones de clase y la cuestión étnico-nacional, profundamente diferente de Europa.

En relación con la dictadura, es esencial señalar que el manto institucional de la democracia burguesa no ha impedido el avance del Estado policial y penal en Brasil y, por el contrario, ha actuado como su mayor legitimador, siempre dispuesto a modernizar las fuerzas represivas en favor de la “democracia”.

Por lo tanto, no definir la realidad política actual como dictadura o fascismo no nos lleva a negar la ofensiva general del militarismo, la política contrainsurgente, el fundamentalismo religioso, el neoextractivismo y la sobreexplotación de la clase trabajadora. Por el contrario, nos lleva a despejar el terreno de los adjetivos y a considerar seriamente los posibles cambios en la coyuntura, incluida la posibilidad de un cierre real del régimen debido a la profundización de los conflictos de clase.

El contexto actual de profundización del estado de excepción y contrainsurgencia es impulsado por numerosas causas, algunas de las cuales son:

a) La crisis económica mundial, asociada con las nuevas tecnologías, impuso un declive completo en las vacantes de empleo e hizo desechable a una gran masa de la clase trabajadora. En estos períodos, es común aumentar la criminalización de la pobreza e incluso pasar del discurso de las medidas socioeducativas (para reinsertar al trabajador en la sociedad y el empleo) a un discurso de exterminio de la masa no empleable. El capital no está interesado en volver a socializar a los prisioneros, ya que no tiene interés en capacitar a los trabajadores. Las crisis ambientales y epidémicas también pueden favorecer estos intereses genocidas de las clases dominantes.

b) En 2013, estaba bastante claro que el PT perdió el control de las luchas que ejercia a través de la burocracia sindical, requiriendo una nueva forma de pacificación a través de una mayor represión y una estrategia preventiva de contrarrevolución.

c) La agenda de seguridad pública se ha convertido en un tema fundamental en la sociedad brasileña, ocupando todos los periódicos y las preocupaciones de la población. El ascenso de los delegados del ejército, la policía y el personal militar al poder político expresa una de las caras del Estado de contrainsurgencia que está aumentando la interferencia política de las Fuerzas Armadas. Y es precisamente en el aumento del poder punitivo del Estado que avanza un Estado policial que enfrenta cualquier militancia política y lucha popular.

d) Existe un claro avance en la ideologización de la aristocracia judicial, adoptada por el discurso anticorrupción, antipolítico y antiizquierdista, que se ha apoderado de casi toda la pequeña burguesía. Esto hace que los jueces y fiscales actúen de una manera claramente política a favor del fortalecimiento del poder punitivo del Estado, utilizando su autonomía y poder profesional para tratar de condenar a los militantes.

e) El avance de la agenda de seguridad pública combinado con la imposibilidad de establecer un pacto social también ha ampliado el poder de la policía, desde los gobiernos del PT, con el objetivo de la integración entre las diferentes fuerzas de represión y también el fortalecimiento de los servicios de inteligencia.

Brasil tiene una dualidad interna en su realidad política. Tenemos una dualidad de sistemas políticos, que operan simultáneamente y se complementan entre sí, pero al mismo tiempo, se excluyen mutuamente. Un sistema político formal, liberal y republicano, que agrupa el poder de las instituciones representativas (partidos, sindicatos, asociaciones civiles) y los poderes judicial, ejecutivo y legislativo. Este sistema, debido a la naturaleza colonial del Estado y al capitalismo brasileño, está restringido en términos de clase y etnico-racial. Es un sistema que existe para las minorías, pero que abarca y coopta porciones significativas de los oprimidos. Existe especialmente como un sistema de competencia de partidos para los poderes ejecutivo y legislativo.

Vinculado a este sistema, existe un sistema político informal, en el cual opera el uso de la fuerza policial y militar y las organizaciones estatales clandestinas con autorización para ejecuciones sumarias. Es un sistema en el que existe el poder absoluto de los jefes, en el que pueden mandar y hacer lo que quieren. Este sistema político es lo que llega a la gran masa de la población a través de la fuerza policial y las fuerzas paramilitares, pero también el abuso de poder por parte de concejales, diputados, jefes de empresas y organismos públicos, que monopolizan los recursos públicos (a través de la corrupción) y violan derechos basicos.

El proyecto de poder del bolsonarismo ha llevado esta dualidad política a su límite, ya que integra cada vez más paramilitares y grupos de exterminio (siempre existentes y fundamentales en la estructura colonial brasileña) en disputas de partidos e incluso en el gobierno federal (el asesinato de Marielle y Anderson demuestra esto). Esta cuestión presenta algunos escenarios importantes a considerar:

1) Un golpe militar que interrumpa de manera general las instituciones democrático-burguesas y republicanas a favor del sistema político dictatorial con una base paramilitar-clerical-burguesa que llegaría al ejercicio del poder de Estado;

2) Una ofensiva de la burocrácia partidária republicana (de derecha e izquierda), apoyada por la insatisfacción de los sectores populares y de la burgueses, para lograr un impeachment a Bolsonaro y mantener el orden burgués y republicano;

3) La articulación de la burguesía para una reestructuración política a través de las elecciones de 2022, que puede apuntar a una alternativa electoral más pragmática y neoliberal (sin el bolsonarismo) o un nuevo pacto de conciliación de clases con las burocracias sindicales de izquierda .

En todos los escenarios mencionados, la tendencia es expandir y mejorar la represión y aumentar la explotación de las masas trabajadoras. El programa protofascista y ultraliberal del gobierno de Bolsonaro-Mourão apunta a una nueva etapa de represión del pueblo acompañada de políticas anti-nacionales, con el avance de las privatizaciones, el desmantelamiento de los servicios públicos y la destrucción de los derechos sociales y laborales.

3.3 La ofensiva genocida, ultraliberal y clerical del gobierno de Bolsonaro

A pesar de ser vendidos como “outsider” y “antisistema”, las bases de apoyo del gobierno de Bolsonaro/Mourão están plenamente establecidas entre los sectores de la “vieja política”, es decir, los poderosos y explotadores de todos los tiempos. La agenda conservadora impuesta por este bloque ultraliberal, teológico y militarista en nombre del máximo lucro de la burguesía significará un aumento de la represión y el genocidio de nuestro pueblo, la sobreexplotación y la precarización de las condiciones de trabajo y la expropiación de los trabajadores y pueblos rurales.

El terrorismo de Estado, que impone el genocidio y el control en el campo y en la ciudad, tiende a asumir las características de una guerra colonial abierta (contrainsurgencia). Las fuerzas de represión deben actuar bajo la dirección de una guerra de exterminio contra los negros, los barrios marginales, los campesinos, los pueblos indígenas, las quilombolas y las comunidades tradicionales.

En la misma dirección, los paramilitares están aumentado su poder de influencia sobre los territorios de las periferias y avanza la institucionalización de los sicários de los terratenientes. El cambio en las reglas de posesión de armas en propiedades rurales, el paquete contra el crimen (aprobado con el apoyo de la izquierda institucional), la creación de la Fuerza Nacional Ambiental y los decretos de Garantía de la Ley y el Orden (GLO) son algunos de los cambios que tienen profundizado los mecanismos de violencia estatal-colonial contra el pueblo.

La militarización también se ha extendido a las escuelas y otros organismos públicos. Además del programa federal de militarización de las escuelas, varios gobiernos han llevado a cabo programas estatales, incluidos los gobiernos del bloque socialdemócrata, como Bahia y Ceará. En las universidades e institutos técnicos federales, el gobierno no ha tenido en cuenta las consultas electorales de los rectorios y direcciones e intervenciones fiscales. Además, el fenómeno de la “militarización” de las iglesias completa la imagen ideológica de reforzar el militarismo entre los más pobres.

Este aumento en la represión y el Estado policial-penal es la base principal sobre la cual se estructura toda la agenda neoliberal y anti-nacional. En relación con esta política de contrainsurgencia, las estrategias típicamente coloniales de catequización, modernización y expropiación de territorios indígenas, campesinos y quilombolas están avanzando. En julio de 2019, por ejemplo, los buscadores armados con ametralladoras invadieron la aldea indígena Waiãpi, en la región de Pedra Branca do Amapari, en Amapá, matando el cacique Emyra Waiãpi.

Junto con la guerra sucia de la policía y los paramilitares, el bloque en el poder está impulsando en el Congreso Nacional varios proyectos que refuerzan la impunidad y la legalización de las prácticas colonialistas más viles para atacar a la gente del campo, como el caso de PL 191/2020 de la minería en tierras indígenas; MP 910/19 que facilita/legaliza el acaparamiento de tierras al aumentar la presión y la violencia especialmente en la frontera agrícola; Decreto N ° 10.252 que extingue el Pronera; reducir las inversiones en “agricultura familiar” como el PAA; la mercantilización de las tierras de la reforma agraria aumentando la presión sobre los campesinos hacia su desterritorialización; control flexible y liberación de pesticidas: cambio en la legislación ambiental; etc.

El bloque socialdemócrata, a través de los gobiernos estatales, también ha continuado con el modelo neoextractivista. En Ceará, el gobierno de Camilo Santana (PT), junto con el empresariado, aprueba el lanzamiento de una nueva planta termo-elétrica fósil que generará impactos climáticos y socioambientales en una región del estado que ya ha sido devastada por complejos industriales.

En Maranhão, el gobierno de Flávio Dino (PCdoB), junto con la burguesía industrial y extractiva, ha llevado a cabo una política de violencia y expropiación contra las comunidades locales causada por la concesión a los Estados Unidos de la base de Alcântara (de acuerdo con Bolsonaro), la duplicación BR-135, la construcción de una línea de transmisión de energía y un puerto internacional privado (con la multinacional china Acom).

En Bahía, el gobierno de Rui Costa (PT) también está detrás de una serie de ataques contra los pueblos rurales, como la expulsión de más de 700 familias campesinas de sus tierras en noviembre de 2019.

Existe una tensión entre la burguesía rural y los camioneros que se expresa en la tabla de carga creada por el presidente Temer para tratar de poner fin a la huelga de camioneros. La burguesía rural ataca el arancel del flete a medida que aumenta el costo de su producto en el momento de la eliminación. Pero el gobierno de Bolsonaro, alertado por los servicios de inteligencia sobre la insatisfacción entre los conductores de camiones, ha evitado eliminar la tabulación. De todos modos, el gobierno de Bolsonaro ya ha informado que el objetivo es “destetar” a los conductores de camiones poco a poco. Es decir, poner fin a la mesa de carga lo antes posible para satisfacer las demandas de la burguesía rural, que puede abrir nuevos conflictos.

Además de estas tensiones, la burguesía rural también tensó a Bolsonaro con el movimiento de trasladar la embajada de Tel Aviv a Israel. Brfood (Sadia y Perdigão) dijo públicamente que esperaba más moderación del presidente, ya que tal hazaña podría generar represalias por parte de los países árabes en la exportación de productos brasileños. Lo mismo ha ocurrido en las relaciones externas con China e Irán, importantes importadores de productos agro-energéticos de Brasil.

En este mismo sentido, la burguesía rural se tensa con Bolsonaro en el momento de la crisis amazónica. La amenaza por parte de las grandes compañías internacionales de bloquear la compra de granos y cuero fabricados aquí, hizo que diferentes organizaciones y compañías de la burguesía rural presionen a Bolsonaro para que cambie la retórica sobre la Amazonía y también implementen algunas políticas para controlar los incendios.

Aunque sea estas mismas empresas las responsables de los incendios, el riesgo de pérdida de exportaciones ha generado tensión con la forma en que Bolsonaro infla el problema y genera desgaste internacional. Entendemos este tema mejor en el marco de las tensiones del neoimperialismo y el discurso “ambientalista” como regulador de las estrategias de poder y acumulación de capital. El gobierno aprovechó la ocasión y la retórica ambiental para aumentar la represión del campesinado mediante la creación de la Fuerza Nacional Ambiental y el decreto GLO en la Amazonía.

Las políticas del gobierno de Bolsonaro han tenido profundos impactos en las condiciones de trabajo. La tasa de desempleo alcanzó el 12,7% en el primer trimestre de 2019, lo que representa 13,2 millones de trabajadores. La población de personas desanimadas también ha aumentado a 4,9 millones de personas, y la tasa de personas subutilizadas también ha aumentado. La mayoría de las mujeres y personas de 40 años o más están desempleadas. La región con el mayor número de desempleados es el noreste (IPEA). En julio de 2019, el trabajo informal tuvo un récord de 24,2 millones, con un aumento del 3,9% (441 mil personas) en comparación con el trimestre anterior.

Además de los ataques llevados a cabo por los gobiernos del PT (seguridad social, reformas laborales, etc.), por la “Agenda de Brasil” del gobierno de Temer (como la EC 95 y la Reforma Laboral), el gobierno de Bolsonaro en solo un año – frente a la cobardía y apatía de las burocracias sindicales – avanzó en la ruina de los derechos del pueblo.

En abril, el gobierno emitió el MP 881, conocido como la “nueva reforma laboral”, que, entre otras cosas, liberaba el trabajo a los domingos y feriados, relaja las normas de seguridad y salud de los trabajadores, etc. La reforma de pensiones, que había sido bloqueada por huelgas y luchas durante el gobierno de Temer, fue aprobada en octubre de 2019, atacando la jubilación de los trabajadores y la seguridad social. También la MP 905 cambia más de 86 artículos CLT y crea la “tarjeta de trabajo verde y amarilla”, ampliando las formas de trabajo precarias y temporales, especialmente para los jóvenes marginados. Al mismo tiempo, el ajuste fiscal termina erosionando aún más el precario servicio público, cuyo usuario fundamental es el proletariado marginal.

Así, los servicios de salud y educación se vuelven más precarios, aumentando la revuelta de la masa del proletariado marginal y también de los trabajadores y estudiantes del servicio público. El ajuste fiscal afectó a todas las áreas, con la excepción de aquellas que siempre han sido privilegiadas: el poder judicial y la legislatura. Todas estas medidas que imponen la explotación y la miseria a nuestro pueblo buscan satisfacer la avaricia de las fracciones burguesas (financieras, industriales, rurales, comerciales) que apoyan al bloque en el poder.

En Educación, la política era perseguir a los docentes, amenazar la libertad de profesorado e incluso la invasión de las universidades. La educación sola representa el 18% de la contingencia total (corte de becas, finalización del programa, etc.). El Proyeto de Ley “Future-se” es la gran arma para transformar los modelos de educación que tenemos hoy, ya que altera 16 leyes en los más variados ángulos de la educación, propone cambios en la LDB, en ciencia y tecnología, en la comercialización de energía eléctrica, cultura, normas fiscal, organizaciones sociales, carrera de educación superior y EBSERH.

En enero de 2019, el Congreso aprobó el recorte presupuestario de R$ 1 mil millones para la salud pública, presagiando un año de desmantelamiento y retrocesos. El gobierno de Bolsonaro impuso una serie de obstáculos a los usuarios del SUS. Con menos dinero, las consecuencias eran inevitables: hospitales desechados, menos trabajadores, escasez de medicamentos. La salud indígena también ha sido atacada por el gobierno. El Ministro de Salud, Luiz Mandetta, incluso propuso cobrar por atención en el SUS.

La restricción financiera ha impactado el cierre de 400 farmacias populares desde 2016, sin poder atender a millones de personas. Durante 2019, el Ministerio de Salud también suspendió el contrato con siete grandes laboratorios públicos, utilizados para la producción de 19 medicamentos distribuidos por el SUS. Además, contra la salud de las personas, el gobierno lanzó la mayor cantidad de pesticidas en los últimos 14 años.

Al observar los gastos autorizados al comienzo del año y los recortes por contingencias, el área más afectada fue la vivienda, con un recorte del 90% en los recursos. La segunda área más afectada fue la de los Derechos de Ciudadanía, con recortes del 27% de los recursos autorizados, que se centran en políticas dirigidas a mujeres, indígenas, negros, inmigrantes, consumidores y personas con discapacidad. Los programas que más sufrieron en esta área fueron: Justicia, Ciudadanía y Seguridad Pública (con un recorte del 44.9%) y el Programa para la Protección y Promoción de los Derechos de los Pueblos Indígenas.

Con respecto a la política anti-nacional del bloque conservador, es importante decir que, a pesar de seguir algunos aspectos de continuidad con el bloque socialdemócrata, expande aún más las privatizaciones de los sectores estratégicos y los términos de los contratos que apuntan a favorecer preferencialmente a los Estados Unidos, pero también a China y el Reino Unido, Francia, etc.

De 2013 a 2018, alrededor de 400 empresas brasileñas fueron compradas por capital extranjero, que desembolsó aproximadamente 133 mil millones de reales para las adquisiciones, según datos del Transactional Track Record (TTR). Los principales compradores incluyen los Estados Unidos con 75 transacciones; China, 23; Francia, 22; Reino Unido, 20; Alemania, 17. Los datos de la Sociedad Brasileña para el Estudio de Empresas Transnacionales y Globalización Económica (Sobeet) muestran que, en 2010, el capital extranjero representó el 27% de las inversiones privadas en infraestructura en Brasil, que en 2018 ascendió a 70%. Según las cuentas del gobierno, desde 2009, casi la mitad del dinero chino invertido en Brasil fue al sector eléctrico, por ejemplo.

Según la plataforma Land Matrix, Brasil se encuentra entre los cinco países con la mayor superficie de tierra agraria vendida a extranjeros entre 2000 y 2015. Las áreas preferidas han estado en Mato Grosso y Matopiba (principal frontera agrícola en Brasil). Este conjunto de datos apunta a una política de privatizaciones o fusiones, que contribuyó a la formación de monopolios globales, con la desnacionalización de la tierra y la riqueza y la sobreexplotación de la clase trabajadora.

La señalización del gobierno de Bolsonaro para la privatización de las empresas incluye desde las empresas Correios, Embraer, como tambíen el Serpro y Dataprev (con una base de datos nacional enorme e inestimable, hoy un mercado importante), las cárceles (como Dória en SP, para obtener mayores ganancias y disciplina en el “mercado de prisioneros”) hasta Petrobras, que ya ha vendido filiales y subastado la exploración en el pre-sal. La privatización y la desnacionalización tienen una fuerte relación con los paquetes de reforma aprobados y en curso, como las reformas de Seguridad Social, Trabajo e Impuestos.

También está en crescimiento el poder clerical en la sociedad y en el Estado. Los que más han sufrido con el aumento de este poder son las poblaciones negras e indígenas, víctimas de extorsión económica (que genera una gran desigualdad de ingresos entre creyentes y pastores), de discriminación religiosa (que involucra desde proyectos de catequesis hasta ataques físicos a símbolos/espacios de religiosidad de origen africano e indígena) y dominación patriarcal (negando la autonomía femenina sobre su cuerpo, trabajo y territorio). El poder clerical está ganando terreno cada vez más en las instituciones y políticas gubernamentales, en escuelas, universidades, políticas de salud, políticas antidiscriminatórias, políticas para niños y adolescentes, etc.

Es esencial que la línea sindicalista revolucionaria defienda la creencia libre y no ponga los aspectos morales y religiosos en el primer plan de la unidad popular. Pero eso no significa que no se deba luchar contra la estructura de poder clerical. Por lo tanto, uno no puede hacer la vista gorda ante la violencia patriarcal, mercantilista y racista (en resumen, colonial) profundizada por el poder clerical, especialmente su facción neo-pentecostal-sionista.

No podemos ignorar el papel real y nefasto que desempeñan las estructuras de este poder para reforzar los prejuicios y la discriminación en el seno del pueblo, que han sido promovidas e inculcadas por instituciones religiosas. El hecho de que los creyentes pobres reproduzcan estos prejuicios no indica que sean opresores, sino que viven bajo un régimen de opresión. El trabajador creyente también es víctima de este poder clerical. De ahí la importancia de construir estrategias que aumenten la resistencia y debiliten ese poder, poniendo las bases religiosas en acción en contra sus verdugos y opresores.

4. Línea de masas: escenarios y estrategias de resistencia

La situación nacional apunta a la intensificación de los conflictos de la clase trabajadora con el Estado y la burguesía. Contrariamente al alarmismo de las organizaciones y al activismo socialdemócrata, el pueblo no está apático ni defiende la ideología fascista. El ciclo de luchas que comenzó en 2013 aún no ha terminado y la tendencia es la aparición de nuevas revueltas y luchas. Encontramos, en la lucha de clases, el desarrollo de fuerzas por la libertad frente al avance de las fuerzas de la autoridad. Por el contrario, por parte de la socialdemocracia, lo que hemos visto es la capitulación más abierta a las fuerzas reaccionarias y burguesas.

Aún así, la clase trabajadora continúa luchando. El movimiento indígena ha demostrado ser uno de los principales protagonistas de la confrontación contra el gobierno de Bolsonaro, así como fue en el avance del neoextractivismo en los gobiernos del PT. La “retomada” de sus tierras ancestrales, sin esperar la tutela del Estado, es el punto más avanzado de acción directa por la tierra y la libertad hoy en Brasil. Esta táctica de lucha por la tierra necesita ser fuertemente apoyada, expandida e impulsada a otros sectores del campesinado.

Además, el proletariado marginal ha generado luchas más o menos espontáneas y autoorganizadas por parte de familias de jóvenes asesinados y encarcelados, por vendedores ambulantes que luchan por el derecho al trabajo, además de trabajadores subcontratados, repartidores, de call centers y supermercados, que también han estado experimentando con nuevas formas de lucha y organización.

La política neoliberal e intervencionista de los recortes en la educación, la salud y la retirada de los derechos en general también llevaron a luchas y huelgas contra la reforma de las pensiones (tanto federales como estatales), luchas contra los recortes en la educación, contra “Future-se” y por la autonomía universitaria (con énfasis en la protesta del 30 de mayo, que aparece fuera de las burocracias sindicales), una histórica huelga nacional de petroleros, huelgas de maestros, entre otros.

La estrategia principal de la socialdemocracia en estas luchas fue imponer al movimiento sindical-popular una línea política pasiva y condicionada al desempeño de sus parlamentarios y su participación electoral en 2020 y 2022. En la práctica, las centrales sindicales hegemónicas fueron fundamentales para desorganizar la resistencia y garantizar la aprobación de las medidas antipopulares. La actuación de las centrales ocorrió de tres maneras:

1) Por un lado, tomaron la iniciativa de convocar algunas protestas nacionales y días de lucha, evitando que aparezcan alternativas más autónomas; 2) Por otro lado, actuaron activamente para que las protestas estuvieran mal preparadas, vaciadas y no expresaran, en su forma y contenido, un antagonismo efectivo y directo con el gobierno y las estructuras de poder; 3) Actuaron para que la insatisfacción en algunos sectores de la clase no se convirtiera en una ola de huelgas o que se canalizara a una gran caravana de todo el país para marchar en Brasilia, como el “Ocupa Brasilia” en 2016.

Esta práctica de la socialdemocracia ha dejado clara su estrategia: erosionar la imagen del gobierno de Bolsonaro a través de acciones de masas simbólicas y explorar las contradicciones mediáticas y parlamentarias. Reproducir una sensación general de miedo e impotencia en su propia base y en la clase en general y tratar de canalizar toda esta insatisfacción y revuelta contra el gobierno para las próximas elecciones. Para PT y PCdoB, es mejor que estas demandas antipopulares sean aprobadas ahora y erosionen la imagen de Bolsonaro do que sean derrotadas y caygan como una demanda para un posible gobierno PT en el futuro. Por esta razón, el discurso hegemónico del petismo ha sido respetar el mandato de Bolsonaro y “derrotarlo” en las próximas elecciones.

La cuestión central es que el costo de esta estrategia electoral de las burocracias sindicales y partidarias es la sangre, el sudor y el sufrimiento de nuestro pueblo. El punto de descrédito que ha alcanzado la política electoral en Brasil requiere una estrategia, por parte de la socialdemocracia, que forme una base de desesperación absoluta e indignación con el gobierno, pero, al mismo tiempo, con un sentimiento de impotencia colectiva. Este escenario es perfecto para el elitismo reformista, que se presenta como un “salvador del país”. La máxima imperial de “dividir para gobernar” se aplica a Bolsonaro, pero también a la socialdemocracia. El reformismo del petismo necesita gobernar el movimiento de masas (dividirlo, pacificarlo, centralizarlo) para llegar al gobierno federal nuevamente.

La crisis del sindicalismo de Estado y de la socialdemocracia es estructural. Ambos dependen de la clase trabajadora insertada no precariamente en el empleo. La flexibilización de las formas de trabajo, como la subcontratación, el subempleo con una alta tasa de rotación, la burocratización de los sindicatos y los partidos que dejan de ser máquinas de enfrentamiento para convertirse en máquinas electorales y el alejamiento de sus bases, ponen en crisis estas formas tradicionales de organización. Este vacío organizacional, combinado con una insatisfacción generalizada, hace que los levantamientos, en general, sean más o menos espontáneos y explosivos.

Los partidos de izquierda no pueden impulsar esta insatisfacción popular. Lejos de esto, continúan tratando de salvar a las instituciones, haciendo una lectura política donde oponen la defensa de la democracia al fascismo, la barbarie y la civilización, el amor/tolerancia y el odio. Al convertirse en defensores del statu quo, no pueden avanzar hacia los instintos populares de insatisfacción con el orden. Y esta postura tiene mucho que ver con el carácter de clase de la izquierda partidaria, vinculada mucho más a una aristocracia obrera e intelectual que, debido a sus propias condiciones de vida, quiere mantener lo que tiene y es refractario a las revueltas insurgentes, que desprecia y, al mismo tiempo, teme.

El sindicalismo revolucionario ahora tiene un gran campo para crecer. Pero para hacerlo, debe distinguirse claramente de la socialdemocracia. No podemos permitirnos ser capturados por la polarización (petismo x bolsonarismo) que tiende a crecer en un año electoral. No podemos caer en el discurso de la defensa abstracta de la “democracia”, ya que esto implica desorganizar el trabajo preparatorio de resistencia (ideológico y organizativo) necesario para enfrentar la ofensiva que ya se está llevando a cabo y se profundizará. La defensa abstracta de la “democracia” ha demostrado ser una narrativa que básicamente significa el regreso del bloque socialdemócrata al poder. No existe un avance real en los derechos de la clase trabajadora. Por el contrario, los reformistas, en todas partes, trabajan con el bloque conservador e incluso apoyaron su programa cuando están en gobiernos estatales.

Por otro lado, el sentido común de votar por el “menos peor” muestra un cierto limbo en la política brasileña. Si bien expresa una crítica a los candidatos (todos son malos), se coloca en una posición de impotencia y pasividad, en la que la adhesión a la “menos peor” es la única postura posible para impedir al “enemigo” (lo “más peor”) de tomar el poder. El anti-bolsonarismo y el anti-petismo surfean en esta falta de una alternativa real para la clase trabajadora. Lo que ha demostrado la crisis política y el primer año del gobierno de Bolsonaro es que la mayor amenaza para el proyecto de socialdemocracia no es el bolsonarismo (y viceversa), sino el surgimiento de una fuerza colectiva autónoma del proletariado que es imposible de gobernar o destruir.

Por lo tanto, la misión de los anarquistas para el próximo período es exactamente fortalecer esta fuerza colectiva. No será “creado” de la nada, ya existe en un estado potencial en el conocimiento y las prácticas de la clase trabajadora, aunque con varias contradicciones. Su materia prima son las luchas y las revueltas que han surgido fuera de las burocracias y las luchas dirigidas por la burocracia sindical. En el primer caso, el papel de los revolucionarios es más constructivo y directivo, y en el segundo caso, es más de oposición y de profundizar la contradicción entre liderazgo y base. Además, hay demandas de supervivencia de la clase que impulsan acciones de solidaridad y mutualidad. En todos ellos hay contradicciones sobre las cuales es posible actuar.

Todas las experiencias de lucha y autoorganización, aunque sean locales y diversas, son importantes en la medida en que responden a las demandas reales del pueblo y deben canalizarse hacia el proyecto estratégico común de construir una Confederación Sindicalista Revolucionaria de masas en Brasil. Se acabó el tiempo de la dualidad “burocratismo x activismo”. Son caras de la misma moneda, así como “Lulismo x Bolsonarismo”. Estas falsas polarizaciones han llevado a la clase trabajadora a un callejón sin salida, ya que se desarrollan para mantener el sistema y mantener a la clase trabajadora alejada de la lucha real por su liberación, la lucha por la libertad contra la autoridad.

A pesar de las grandes posibilidades que pueden abrirse en el próximo período, en el muy corto plazo los escenarios serán difíciles para alternativas revolucionarias y combativas. Una lucha cuerpo a cuerpo, casa por casa, calle por calle, será fundamental, combatiendo en dos frentes: la reacción clerical militar-burguesa y el reformismo-lulismo que apuesta por la administración del gobierno federal. La estrategia revolucionaria es resistir localmente, continuar construyendo a nivel nacional y expandir el llamado a todos los militantes sinceros y movimientos combativos en Brasil. Es necesario hacer un llamado histórico a la ruptura con el aislamiento, el activismo y el burocratismo a los que algunos sectores combativos aún están vinculados.

Es importante que cada activista preste atención al método materialista de movilización, para no exponerse y aislarse con un estilo cliché simplemente agitativo, que solo sirve para “demarcar la posición ideológica”, pero que tiene poca efectividad para las tareas de la lucha de masas. La creación de medios concretos para, de hecho, masificar a los sindicatos revolucionarios y autónomos contará más (para mejorar las formas de recaudación, afiliación, apoyo legal, métodos de huelgas y luchas por reclamos, etc.).

Es importante profundizar la transición en la línea de masas de una estructura de “oposición” a la construcción de verdaderas organizaciones representativas que harán la lucha reivindicativas. Para esto, es esencial distinguir el papel del brazo de masas y el papel de la organización anarquista, sin querer transponer las tareas políticas e ideológicas de la organización al brazo de masas, ya que esto genera, en la práctica, un sabotaje del potencial de ambos.

Es importante preparar más que una campaña de boicot electoral para las elecciones de 2022. El escenario más probable será una fuerte polarización política “Lulismo x Bolsonarismo”. Es necesario profundizar la lucha ideológica y política, en cada base y región, sobre la construcción del Congreso del Pueblo y de las asambleas populares como una verdadera alternativa de contrapoder para la clase trabajadora. La política revolucionaria y anarquista de negar el camino electoral requiere un paso más, a riesgo de ser neutralizado por la polarización sistémica: es necesario construir una fuerte campaña nacional para construir el poder popular (Congreso del Pueblo) y defender los derechos, en unidad con el boicot electoral.

4.1 Tierra y libertad: la teoría y política bakuninistas de la cuestión nacional, anticolonial e internacionalista

Después de la Segunda Guerra Mundial, prácticamente todas las revoluciones populares instrumentalizaron de alguna manera la cuestión nacional (como en China, Vietnam, Cuba, Argelia, etc.) pero, en la mayoría, degeneraron y se reintegraron en el sistema mundial capitalista como naciones subordinadas. Por lo tanto, no pudieron romper la dinámica internacional del imperialismo y la dependencia. Estos movimientos de liberación nacional en la periferia del sistema mundial fueron influenciados por concepciones socialistas (de la 3a internacional comunista o por la Tricontinental) o por el republicanismo/nacionalismo burgués, un hecho que no impidió la colaboración de estas dos líneas en diferentes momentos históricos. En este sentido, es necesario una crítica teórica relacionada con este tema.

En primer lugar, existe una visión actual de que el marxismo, debido a su concepción economicista, habría excluido el debate sobre la “cuestión nacional” y se habría centrado únicamente en la “cuestión de clase”. Esta opinión es errónea, dado que Marx y Engels a menudo se han posicionado en políticas concretas a favor de las naciones económicamente desarrolladas en detrimento de las naciones y pueblos oprimidos (como en los casos de los eslavos, India y México). Segundo, el giro orientalista esbozado después de la Revolución Rusa de 1917, materializado en la política para los países coloniales y semicoloniales de la 3a Internacional, aunque representa un avance en relación con la socialdemocracia clásica, reprodujo visiones etapistas que defendieron la alianza con la burguesía nacional y mantuvieron la perspectiva estatista de la revolución.

Los debates provocados por el “panafricanismo” y las teorías descoloniales son fundamentales para revelar la faz de la colonialidad y el imperialismo en el siglo XXI, pero no necesariamente apuntan a emancipaciones sustantivas si continúan operando en el marco de las revoluciones anticoloniales del siglo XX, en las cuales se originan. Los movimientos “pannacionalistas” (panarabismo, panafricanismo, paneslavismo, panindianismo, etc.), a pesar de sus notables diferencias, tienen como una de sus características principales la constitución de ontologías centralistas basadas en la idea de “Estado-nación”. Por otro lado, el anarquismo, que surge al mismo tiempo del interior e de la crítica del “pan-eslavismo”, ofrece un paradigma científico y popular que, a pesar de estar históricamente subalternizado, ofrece una fuerte crítica del paradigma centralista del Estado-nación.

Frente al proceso de integración sistémica de los movimientos de liberación nacional, creemos que los caminos que reclaman la autonomía de los pueblos “fuera del Estado”, como los zapatistas y los kurdos, con todas sus contradicciones, responden a un problema histórico del siglo XX y construyen nuevos caminos para la autodeterminación y el autogobierno de las pueblos-naciones oprimidos. En este sentido, vemos una conexión entre los dilemas puntuados por los nuevos y periféricos movimientos de liberación nacional de hoy en día con la elaboración de la teoría bakuninista, un elemento que puede ofrecer nuevos paradigmas interpretativos y políticos para los movimientos de liberación de las pueblos-naciones subalternos.

La elaboración político-teórica de Mikhail Bakunin hace una contribución importante al problema de la Cuestión Nacional. Bakunin realizó un análisis de la resistencia popular a los Estados imperiales europeos y su papel colonial en los pueblos marginados del continente, principalmente campesinos y trabajadores sobreexplotados de naciones oprimidas. Esta perspectiva, constantemente olvidada, marca su trayectoria política y la de todo un sector del movimiento obrero y socialista europeo, que pasa de la lucha antiimperialista, vinculada a la lucha por la libertad de los pueblos-naciones oprimidos, a la lucha antiestatista, revolucionaria y socialista. Bakunin, en el período comprendido entre 1848 y 1876, elabora una dura crítica al Estado-Nación ya señalando la autodeterminación de los pueblos y de la clase trabajadora. No por nada, en el apogeo de su desempeño político, dice: “Todavía soy francamente patriota de todas las patrias oprimidas” (BAKUNIN, Carta a mis amigos en Italia, 1871).

La percepción de Bakunin de la Cuestión Nacional le permitió revelar la estratificación de la clase trabajadora entre las naciones centrales y periféricas, siendo pionera en la compreensión de la formación de un doble mercado laboral vinculado a las estructuras del colonialismo europeo, interno y externo. Mucho antes de Lenin, Bakunin ya había notado la formación de una aristocracia obrera en las naciones imperialistas, vinculada a la consolidación de los imperios, principalmente en los países germano-anglosajones, que diferían de la masa de la clase trabajadora sobreexplotada en otros países.

Esta perspectiva lo llevó a defender, a nivel teórico y práctico, el papel protagónico de las masas trabajadoras de las naciones oprimidas (campesinos, siervos, esclavos y el proletariado “andrajoso”) en la revolución social. La lógica que aplicó al análisis de clase en la década de 1860-1870 es profundamente similar a la lógica que aplicó al estudio de la Cuestión Nacional en 1840. Así, la lucha del campesinado eslavo sobreexplotado y oprimido a nivel nacional que aparece en el primer momento, se desarrolla teóricamente en el defensa del protagonismo de los sectores más explotados en la revolución social.

Uno de los documentos centrales que sintetiza el pensamiento de Bakunin en este período es la escritura de 1862 “Para los rusos, polacos y todos mis amigos eslavos”, que nos parece una especie de balance del proyecto organizativo y programático del Populismo Revolucionario. En este documento, Bakunin aborda la creación del grupo Tierra y Libertad, el programa socialista y campesino, la idea de la federación en oposición al centralismo y las críticas a la degeneración del movimiento nacionalista polaco. Resumimos aquí las principales contribuciones de lo que llamamos “Populismo Revolucionario”, sintetizado por su lema principal “Tierra y Libertad”:

a) crítica al centralismo epistemológico y al proyecto de modernidad capitalista basado en modelos/pueblos de Europa occidental presentes en los movimientos liberales y socialdemócratas;

b) incorporación de los saberes y luchas de los pueblos originarios al proyecto revolucionario;

c) defensa de la insurrección y la alianza campesina-obrera;

d) defensa de un socialismo de basis agrario-campesino;

e) defensa de una federación de comunas campesinas;

f) el derecho a la libre determinación de los pueblos;

g) defensa del armamento nacional.

No es casualidad que el anarquismo se haya expandido a los países periféricos y semiperiféricos en el último cuarto del siglo XIX, llevando consigo la línea Populista y Sindicalista Revolucionaria. De esta tradición, vinculada al populismo revolucionario, tenemos algunas experiencias históricas que debemos destacar: Magonismo y Zapatismo en la Revolución Mexicana de 1910, el papel de Makhnovitchina en la Revolución Ucraniana de 1917-19, y el papel de los anarquistas en la Comuna de Manchuria (Corea) en 1929-1932. Todas bajo el lema “Tierra y libertad”, con una fuerte connotación antiimperialista y basado en la construcción de territorios libres defendidos por la insurrección campesina, de carácter federalista y socialista.

Podemos decir, entonces, que el anarquismo fue el resultado de dos movimientos: la radicalización del populismo revolucionario ruso y su fusión con la tendência obrera mutualista dentro de la AIT, dando lugar al ala revolucionaria colectivista o socialista revolucionária. Al cumplir con estas perspectivas, se procesaron las concepciones fundamentales del anarquismo: la alianza obrero-campesina, el sindicalismo revolucionario, la revolución anticapitalista, antiestatista y, por lo tanto, anticolonial, de abajo hacia arriba y desde la periferia hasta el centro.

En nuestra opinión, el populismo revolucionario tiene su relación con el anarquismo de la misma manera que el sindicalismo revolucionario. Ambos sectores existían en el AIT (ver que las secciones del AIT en Rusia y Europa del Este estaban marcadamente influenciadas por el populismo), pero solo alcanzaron su potencia a principios del siglo XX: el populismo revolucionario en Ucrania, Manchuria y México, y el sindicalismo revolucionario en todo el mundo.

De esta manera, el anarquismo funda una línea integradora para las luchas de clases y para las luchas de liberación nacional. Pero no siempre se ha desarrollado unificado de esta manera, y el caso de México en sí es emblemático, en el que un levantamiento campesino de carácter federalista y socialista, que levantó el lema populista “Tierra y Libertad”, bajo el liderazgo de Emiliano Zapata, sufrió de una reacción dura perpetrada por la burguesía en alianza con los “sindicatos revolucionarios” de los trabajadores que consideraban a los campesinos insurgentes “conservadores” debido, entre otros elementos, a la religiosidad popular.

La separación entre populismo revolucionario y sindicalismo revolucionario, provocada por las revisiones hechas al pensamiento bakuninista, produjo procesos de degeneración y aislamiento del proyecto revolucionario anarquista tanto en la ciudad como en el campo. Así, evaluamos que, entre otros elementos, la falta de una rearticulación de la línea sindicalista y populista revolucionária, en la idea de una confederación de trabajadores y pueblos libres en lucha, fue una de las debilidades del anarquismo, en su proceso de expansión global en el siglo XX hacia una intervención con más fuerza en las luchas de los pueblos del tercer mundo y promover una articulación más consistente de la lucha de los pueblos negros e indígenas a su proyecto revolucionario.

Aunque ha habido experiencias al respecto, su sistematización a menudo no se ha llevado a cabo o necesita ser recuperada. El debate actual sobre la autodeterminación de los pueblos dentro de los movimientos indígenas y negros en América Latina puede aportar contribuciones innovadoras a los dilemas de los movimientos de liberación nacional y social, y el anarquismo tiene una contribución a este proceso, así como debe saber aprender e integrarse en su perspectiva, las experiencias de lucha de los pueblos oprimidos de las naciones de todo el mundo.

La derrota de estas experiencias y el revisionismo operado en la teoría anarquista relegó la interpretación bakuninista de la cuestión nacional al olvido y al estancamiento, a menudo transformando el internacionalismo en un principio abstracto y distante de los pueblos colonizados, o permitiendo que sea capturado por la línea marxista o liberal. De esta manera, el anarquismo perdió gradualmente la capacidad de responder a las demandas de la lucha de clases en la periferia del capitalismo y abrió las lagunas para las corrientes estatistas, ya sean nacionalistas o comunistas, que tomaron la dirección de estos movimientos alrededor de la década de 1930.

4.2 Construir la alianza revolucionaria de las clases trabajadoras y pueblos oprimidos

En este contexto nacional e internacional, de una ofensiva conservadora y de extrema derecha, es esencial reanudar la crítica anarquista de las experiencias de los frentes únicos antifascistas y antiimperialistas con las burguesías nacionales. Bakunin, Makhno y Amigos de Durruti legaron un importante debate teórico-político sobre las alianzas en torno a proyectos democráticos nacionales hegemonizados por la burguesía. Es tarea de los bakuninistas hoy contribuir teórica y políticamente a la defensa de la intransigencia de clase, contra las diversas propuestas de conciliación de clase “contra el fascismo” o “en defensa de la democracia” que surgió desde el comienzo de la crisis de la socialdemocracia en el mundo y, más específicamente, del lulismo en Brasil.

La idea de “frentes democráticos” entre partidos republicanos, socialdemócratas y de derecha ha sido reeditada para defender las instituciones de la democracia burguesa. Esta política de conciliación de clases no se ha restringido solo al campo electoral, sino que también ha influido más o menos en el movimiento sindical y popular en todo el país. Lo que debemos reafirmar en el movimiento de masas es que la política de conciliación de clases y la desorganización y retraso de la clase trabajadora son consecuencias directas de la estrategia socialdemócrata (PT, PCdoB, PSOL, etc.), que fortalece el avance de la extrema derecha y la explotación del pueblo. El reformismo es la antesala del conservadurismo. Por esta razón, estos “frentes democráticos” no luchan en su raíz contra el fascismo o la dictadura, sino que son solo estrategias para que los partidos de izquierda y derecha institucional regresen al poder.

Además, frente a toda la ofensiva conservadora, existe una demanda legítima de la organización de colectivos antifascistas. Sin embargo, estos colectivos “antifa” han presentado dos problemas: 1) su captura por polarizaciones electorales, que a menudo sirven como instrumentos de reformismo; 2) una concepción del antifascismo basada en un sesgo eurocéntrico y, a veces, contracultural, que impide su avance. Es necesario un paciente trabajo militante, junto con los colectivos antifa y los movimientos populares, que desenmascara el oportunismo de los “frentes democráticos” de los partidos socialdemócratas. Que quede claro que con el mantenimiento del compromiso con el desarrollo del estatismo y del capitalismo brasileño, la lucha real contra las raíces del militarismo, del colonialismo y del imperialismo es imposible.

Además, es esencial prestar atención a los aspectos del colonialismo y el imperialismo que impactan las estructuras de clase y étnico-raciales en Brasil. La línea anticolonialista, clasista e internacionalista que continuaremos y profundizaremos en el próximo período se traduce en la alianza revolucionaria de las clases trabajadoras y los pueblos oprimidos. Esta línea es local, nacional e internacional.

En cuanto a la escala local, destacamos la importancia de las acciones en nuestros barrios periféricos, favelas y cárceles, así como con las comunidades campesinas, indígenas y quilombolas. Este trabajo no solo debe ser de afuera hacia adentro (de tipo asistencialista), sino que debe ser una verdadera alianza y solidaridad revolucionaria y clasista entre la ciudad y el campo. Reafirmamos la importancia estratégica de defender los territorios indígenas, quilombolas, campesinos y periféricos en la lucha contra el colonialismo interno.

En segundo lugar, mirando el territorio nacional, es esencial expandir las formas de resistencia y autoorganización popular a las ciudades pequeñas y medianas e integrarlas en el movimiento revolucionario regional y nacional. Se necesita un método para construir la Confederación Sindicalista Revolucionaria que cubra no solo a los trabajadores urbanos o asalariados, o incluso a los grandes centros urbanos y capitales, sino que expanda y agregue los movimientos del proletariado marginal, los trabajadores en ciudades pequeñas y medianas y pueblos campesinos, indígenas, quilombolas y “ribeirinhos”.

Además, la importancia geográfica nacional (no solo sectorial o social) de las ciudades pequeñas y medianas es que son el espacio privilegiado para la consolidación de la alianza obrero-campesina. Estos territorios periféricos en el campo y en la ciudad concentran la gran mayoría del proletariado marginal y el campesinado, fracciones de clase estratégicas para la revolución brasileña y, no por casualidad, objetivos prioritarios de la política militarista y colonialista del Estado.

Esta línea de articulación orgánica significa mucho más que el reformismo (marxista o libertario) ha hecho en apoyo de los movimientos populares en paralelo y con un estatus inferior al de las estructuras sindicales formales y oficiales. El hecho es que el sindicalismo de Estado es parte del estado colonial brasileño. Es la estructura hegemónica del control estatal y la fragmentación sobre la clase trabajadora. Por lo tanto, la línea de masas revolucionaria debe moverse necesariamente para articular una presión por la destrucción del sindicalismo de Estado por dentro y por fuera, con movimientos y federaciones autónomas.

La lucha contra las estructuras y la hegemonía del sindicalismo de Estado en Brasil es una tarea irreparable e inevitable para construir la alianza revolucionaria de las clases trabajadoras y los pueblos oprimidos. La experiencia de los gobiernos del PT demostró el nefasto papel desempeñado por la burocracia sindical y la aristocracia obrera al integrarse al Estado y colaborar con las políticas neoextractivistas e industrialistas. Incluso hoy, en medio de una ofensiva conservadora, la política principal de la aristocracia obrera de CUT es la ilusión de un nuevo pacto de conciliación de clases que beneficia a los empresarios y trabajadores de la industria nacional. El nacionalismo, el desarrollismo y el industrialismo son ideologías de esta aristocracia obrera. Estas ideologías son absolutamente incompatibles con las luchas y la resistencia anticoloniales de los pueblos.

Finalmente, esta línea de masas es internacional. Significa, en la práctica, que las organizaciones sindicalistas revolucionarias deben establecer diálogos y redes de solidaridad con las experiencias de lucha de los pueblos originarios y los movimientos populares en los países periféricos, como los kurdos, los zapatistas y los mapuche. Estas redes deben evolucionar, según las condiciones, a estructuras más orgánicas de federaciones o confederaciones regionales e internacionales de autogobiernos, comunas y pueblos libres en lucha, volviendo al siglo XXI la política histórica del bakuninismo.

Esta línea, tanto a escala nacional como internacional, significa una ruptura con toda una tradición de teorías socialdemócratas y comunistas que distorsionan el principio del internacionalismo desde las concepciones centralistas y eurocéntricas, especialmente la URSS que, en el peor de los casos, se movió hacia una “social-imperialismo”. Además, rompe directamente con la polarización interimperialista entre Estados Unidos y China que ha capturado a muchas organizaciones de trabajadores para que actúen como una fuerza de apoyo a los intereses burgueses y estatales, a menudo bajo el disfraz de “internacionalismo”. Por lo tanto, el Internacionalismo Revolucionario, de abajo hacia arriba, sin un pueblo o nación como central o dominante sobre los demás, debe ser rescatado de la tradición colectivista en la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT).

Dentro de esta línea de masas, la incorporación y promoción de las luchas feministas clasistas, campesinas, indígenas, negras, trans, trabajadoras y estudiantes pobres es esencial como parte de un programa revolucionario y una estrategia para combatir el patriarcado, el colonialismo y el capitalismo. La Revolución Integral, una formulación teórica y política bakuninista, es la destrucción de todos los sistemas centralistas de dominación y explotación que hoy pesan sobre las clases trabajadoras.

Por lo tanto, la construcción del autogobierno y el socialismo (bases de la revolución integral) no es una noción abstracta, pero sí significa la desconcentración global y radical de la riqueza y el poder. Implica, por lo tanto, la transformación profunda, y como un proceso integrado, de relaciones asimétricas de género, étnicas, generacionales, culturales y discriminatorias en general, junto con la destrucción de la propiedad privada y del Estado. De lo contrario, es una estafa.

De esta manera, las estructuras sistémicas patriarcales no pueden ser remediadas o “deconstruidas” individualmente o en enfoques separatistas o reformistas. Las mujeres trabajadoras deben organizarse en movimientos revolucionarios fuertes, en los organismos de nuevo poder y autogobierno, en asambleas populares, en cooperativas independientes de producción y distribución, en los sindicatos autónomos, etc. Las luchas femeninas indígenas y comunitarias en América Latina, las huelgas mundiales de las mujeres, las grandes marchas por los derechos reproductivos y contra el feminicidio, los círculos de autodefensa y otros, emergen en el siglo XXI como experiencias importantes para esta nueva política anti-patriarcal, anticolonial y anticapitalista de las clases trabajadoras y pueblos oprimidos.

La socialdemocracia, en su proceso cíclico de inserción en el sistema, abdicó exactamente la disputa ideológica y organizativa de estos territorios y sectores proletarios marginados, moldeando cada vez más su perfil social y territorial a los estándares pequeñoburgueses y metropolitanos. La socialdemocracia hace esto porque su objetivo son los coeficientes electorales (visibilidad de los medios, centros administrativos de poder, metrópolis, “influenciadores digitales” de la pequeña burguesía, alianzas con partidos burgueses, etc.). Es el resultado de su centralismo epistemológico y colonial.

La teoría y la práctica socialdemócrata, por lo tanto, nunca enfrentarán verdaderamente las estructuras de poder del colonialismo interno y el imperialismo hasta el punto de destruirlo. A lo sumo, crea una alternativa no hegemónica, pero nunca antisistémica. Porque toda su teoría y política (incluida la territorial) conduce a la integración sistémica y a la abdicación de la confrontación donde es más necesario romper las estructuras de dominación y explotación del colonialismo interno. Por esta razón, solo ve la política territorial (de la construcción de un poder como disputas por el control de las fracciones del espacio) como una política de Estado, es decir, en el momento en que se hace cargo del Estado burgués y colonialista y organiza este territorio de arriba hacia abajo.

Las jornadas de junio de 2013, las tomas de escolas, las revueltas obreras en las obras del PAC, la huelga de camioneros, la revuelta popular-campesina por el agua en Correntina (BA) y otros, demostraron no solo el potencial revolucionario de ciertas fracciones de clase, pero también la importancia estratégica de la descentralización y el enraizamiento territorial de la insurgencia en el interior del país, ya que el colonialismo interno actúa preferentemente en el territorio nacional mediante la apropiación de tierra, agua y mineral, redes de transporte e infraestructura, recursos distribuidos de manera desigual en todo el espacio geográfico.

Las tareas antiimperialistas y anticoloniales de la revolución brasileña solo pueden cumplirse plenamente con el enraizamiento territorial de la insurgencia que puede, a mediano y largo plazo, conducir a la insurrección general del campo y la ciudad. Para esto, es importante romper con esta política centralista y colonial de la socialdemocracia. Es necesario unir la estrategia, la teoría y la tradición del sindicalismo revolucionario con las prácticas y teorías de resistencia de los pueblos oprimidos de Brasil. En este cruce histórico, el territorio es esencial, y las posibilidades de autogobierno y autonomía se derivan de él.

La construcción del Congreso del Pueblo y las asambleas populares y territoriales serán esenciales en este proceso. El tema de los territorios revolucionarios (o el autogobierno popular) ya aparece en Bakunin cuando considera la formación de Gobiernos Revolucionarios Provinciales, Nacionales y Regionales como una estrategia para la Revolución Proletaria Mundial.

Para los anarquistas revolucionarios, es esencial aprender, sistematizar e incorporar al movimiento revolucionario de masas en Brasil las experiencias de resistencia, autoorganización y mutualidad de los pueblos indígenas, negros, indígenas, ribeirinhos, recolectores de caucho, campesinos, etc. Estas luchas étnicas y nacionales exigen un método de incorporación anti-centralista (organizativa y epistemológicamente) en el proceso general de la revolución brasileña y mundial, que es absolutamente diferente de los enfoques actuales socialdemócratas y comunistas, posmodernos y neoimperialistas.

4.3 Solo el pueblo salva al pueblo: el mutualismo en la política de masas clasista, anticolonial e internacionalista

La creación de prácticas y lazos de solidaridad entre los trabajadores es parte de la historia de lucha por la existencia de las clases trabajadoras y los pueblos del mundo, sin limitarse al sistema capitalista ni a los trabajadores asalariados. En Brasil, las experiencias de solidaridad y apoyo mutuo como expresiones de lucha contra los poderes dominantes han estado presentes desde la resistencia al colonialismo y la esclavitud, son experiencias históricas de nuestro pueblo.

La lucha insurgente de los pueblos indígenas y negros contra el sistema colonial y esclavista en Brasil desarrolló procesos avanzados de resistencia y solidaridad, de los cuales los quilombos son la mayor expresión (pero también huelgas negras, sabotajes, escapes, redes de apoyo, etc.). Además, no podemos dejar de mencionar la tradición del apoyo mutuo del campesinado, como la tierra de uso común y los trabajos colectivos.

El bandidaje y el mesianismo popular en Brasil también fueron expresiones de resistencia y unidad de la clase trabajadora brasileña contra la opresión y la explotación. Las asociaciones de trabajadores para asistencia mutua en los siglos XIX y XX también fueron bastante fuertes y están en el origen del sindicalismo revolucionario. El origen y el crecimiento de las Ligas Campesinas en la década de 1940-50 se produjo, no por nada, a través del apoyo mutuo para la garantía de ataúdes para los campesinos que murieron.

El mutualismo, llamado por Proudhon, es una forma de expresar la capacidad de los propios trabajadores para organizarse y en el futuro reemplazar las instituciones del Estado y el capital por las propias organizaciones de trabajadores. Las prácticas mutualistas fueron fundamentales para la creación de los primeros sindicatos en Brasil y en todo el mundo. Cajas de resistencia, cooperativas, restaurantes comunitarios, escuelas, actividades culturales y recreativas fueron algunas de las actividades responsables de la masificación de los sindicatos revolucionarios, ya que las bases sindicales eran principalmente de trabajadores pobres. Muchas de estas prácticas terminaron siendo absorbidas por el Estado y algunas influyeron en las primeras leyes sociales y laborales.

Con el reflujo mundial del sindicalismo revolucionario después de la década de 1930 (debido a varias razones como la represión, el revisionismo y otros), estas prácticas disminuyeron en el campo del anarquismo y el sindicalismo revolucionario, pero siempre han estado presentes de manera difusa en las prácticas diarias de lucha por existencia de trabajadores pobres y pueblos originarios.

Actualmente, en Brasil, las prácticas típicamente “mutualistas” están controladas hegemónicamente por el Estado, por empresas, por iglesias o por mafias políticas y criminales. Se desarrollan de arriba hacia abajo para mantener las relaciones de dominación y explotación sobre el proletariado marginal. Tienden a aumentar la dependencia de los trabajadores de los centros de poder. Por lo tanto, no son prácticas realmente mutualistas en el sentido atribuido por el anarquismo: de unión horizontal y autónoma entre trabajadores con el objetivo de que se apropien cada vez más de las condiciones de reproducción de su existencia.

Hoy, con el avance del sindicalismo revolucionario, se abre una oportunidad importante. Cuando el bakuninismo nació en Brasil, el anarquismo tenía poca o ninguna organización entre el proletariado marginal, que hoy es una realidad y potencialidad en la nueva estructura de masas que se ha apoderado de los sindicatos revolucionarios y autónomos. Pero aún es necesario adaptar la estructura de los sindicatos al proletariado marginal y no al revés, que es un proceso que requiere pensar en la dinámica de la asamblea, el lenguaje, las agendas y las tácticas que facilitan la entrada masiva del proletariado marginal y el campesinado en estas organizaciones.

Ahí radica la importancia del mutualismo. La línea de masas debe dar la debida importancia al mutualismo como propulsor del sindicalismo revolucionario. Es importante que las organizaciones promuevan algún proyecto mutualista o se integren a proyectos existentes, buscando incorporarlos al sindicalismo revolucionario.

Existen varias demandas sociales, según la región y la categoría, como cocinas sociales, centros culturales, cajas de resistencia, fondos de huelga, prácticas deportivas, bolsas de trabajo, lavanderías comunitarias, cooperativas de producción o consumo, apoyo psicológico y varias otras prácticas que pueden ser realidad con categorías específicas o incluso en comunidades, vecindarios, barrios marginales o incluso en las cárceles.

Por otro lado, para que esta línea no se convierta en desviaciones, es importante regirse por dos puntos:

1) El trabajo de masas hoy consolidado en categorías y fracciones de clase debe consolidarse y profundizarse, ya que es fundamental para expandir las prácticas mutualistas y la organización del proletariado marginal. Las prácticas mutualistas deben servir para consolidar y expandir la unidad de clase entre los sectores con más derechos y los sectores precarios. Un ejemplo es el de la educación, en una masa de trabajadores subcontratados y temporales (principalmente mujeres y negros) está desorganizada mientras los empleados todavía tienen una adhesión razonable a las entidades de representación oficial;

2) El mutualismo no puede confundirse con el assistencialismo o el emprendedorismo. El mutualismo es la autoorganización y la autonomía colectiva de los trabajadores. Es un embrión de la economía socialista. Por lo tanto, la línea de masas no puede dar paso al idealismo pequeño burgués (en su versión benevolente o empresarial), como lo hacen los sectores reformistas del marxismo y el eclecticismo. Los pobres no son “pobrecitos” que necesitan ser “ayudados”, necesitan estar organizados, asumiendo el poder y su posición de combate en la construcción de la gran Confederación Sindical Revolucionaria.

La política mutualista del anarquismo y del sindicalismo revolucionario no es un fetiche. Surge de la necesidad frente al crecimiento de la pobreza, del desempleo, del genocidio y del encarcelamiento, así como del avance de la precarización y privatización de los servicios públicos. Por lo tanto, debe integrarse como parte de la resistencia general por los derechos del pueblo y por la revolución.

En otras palabras, los paradigmas globales del liberalismo y la socialdemocracia y el comunismo (privatización x estatización) deben de ser superados mediante la construcción de una estrategia mutualista y sindicalista revolucionaria que unifique la creación de nuevas instituciones económicas y servicios públicos con la expropiación y el autocontrol de las tierras y medios de producción y circulación por la propia clase trabajadora. Esta línea mutualista, aplicada en el campo y en la ciudad, es un instrumento fundamental de la alianza obrero-campesina.

Finalmente, en momentos históricos como los que estamos viviendo, no solo en Brasil sino en todo el mundo, es importante reforzar el papel iniciador-dirigente de los anarquistas en la lucha de clases y, por lo tanto, el papel de vanguardia que debe asumir la organización anarquista. Como dirían los makhnovistas, escapar de esta tarea es fallar a las masas trabajadoras y la revolución.

Así, la estrategia de la Unión Popular Anarquista (UNIPA) es su constitución como partido revolucionario anarquista y la construcción de su brazo de masas y otros frentes. Reforzamos el llamamiento para que todos los militantes sinceros del pueblo se unan a las filas de combate del bakuninismo, por la causa del pueblo, por el autogobierno y el socialismo.

¡Construir el Partido Revolucionario Bakuninista!

¡Construir la Confederación Sindical Revolucionaria!

¡Trabajar por la revolución!

¡El anarquismo es lucha!




Fonte: Uniaoanarquista.wordpress.com