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DE LA “HISTORIOGRAFÍA ANARQUISTA” Y EL RIGOR MORTIS ACADÉMICO, por Ignacio de Llorens


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Ignacio de Llorens por ocasião de sua visita ao Brasil em 2005.

De un tiempo a esta parte el estudio de la revolución española ha venido despertando el interés de jóvenes historiadores. La mayoría de los nuevos estudios son tesis de licenciatura o de doctorado de profesionales de la historia vinculados más o menos estrechamente a la Universidad, quienes, de hecho, constituyen una nueva generación de historiadores.

Hablar de la revolución española supone, obviamente, referirse a las colectivizaciones industriales y agrícolas realizadas durante el período de la guerra civil en la zona republicana. Estos nuevos estudios se caracterizan por abordar el análisis de las colectivizaciones delimitando espacialmente el objeto a estudiar, es de suponer que con el afán de conseguir una mayor concreción.

Así, en relativamente escaso lapso de tiempo han aparecido textos producto de nuevas investigaciones y análisis, tales como el de Julián Casanova Anarquismo y revolución en la sociedad rural aragonesa 1936-38 (Ed. Siglo XXI, Madrid 1985); y el de Aurora Bosch, Ugetistas y libertarios. Guerra civil y Revolución en el País Valenciano, 1936-1939 (Ed. Alfons el Magnànim, València, 1983). Un texto menor y compuesto de una manera más apresurada es el de Natividad Rodrigo González Las colectividades agrarias en Castilla-La Mancha (Ed. Junta de Castilla-Mancha, 1985). Estas tres obras se circunscriben, como se echa de ver, a zonas muy determinadas geográficamente, siguiendo la línea abierta con anterioridad por la obra de Luis Garrido González Colectividades agrarias en Andalucía: Jaén (1931-1939) (Ed. Siglo XXI, Madrid, 1976).

También se ha aplicado al estudio de las colectivizaciones una nueva metodología basada en la denominada historia oral, que irrumpió en el campo de estudio de la revolución española de la mano de Ronald Fraser. En este sentido se ha publicado el texto de Anna Monjo y Carme Riera Els treballadors i la guerra civil (Ed. Empuries, Barcelona, 1986).

Aparte de estas obras de corte universitario, coincidiendo con el cincuentenario de la revolución española, apareció en 1986 una nueva edición, a lo que parece definitiva, de la obra ya clásica de Albert Pérez Baró, Trenta mesos de colectivisme a Catalunya (Edicions 62, Barcelona, 1986), y una obra capital para la comprensión de lo que fueron las colectividades debida a uno de sus protagonistas, el maestro libertario Félix Carrasquer, quien en Las colectividades de Aragón (Ed. Laia, Barcelona, 1986), nos brinda, junto con su testimonio, una aquilatada aproximación sociológica a lo que fueron y lo que representaron las colectividades, con lo que su texto se constituye en referencia imprescindible para la comprensión del tema.

Con unanimidad digna de mejor causa, los recientes estudios académicos rinden pleitesía al interés central económico en sus estudios de las colectividades, lo cual, dicho sea de paso, no era en absoluto central para los colectivistas protagonistas de los hechos. Una obra reciente ha venido a romper una lanza en torno a la temática de índole cultural, se trata del libro de Alejandro Tiana Ferrer Educación libertaria y revolución social. España 1936-39 (Ed. UNED, Madrid, 1987), el cual, por su excelente factura y su prudente análisis, escapa a la crítica a la que sometemos a continuación a buena parte de las obras de corte universitario citadas anteriormente. El texto de Tiana Ferrer más bien evidencia una loable excepción al procedimiento que hemos calificado como de “rigor mortis” con que se han efectuado los restantes.

I. EL PREJUICIO CIENTIFICISTA COMO METODOLOGÍA HISTÓRICA

Mucho es lo que se ha polemizado en torno al estatuto de cientificidad que para sí reclaman las pretendidas ciencias sociales, pero queda actualizada la polémica tras cada muestra de la prepotencia con la que desde las Facultades, de forma desalentadoramente mayoritaria, se pontifica sin rubor alguno sobre temas de la más diversa índole merced a la coartada científica de los nuevos sermones.

En el caso que nos ocupa, la acción de los historiadores científicos tiene una intencionalidad muy clara: venir a poner orden, el orden científico de la Facultad, en un tema histórico poco estudiado y mitificado.

Si los textos de esta nueva hornada de historiadores no tuviesen la fatuidad y petulancia de auto adjudicarse una objetividad inexistente y autocalificarse de científicos, sus juicios de valores serían considerados como lo que precisamente son, y en ese sentido discutidos o aceptados, pero la entronización injustificada de la que se revisten falsea de entrada un posible debate.

En una apretada síntesis, intentaremos describir en las líneas siguientes la fórmula a la que podríamos reducir el proceso de ocultación ideológica seguido en la elaboración de los textos.

De entrada, la elección del tema parecería indicar que por fin se despierta un cierto interés por estudiar una experiencia social olvidada, silenciada o falseada en la casi totalidad de los libros más importantes sobre el estudio de la guerra y la revolución española. No obstante, lo que sería la loable pretensión de contribuir a paliar semejante vacío bibliográfico queda desvirtuada por el artero procedimiento de desviar la atención hacia un objetivo distinto. Así, en lugar de denunciar el desinterés y falseamiento del tema a manos de los historiadores consagrados, se inventan una nueva corriente histórica: “la historiografía anarquista” (Casanova, dixit) a la cual van asaetando con pullas constantes: desmintiendo datos, criticando análisis, ridiculizando mitificaciones, etc. Pero, claro, eso de la historiografía anarquista es un débil enemigo que no puede defenderse, pues no existe porque llamarle corriente historiográfica a cosa tan escuchimizada como los escasos relatos y testimonios directos registrados por Leval y Souchy principalmente, resulta poco menos que un desafuero. Que sepamos, no existe cátedra alguna donde se enseñen los arcanos de tal corriente historiográfica, ni se conoce historiador alguno iniciado en los presupuestos metodológicos de la misma y se desconocen, por lo demás, sus axiomas teóricos. Esa misma inexistencia es lo que presenta a la eventual historiografía anarquista como un rival contra el que es fácil despacharse cómodamente. Así, se dispone de una triple ventaja: no se producirá respuesta alguna por parte del atacado, se obtendrán méritos científicos al corregir a una presunta corriente historiográfica no científica y propensa al misticismo, enemigo tradicional de la ciencia, y, por último, no se corre el riesgo de que algún representante de la corriente histórica vapuleada se encuentre entre los historiadores científicos universitarios que presidan el tribunal de la tesis doctoral en cuestión. Como se echa de ver, las tres razones resultan sonrojantes, y es lamentable que ello suceda por lo que supone de contribución al falseamiento histórico y porque evidencia la alta de independencia crítica de los investigadores universitarios.

Tras la invención de un rival derrotado de antemano, el proceso de confección del texto ofrece lo mejor de sí: los datos encontrados tras largas y enjundiosas investigaciones, cosa que resulta más que loable por lo necesario que venía siendo. Empero, la organización de esos datos obtenidos y su interpretación, por más que se nos quieran presentar como objetivas al reducirse a lenguaje matemático, son utilizadas para corroborar opiniones casi siempre previas a la obtención de los datos, cosa que contraviene flagrantemente una de las normas capitales de toda investigación. Así, el prejuicio halla acomodo en aquello que de hecho lo niega. Lo que sucede es que se parte de una serie de opiniones forjadas previamente al estudio realizado, y éstas no sólo no son evidenciadas, sino que pretenden ser corroboradas por el estudio mismo, aunque la investigación les esté demostrando precisamente lo contrario. El caso más evidente de este fenómeno de obnubilamiento lo abordaremos más adelante al referirnos al tema de “terror colectivista”.

Llegados aquí, lo que va resultando evidente es que el procedimiento de ejecución de los textos no sólo no queda explicitado de entrada por quienes lo realizan, sino que más bien se tiende a ocultar bajo el presupuesto de ser obvio, obviedad desde la que se resuelve toda contradicción que invalide el ejercicio de investigación mismo. Por eso, por obvio, no es necesario aportar prueba testimonial o documento alguno para probar las contradicciones y equívocos de los anarquistas.

Empero, esta filosa guillotina de la obviedad funciona en un plano nunca explicitado por los autores, el de su propia opinión que, a lo que se infiere, no dista mucho de la dominante sobre el tema. De este modo la Universidad, al adiestrar a sus pupilos en este riguroso método de la obviedad, evitando la reflexión sobre sus propios supuestos y su pretensión de saber, crea la ilusión de su progreso científico, codifica el ámbito cultural y extiende patente de corso a sus miembros para reinar en el plano de conocimiento, haciendo caer en el descrédito e ignorando aquello que no ha sido maleado en sus factorías. Por eso, quizá, va siendo ya momento de grabar en sus productos el marchamo “made in University”.

Donde sí encontramos explicitada la polémica/ideológica; vamos a llamarla así; es en el contraste que los historiadores establecen siempre que pueden entre la realidad histórica y los presupuestos teóricos de quienes la pretenden transformar, ocasión inmejorable de pillar en falso a los revolucionarios. Eso sí, el historiador se limita a constatar contradicciones entre hechos y principios, sin tener en cuenta consideraciones que pudieran llevarlo a un debate abiertamente ideológico. Entonces, la pregunta que se suscita es: ¿de qué sirve señalar esas contradicciones? Sólo tendría utilidad en el plano ideológico al que se renuncia a entrar con todos los pronunciamientos y pertrechos necesarios. Luego, aunque sea sólo invocado indirectamente, el plano ideológico aparece constantemente y se le otorga su importancia. Pero es que, incluso negándose a entrar en debates de este tipo, el historiador se halla inmerso en ellos. Su subjetividad, sus opiniones, afloran constantemente en el lenguaje mismo del que se sirve, y su rechazo a admitirlo y declararlo abiertamente hace más peligrosa y engañosa su labor.

Su subjetividad y su ideología se le cuelan de rondón. Por sus palabras los conoceréis. El hecho resulta más flagrante todavía al centrarse los textos en el estudio de una revolución, donde se están transformando las estructuras sociales y transmutando, por decirlo al modo nietzscheano, los valores. Por eso, qué significa decir que “el orden ha sido alterado” -¿qué orden?-, o que “la propiedad de la tierra fue arrebatada a sus propietarios” -¿la tierra de quién?-. Hay que tener sensibilidad ideológica y cultural para comprender que se está operando una transformación en el lenguaje mismo, y esa transformación alcanza también a quienes quieren relatar los hechos. Todo ello comporta, en el fondo, un problema filosófico, un debate entre racionalidades distintas. Si el historiador no percibe esto, si no se plantea de entrada el problema de la lucha entre formas de racionalidad propio de toda revolución, poco puede comprender lo que pretende estudiar.

Finalmente, el procedimiento seguido, tras someter constantemente los hechos abordados al lenguaje y la racionalidad dominante, precisamente los ajenos y enemigos de los hechos mismos, queda culminado en una postrera pirueta, el último rizo que quedaba por rizar. Después de haberse inventado una corriente historiográfica contra la cual cobrar méritos, tras haber ocultado los planteamientos ideológicos propios que en forma de prejuicios se filtran constantemente en la investigación, luego de plantear el descalabro del pensamiento revolucionario levantando acta de sus contradicciones con la realidad –a título inocentemente informativo, claro-, se elabora un beatífico epílogo que no es más, por descontado, que un reconocimiento al triunfo mismo de lo ideológico subjetivo frente al pretendido objetivismo científico. En el epílogo, el investigador científico se despide del lector apelando a un sobado discurso humanístico y bien pensante, donde se pretende reconocer la gracia de la revolución –no hay que hablar mal de los muertos-, se ocultan los asuntos escabrosos que pudieran implicar a algún poder fáctico y ortodoxo en la desaparición de la revolución, y se lanzan parabienes hacia un mañana límpido en el que la ciencia histórica despejará las dudas de hoy. Ninguna alusión, por supuesto, a que las colectividades fueron ya diezmadas y aniquiladas por las mismas fuerzas gubernamentales de la República. Con ello se sería más fiel a la realidad, pero se dejaría un mal sabor de boca.

II. EL “TERROR ANARQUISTA” O EL TRIUNFO DE LOS PREJUICIOS HISTÓRICOS

La utilización del concepto de terror aplicado a las colectividades y pretendiendo explicar en parte por el mismo la constitución de éstas, nos parece, en el mejor de los casos, desapropiado. En el contexto de la historia contemporánea se entiende por terror, desde la Revolución Francesa, la expendeduría arbitraria de penas de muerte a cargo de instancias estatales no sometidas a unos mínimos criterios de control por parte de la sociedad, siendo con el ejercicio del terror como se crea una situación de indefensión y de pánico en las gentes. Terror será, pues, en el contexto histórico contemporáneo, el de la guillotina jacobina, el de la cheka leninista, el de la gestapo nazi, el de las juntas militares argentinas recientes, etc. Así, mientras el terror es siempre el del Estado, por el contrario, el terrorismo es el creado por grupos o personas desde su marginalidad gubernativa e institucional.

No es este el momento de entrar en consideraciones en torno del tema terror-terrorismo; baste, para nuestro aserto, delimitar las atribuciones corrientes de ambos términos a fin y efecto de comprobar cómo su uso es el todo inadecuado referido a las colectividades libertarias, tal y como hacen reiteradamente Casanova y Bosch. Para el primero, es indudable el “terror” ejercido por las milicias anarquistas catalanas en la creación de las primeras colectividades aragonesas; para Bosch, aplicando el mismo principio del prejuicio obvio, el terror fue también un elemento constitutivo de las colectividades valencianas.

Para introducirnos en el debate hay que tener presente, de entrada, que toda situación insurgente comporta violencia y ésta genera miedo. El miedo como factor social es trascendental a la hora de enjuiciar los comportamientos humanos, desde la creación misma del Estado a la constitución de los movimientos sociales. Para que del miedo coaccionante se pase al terror es necesaria una instancia determinada y concreta, es menester la institucionalización del miedo tal y como se ha apuntado antes. Luego, en el caso que nos ocupa, por supuesto que el miedo coactivo entró en escena en el momento de constituirse las colectividades, de la misma forma que jugó un papel determinante a la hora de definir lealtades a la República o a los militares golpistas, y ciudadanos de uno y otro lado se adhirieron a las fuerzas dominantes en sus zonas en busca del sol que más calentase, y no porque éstas cortasen la cabeza a los que no se les adhirieran, sino que ello fue fruto del miedo coactivo propio de la situación desatada por los militares fascistas. En el río revuelto de las jornadas insurgentes los hubo que arrimaron su caña a sus causas particulares, y utilizaron el fusil para satisfacer represalias personales, venganzas, etc. Todo ello unido al carácter equívoco de unos momentos en los que todavía no se sabía quiénes estaban con unos u otros.

El terror hará su aparición en el contexto de la guerra y revolución española en la zona republicana de la mano del partido comunista y la creación de las chekas bajo el auspicio de la legalidad gubernativa y con el aval de la experiencia represiva soviética.

Así las cosas, es muy posible que hubiera trabajadores que se adhirieran por miedo al modelo colectivizador de sus empresas, como es muy probable que hubiese campesinos que se adscribieran a la colectividad por el miedo. Pero hasta la fecha no se ha demostrado que el movimiento libertario, desde instancia alguna, ejerciera el terror contra los trabajadores. No se han encontrado ni cárceles ni horcas creadas por los anarquistas. Que los oprimidos se sacudan el yugo ancestral de encima puede crear miedo, especialmente en sus opresores, pero aquellos tuvieron la generosidad de no ejercer el terror contra quienes no estaban de acuerdo con ellos. El carácter mismo de la revolución llevada a cabo, la democracia directa autogestionada implantada, es una prueba de la tolerancia libertaria que imperaba en las colectividades.

En el caso concreto de Levante, basta seguir la argumentación de la propia Aurora Bosch para encontrar contradicciones de bulto que invalidan las aseveraciones referidas al terror colectivista. Así, nos dice: “podemos afirmar que muy pocas colectividades valencianas se formaron de forma inmediata tras la sublevación militar y que todo parece indicar que sólo cuando las sindicales fueron definiendo y difundiendo su política agraria el proceso colectivizador adquirió cierta entidad” (p. 244). Por lo tanto, de ello se colige que las colectividades valencianas, por los datos que maneja la historiadora, se constituyen cuando la situación caótica y equívoca de los primeros momentos había dejado paso a la definición y difusión de propuestas, lo cual ya ni siquiera infunde el miedo inmanente que comportan las situaciones insurreccionales. En Valencia, como en todas las colectividades, existieron amplios porcentajes de individualistas, buena parte de las colectividades eran ugetistas, y no se aporta ningún dato que haga pensar en que se fusiló a quien no quería formar parte de la colectividad.

No obstante, el prejuicio del historiador científico no ceja, antes al contrario, sale robustecido con lo que debería eliminarlo. De este modo, más adelante A. Bosch puede escribir ¡objetiva y desapasionadamente!: “la violencia que presidió la formación de bastantes colectividades cenetistas” (p. 375).

Posteriormente, tras no hallar evidencia alguna que justifique la acusación de terror colectivista, el lector se encuentra ante un hecho asombroso: se nos dice y hasta se contabiliza en un gráfico que las colectividades levantinas fueron asaltadas por las tropas gubernamentales, guardias de asalto, guardia civil, etc. Después de lo cual es de suponer que los campesinos presuntamente aterrorizados adheridos a la colectividad pudieron hacer dejación de su colectivismo, pues al fin llegaron los suyos, con la consiguiente represión contra los anarquistas más destacados, algunos ejecutados. No obstante, los colectivistas, que son los aterrorizados y no los terroristas, deciden continuar contra viento y marea, como sucedió también en Aragón tras la represión de Líster. ¿Cómo es posible casar ambos aspectos? Pues aparentemente de modo muy fácil, véase si no: “estos precarios datos nos colocan ante una importante paradoja (…) y es la de que fue precisamente cuando los ataques a las colectividades eran más fuertes, en el invierno, la primavera y el verano de 1937, cuando las colectividades no sólo seguían aumentando al ritmo normal, sino que éste fue sensiblemente superior al de meses anteriores” (p. 244).

Como se ve, primero se acude a estudiar objetiva y desapasionadamente, pero después sigue privando un perjuicio formado previamente a la investigación. Así tenemos que dos más dos son cinco, lo cual es tan obvio que no hace falta remitirse al ámbito de las cosas –aleatorias ellas, qué le vamos a hacer-, para constatarlo; empero, siempre que nos vemos forzados a sumar dos unidades con dos unidades, el resultado les da cuatro, aunque ello no contradice el enunciado apriorístico de la teoría inicial, se trata sólo de una paradoja. Pero no hay que preocuparse en demasía, pues sólo se nos muestra como paradoja debido a “los precarios datos” de que disponemos en la actualidad. Es de suponer que en un futuro no muy lejano, y al ritmo tecnológico que avanza la ciencia, especialmente la histórica y principalmente en Valencia, se podrá explicar la paradójica realidad.

Respecto a las colectividades de Aragón, una leyenda negra se ha cernido sobre ellas, según la cual las colectividades se crearon por la injerencia de las columnas anarquistas que procedentes de Cataluña se establecieron en el frente de Aragón. Es difícil encontrar un libro sobre la Guerra Civil que al abordar el tema no reproduzca esta leyenda negra del terror de los milicianos. Julián Casanova, a pesar de reconocer buena parte de los logros colectivistas en diversas áreas, comulga con esa vieja y siempre actual rueda de molino, aunque sólo hasta cierto punto. De este modo, escribe: “La colectivización se efectuó –y de eso no hay duda- bajo el amparo general y en ocasiones la gestión directa de las columnas de milicianos” (p. 128). Sin embargo, lo que ya no se puede seguir sosteniendo, a tenor de los datos aportados por la investigación de Casanova, es la dictadura de los milicianos sobre los campesinos, aunque Casanova sigue utilizando el término “terror” para explicar la formación manu militari de las colectividades.

Pero la realidad histórica resulta más comprensible. No se trata de dar más vueltas a la noria y andar rebuscando en datos y estadísticas algo que puede comprenderse con el análisis mismo del carácter de la revolución colectivista, su ejemplaridad libertaria puesta de manifiesto en la existencia misma de los denominados “individualistas”, los no colectivistas, a quienes no se obligó por medio de terror ninguno a adherirse a las colectividades. Y ello no es un accidente anecdótico, sino la prueba del carácter tolerante y libre de la revolución colectivista, hasta la fecha la que más y mejor ha profundizado en la experiencia de la organización de la convivencia en libertad.

No distinguir la situación caótica y violenta de los primeros momentos y el carácter no impositivo ni autoritario de las colectividades mantiene el equívoco y la leyenda negra del terror.

El carácter libre de la experiencia colectivista, su tolerancia hacia quienes no estaban de acuerdo y la adhesión voluntaria a la colectividad quedan patentes tras la invasión que las colectividades aragonesas sufrieron por parte de las columnas dirigidas por el comunista Enrique Líster, siguiendo el mandato del ministro de Agricultura, el también comunista Uribe, y con el beneplácito de Indalecio Prieto. Los colectivistas, que eran quienes habían sufrido la agresión, decidieron cruzarse de brazos si no se les reconocía el derecho a vivir en las colectividades, a raíz de los cual Uribe no tuvo más remedio que volver a legalizarlas.

Pero será un viejo colectivista, Félix Carrasquer, quien deshaga el entuerto de la leyenda negra del terror de las milicias anarquistas; así escribe: “Si una centuria, por ejemplo, hubiera ido a un pueblo y obligado a sus habitantes a construir una colectividad, al marcharse, aquella estructura impuesta se habría disuelto por una mengua de interés de quienes habían actuado a la fuerza y porque tampoco hubiera habido en el pueblo quienes estuvieran en condiciones de animar y de administrar la colectividad (…) ¿Cómo habrían podido los milicianos sostener desde el frente una organización cuya dinámica partía de sus asambleas, ya que todo se dirimía en ellas por la libre participación de sus afiliados?”. Para concluir: “Basar en un hecho de fuerza un fenómeno social que reclama de los hombres una concienciación y una capacidad solidaria a toda prueba es buscar tres colas al gato y obstinarse en tejer un velo alrededor de una de las experiencias sociales más constructivas de nuestra historia” (p. 28).

III. LA REVOLUCIÓN ESCAMOTEADA

Después de la lectura de estos textos la pregunta que se suscita es: ¿Pero hubo alguna revolución? Se ha negado durante mucho tiempo que las transformaciones sociales realizadas en la época fuesen, de hecho, una revolución social. Precisamente sus principales negadores han sido quienes pretenden detentar el monopolio revolucionario, que no tuvieron ningún papel en el proceso revolucionario de las colectivizaciones españolas, salvo el de constituirse en sus principales y acérrimos enemigos, asumiendo el desdoro de ser la vanguardia de la contrarrevolución. Ahora, después de las investigaciones universitarias recientes va a resultar más difícil negar la existencia de las colectividades o minimizar ad absurdo el tema, tal y como venía haciéndose. La tendencia a estudiar a escala local el proceso de transformación social registrado por aquel entonces va confirmando la existencia de esas transformaciones. Lo que ocurre es que no se nos muestra plenamente el carácter revolucionario global de la experiencia desarrollada. Más bien parece que nos encontremos ante una suerte de reforma agraria caótica.

Sería deseable que el historiador percibiera más allá de cifras y gráficas y de cuestiones de “orden” y asuntos de “propiedad”, el proceso revolucionario que se llevó a cabo. Pero tal vez eso es pedir demasiado. De nuevo el método subjetivista cientificista, precedido por la entronización del prejuicio ideológico, dificulta y llega a impedir por completo la percepción de una revolución que afectó no sólo a la estructura de la propiedad y al régimen económico, sino también al modo de vida global de quienes la protagonizaron.

De hecho, la primacía de lo económico que priva en los enfoques históricos marxistas y positivistas aparece también con todo su esplendor reduccionista en el enfoque utilizado para estudiar el fenómeno colectivista. Claro está que estos estudios no pretenden agotar el tema y que forzosamente deben asumir unos límites por sus trabajos, pero lo menos que puede pedirse es que se tengan en cuenta que los hechos que abordan se dieron en el contexto de un proceso revolucionario que involucró buena parte, si no a todas las formas de vida y relación de sus protagonistas, en un intento por abolir la convivencia vertical estatal e instaurar una convivencia horizontal, autogestionaria, basada en la democracia asamblearia directa y en la libre participación igualitaria de sus protagonistas. De ahí que las transformaciones registradas sean más profundas que las llevadas a cabo en las restantes revoluciones sociales de nuestro siglo. El empeño y la pericia puesta por los colectivistas en cambiar la vida constituye la originalidad de la revolución libertaria. Pero nada de esto queda explicado en los textos de los jóvenes historiadores. O se omite el estudio en profundidad del sistema de democracia directa colectivista, o bien se le resta toda importancia y se cita de pasada. En el peor de los casos se llega incluso a reproducir mecánicamente el prejuicio ideológico dominante, según el cual, la democracia directa no existió, y como ello es tan lógico y evidente, no es necesario aportar prueba ninguna. De nuevo funciona el principio metodológico de la obviedad. En este sentido A. Bosch se despacha a gusto: “la asamblea se convirtió en el órgano supremo de toma de decisiones, aunque el poder y la dirección la detentaba realmente el Comité, y más aún los líderes sindicales locales que gozaban de gran influencia sobre la población, llegando en algunos casos a ser verdaderos santones anarquistas” (p. 33). Con lo cual la democracia directa queda barrida de un plumazo. El poder es detentado por “la dirección absoluta del Comité” (p. 33). A pesar de tan rotundas y poco prudentes afirmaciones, la profesora Bosch no aporta prueba ni testimonio alguno que justifique sus aseveraciones.

El resultado de todo ello no es otro que el escamoteo de la revolución y la incapacidad de los historiadores para comprender que se enfrentan a un momento especialmente importante en la historia de las transformaciones de los modos de convivencia humana. A lo apuntado sagazmente por Noam Chomsky al criticar a los historiadores liberales y comunistas por el tratamiento dado al enjuiciar la revolución española, poniendo de manifiesto el prejuicio de los intelectuales ante los movimientos populares no sometidos a la dirección de jefes ilustrados, habría que sumar las consecuencias propias del método pretendidamente científico con que los estudios académicos abordan el tema. Mientras los historiadores no añadan a su labor de investigación una capacidad previa de autocrítica respecto de sus propios supuestos saberes y cobren independencia respecto del virreinato academicista imperante, seguirán escamoteando una revolución que ellos mismos se ven incapaces de comprender. El investigador selecciona el tema, pero el tema selecciona a su vez al investigador. Difícilmente se comprenderá el alcance de una revolución libertaria sin poseer un mínimo de sensibilidad suficiente para estar a la altura del tema estudiado. Cualquier campesino colectivista protagonista de su propio proceso de liberación quizá podría enseñarles algo del camino a seguir para desprenderse de algunos tutelajes ideológicos.

Ignacio de Llorens

Texto enviado para o Instituto de Estudos Libertários (Julho de 2021)




Fonte: Ielibertarios.wordpress.com
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