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Entrevista de Ignacio Llorens para o Instituto de Estudos Liertários


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Julho de 2021

¿Quién es Ignacio de Llorens?

Es una pregunta demasiado difícil. ¡El oráculo de Delfos ya lo advirtió! Supongo que lo mejor es ofrecer datos de las cosas más o menos vividas y hechas, de modo que el lector pueda conocer algo del “personaje” a través de lo realizó y de lo que le tocó vivir.

Nací en Barcelona en septiembre de 1957 en un barrio obrero, Poblenou, en el seno de una familia que me aportó cariño y cordura, y a la que hecho mucho a faltar…

 Me licencié en la facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona en 1979. En el plan de estudios de aquellos años se podía cursar asignaturas de otras carreras, y yo elegí asignaturas de filosofía impartidas por excelentes profesores: E. Lledó, R. Valls y J. M.ª Valverde… En 1980 viví en París y acudí en calidad de “oyente” a los cursos que impartían en la Universidad de Vincennes Gilles Deleuze y François Chatelet, y en La Sorbona asistí a las clases sobre Nietzsche de Henri Birrault, y sobre Aristóteles de Pierre Aubenque. Alguna vez fui a escuchar a Foucault al College de France. Por entonces, con J.A. González recopilamos entrevistas y escritos varios de diversos pensadores, militantes y artistas vinculados al afán libertario. Muy influidos por la lectura de Agustín García Calvo, acudimos a plantear preguntas a gentes de muy diversos ámbitos. Algo de lo reunido fue publicado en 1984 por la editorial Laia de Barcelona con el título de Porque nunca se sabe.

De 1981 a 1983 viví en México D.F. Trabajé en Editores Mexicanos Unidos, una editorial fundada y dirigida por Fidel Miró, que había sido durante los años de la guerra civil española el secretario de las Juventudes Libertarias. En México conocí y tuve la suerte de disfrutar de la amistad de viejos compañeros españoles exiliados, tales como: Ricardo Mestre, que luego fundó el centro y biblioteca libertaria Reconstruir de la calle Morelos, que todavía sigue funcionando; a B. Cano Ruiz, que tenía una pequeña imprenta donde se editaba la versión española de la Enciclopedia Anarquista de Sebastian Faure y la revista Tierra y Libertad; a Ismael Viadiu y Rosa Ilarraza entre otros excelentes amigos y compañeros.

En 1983, a mi regreso a España, comencé a colaborar en la revista Polémica que se editó en Barcelona durante cerca de treinta años. También participé en la fundación de la revista Archipiélago y en la redacción de algunos números monográficos libertarios de la revista Anthropos, entre otras variadas publicaciones. En Mallorca, donde resido desde 1983, he trabajado mayormente de profesor de enseñanza media, y en 1994 obtuve el doctorado de Filosofía. En 1987 participé en la creación del Ateneu Llibertari Estel Negre de Palma de Mallorca, que continúa existiendo en la actualidad.

A raíz de un viaje a Rusia en 1991 publiqué años más tarde, en 1999, el libro El último verano soviético en la Fundación Anselmo Lorenzo de Madrid. En 2015 se publicó en la editorial KRK de Oviedo la traducción y el prólogo que realicé de la novela Nerrantsula del escritor rumano en lengua francesa Panait Istrati. En esta misma editorial se ha publicado en 2020 un breve ensayo: Del mitos al demos. Comentarios al cuadro La aparición del Mesías al pueblo de A. Ivanov.

¿Cómo fue su toma de contacto con el anarquismo?    

Las historias sobre la guerra civil estaban muy presentes en los años de mi infancia. El barrio obrero en el que nací y me crie había sido el escenario de muchos acontecimientos revolucionarios que aparecían en los relatos orales de quienes habían sido contemporáneos de aquellos hechos. En 1970, en el colegio al que asistía llegó un profesor que había estado en el mayo francés y nos contó episodios libertarios, nos habló de Majno, de Alexander Jacob, de Quico Sabaté … y todo eso fue creando un poso épico confuso, pero latente. Posteriormente, a los 15 años, en el instituto entré en contacto con grupos de jóvenes trotskistas de la Liga Comunista y participé en los comités de estudiantes que se dedicaban a organizar protestas y huelgas contra la dictadura. Yo había podido leer La revolución desconocida de Volin, un ejemplar que había hecho circular aquel joven profesor que nos despertó en el inicio de la adolescencia, y por lo tanto disentía de los trotskistas con quienes me movía en el instituto. Pronto conocí a grupos de estudiantes anarquistas. Un momento especialmente importante fue la ejecución del joven anarquista Salvador Puig Antich en 1973, un hecho que conmovió a toda la sociedad de la época, pues se comprendió que el Régimen le había aplicado la pena de muerte como venganza política. El viejo dictador moría matando.Cuando en noviembre de 1975 murió Francisco Franco, yo tenía 18 años, estaba en la universidad y ya por entonces había contactado con grupos anarcosindicalistas que se proponían reconstruir la CNT.

¿Como fue su formación militante?

De entre los viejos compañeros que pude conocer en esos años de la llamada transición política tuve la suerte de frecuentar a Félix Carrasquer y aprender muchas cosas de ese antiguo maestro libertario y partícipe de las Colectividades libertarias en el Aragón revolucionario. Con él estudiamos experiencias autogestionarias y organizamos muchas charlas y seminarios. Era ciego desde poco antes de cumplir los treinta años, y a pesar de esta dura condición personal luchó en la clandestinidad contra la dictadura y sufrió cárcel por más de doce años. Félix insistió mucho en la crítica a la violencia y en la búsqueda de cauces cooperativos. 

Seguramente gracias a Félix evité sentirme atraído por un arquetipo de militante sectario, chulesco, pretendidamente radical que abundaba mucho por aquel entonces. Era lo que podríamos llamar el militante energúmeno. Se complacía en hablar mal de todos y de todo y extasiarse con su propia retórica vacía.

En su caso, ¿es posible separar el intelectual del militante?

Para contestar con rigor esta pregunta habríamos de extendernos mucho analizando las dos categorías a comparar. Lo que más creo haber hecho en mi vida es leer, con no demasiado provecho, de modo que sería más adecuado definirme como lector más que como intelectual. Y respecto a lo de militante, pues he pasado momentos de mayor o menor intensidad según el entusiasmo del que pudiera servirme y el auxilio que me pudieran prestar amigos y compañeros que haya podido ir encontrando en cada época. Para cómo están los tiempos me asombro a veces de no haber abandonado el duro, angosto y muchas veces decepcionante camino libertario. Pero siempre ha podido más la fuerza de los argumentos que fundamentaban la búsqueda de formas de colaboración igualitarias y en libertad que la de los que insistían en la decepción y la renuncia.

¿De dónde procede su interés por la literatura y la cultura rusas? ¿Cuáles son sus autores favoritos?

¡Ah, mi “interés” por la cultura rusa! Si hubiera podido responder mejor a la primera pregunta del formulario tendríamos ahora una razón clara, distinta y evidente. Pero no hay manera de conocerse a uno mismo… Puedo ofrecer algunos indicios: unas primeras lecturas de cuentos y relatos breves de autores como Dostoievski y Tolstoi, el estudio de la revolución rusa y del mundo soviético… Cuanto más me adentraba en estos estudios y lecturas más crecía mi interés. también debió influir el sentirme reforzado cuando conocí en México a Ismael Viadiu, que había sido uno de esos niños de la guerra que sus padres enviaron a la URSS para ponerlos a salvo de la guerra en España. Los dos hermanos mayores de Ismael murieron luchando en el frente de Leningrado contra el avance nazi. Él, demasiado joven para alistarse, vivió un calvario en el paraíso soviético. En casa de Ismael empecé a familiarizarme con el alfabeto cirílico, aunque en vano he intentado de manera intermitente llegar a tener un conocimiento siquiera elemental de una lengua tan hermosa como difícil. Y con las historias que contaba Ismael llegaba también el amor por Rusia a la par que el rechazo al comunismo. Sí, con Ismael, en las maravillosas tertulias de aquellas veladas de la ciudad de México, puede decirse que empecé a llegar a Rusia. Luego, desde 1991 hasta hoy he ido más de diez veces a Rusia y he procurado recorrer su geografía

 Mis autores favoritos son los clásicos. A la cabeza pondría a Dostoievski. Nadie ha sabido plantear mejor las grandes preguntas ni hacer encarnar en personajes diversos las diferentes opciones morales, políticas, existenciales que pueden ofrecerse como respuesta a esas preguntas. Todo ello además con inusitada pasión, describiendo magníficas tramas argumentales y, muchas veces, con ironía y comicidad. ¡No todo va a ser tragedia! Disfruto mucho también de la lectura de Turguenev. Si con Dostoievski recorremos las altas e irregulares cumbres, con Turguenev nos desplazamos por suaves prados y bucólicos paisajes. Celebro con fervor la lectura de ese genio que fue Gogol y descanso con placidez navegando por el Volga y el Don gracias a la lectura de Chejov. Isaak Bábel me conmueve, nadie como él sabe escribir cuentos ¡con qué economía de prosa y riqueza de metáforas originales! Y conmovedora es también Marina Tsvetaieva, cuya luz no se apaga nunca. Me gustan las aventuras que cuentan Alexandr Grin, Korolenko, Kuprin… No me fatiga leer a Pushkin, a Goncharov, a Biely, a Bunin ni a Gorki. Estoy siempre medio enfadado con Tolstoi, entre profeta, farsante y genio, y admiro las obras de Shalamov y Soljenitsin sobre el Gulag. Creo que Bulgakov, Platonov y Mandelstam eran geniales. Me rio mucho con Averchenko, Ilf y Petrov y Zoschenko. A Nabokov lo tengo en permanente vigilancia, sospecho que no era tan bueno como algunos creen. Dovlatov, Makanin y Brodsky son magníficos ¡con lo difícil que tenían seguir manteniendo el gran nivel de su tradición literaria y lo bien que supieron hacerlo! He sido injusto con Andreiev y Pilniak, a los que debo volver a leer. Como lector de literatura rusa me siento orgulloso de lo que han escrito Blok, Berberova, Ajmátova y Pasternak. Y aquí lo dejo, que se me enfría el té en el samovar…

¿Piensa que la obra de Kropotkin, de quien conmemoramos el centenario de su muerte, posee alguna vigencia en estos tiempos de capitalismo global?

Creo que el mejor libro de nuestro príncipe son sus memorias.  Con precisión y un estilo amable va narrando una vida llena de interés. Memorias de un revolucionario está entre las mejores obras de este género y celebro que se vayan reeditando. Ahora mismo en español pueden encontrarse en las librerías tres ediciones distintas.

Entre los llamados folletos revolucionarios me inclino por A los jóvenes, donde lanza el desafío a los estudiantes de que no olviden su papel social y no duden en ponerse del lado de los oprimidos y necesitados. Es un excelente alegato en favor del compromiso.

Tiene mucho interés su libro sobre la revolución francesa La gran revolución. Muestra como el terror acabó con el proceso revolucionario en favor de una dictadura siniestra y pone especial énfasis en la manera como la burguesía, al comprar las tierras expropiadas a los nobles, privó de las mismas a los campesinos, que no disponían del capital necesario para adquirir esas tierras que venían trabajando desde hacía siglos.

 Son muy interesantes las cartas que Kropotkin envió a Lenin protestando por la manera como los comunistas venían comportándose en el poder: “Nos han enseñado como no hay que hacer una revolución”.

 Respecto a la considerada su obra principal, El apoyo mutuo, mi opinión no es tan entusiasta. Hay que entender que se trata, como indica el subtítulo, de “un factor de evolución”. Luego lo que le interesa a Kropotkin es salir al paso al darwinismo social de Huxley, básicamente, buscando ejemplos que avalen la tesis del apoyo mutuo entre los animales y en la historia. El carácter sesgado, pues, marca la investigación. No se puede entender la obra fuera del contexto polémico en el que se inscribe. Lo que sucede es que Kropotkin utiliza los ejemplos de los animales de una manera acrítica cuando le refuerzan su tesis y llega incluso a plantearlos como modelos éticos, lo cual es un despropósito, ya que la ética descansa en una decisión, en una acción deliberativa, cosa que los animales no pueden hacer o como mucho la hacen de manera muy limitada. Atribuye a los animales emociones y conceptos del todo desproporcionados …En fin. Son mejores los capítulos dedicados a las sociedades humanas…Creo que tenía razón Malatesta cuando en 1931, en un artículo recordando a nuestro príncipe, le llama “el poeta de la ciencia”.

Tal vez la más actualizable de sus obras sea Campos, fábricas y talleres. Ahí somete el progreso a la idea de un desarrollo equilibrado y pone por delante la actividad creativa gratificante psíquicamente al cálculo de los beneficios pecuniarios. No resulta difícil deducir de sus presupuestos planteamientos ecológicos y de economía autogestionada y decreciente que serían los más adecuados para nuestros tiempos. Tampoco carece de interés su propuesta de sociedad libertaria contenida en La conquista del pan.

Y en lo que hace referencia a sus propuestas éticas hay que considerar positivamente la crítica al altruismo mal entendido que desarrolla en La moral anarquista, aunque la exaltación de las hormigas como referentes o modelos éticos es del todo lamentable. Solo disponemos de la primera parte de lo que debía ser su Ética, aquella que hace referencia a una historia de las teorías éticas, y resulta más o menos de interés según los autores que va abordando. 

 Su peor libro es La ciencia moderna y el anarquismo, donde se apunta explícitamente a un mecanicismo reduccionista, incluso en la época, y se adscribe a eso que Engels, con razón, denominó materialismo vulgar…Un cientificismo reduccionista y simplón. Quiso hacer del anarquismo, que es una propuesta de convivencia, una cosmovisión y dotarle de una base cientificista. Un despropósito.

 Para el impulso de transformación libertaria de la sociedad la aportación basada en la cooperación y la ayuda mutua es básica, lo diga o no la ciencia, lo corroboren las hormigas o las células espejo. La referencia de Kropotkin como modelo de una voluntad dedicada a configurar una vida justa y libre es un valioso tesoro.

Sin duda, la Revolución Española de 1936 es un referente para los anarquistas brasileños. ¿Cuál cree que es su balance en la historia de los movimientos de emancipación?

Las experiencias autogestionarias en el campo y la industria que se llevaron a cabo durante el proceso de guerra y revolución en la España de 1936 a 1939 han quedado como un ejemplo de comunismo libertario. Las principales características: un modelo social dirigido por los participantes en igualdad y en libertad, proyectando la solidaridad, lo hace todavía hoy digno de ser referencia para cualquier transformación social. No menor fue el mérito de evitar desatar el terror contra aquellos que no querían participar en la experiencia colectivista. El modelo “triunfante” de revolución era el bolchevique, el terror y la dictadura, la imposición…Lo que hicieron aquellos colectivistas fue negar el método impositivo y represivo, evitando de este modo caer en el totalitarismo en boga en aquel contexto histórico. “Si para triunfar hay que utilizar la guillotina, preferimos ser derrotados” había dicho Malatesta contra la experiencia soviética. El comunismo y el fascismo se aliaron para aplastar aquella experiencia, sabían muy bien lo que hacían. Como parece que también lo sabían los colectivistas, vivir en libertad, no admitir imposiciones y no desarrollar privilegios ni buscar preeminencia ninguna. Podían ser derrotados, pues los enemigos eran muchos y potentes, pero mientras consiguieran evitar el olvido de lo logrado podían esperar conseguir escribir una página encomiable en la historia de las experiencias de emancipación social, y así fue.

La obra de Cornelius Castoriadis ha ido ganando vigencia e importancia desde su muerte hace veinticinco años. ¿Qué papel le atribuye em el plano teórico del anarquismo?

La visión que tenía Castoriadis del anarquismo era muy parcial. Identificaba anarquismo a una suerte de idealismo socialista basado en la unanimidad de decisiones y voluntades. El mismo Castoriadis comentaba que con frecuencia él no estaba de acuerdo consigo mismo, como para plantearse esa vana pretensión de unanimidad. De modo que se dedicó a fundamentar el propósito de conseguir un régimen de democracia directa antiestatal. La gran referencia era la democracia ateniense clásica, a la que habría que situar en una base social igualitaria. Castoriadis rompió con el marxismo y empezó a crear una serie de conceptos y categorías desde las cuales pensar las posibilidades revolucionarias y, del lado del sujeto, creyó encontrarlas en una interpretación crítica del psicoanálisis. Su proyecto de autonomía permite avanzar hacia un socialismo libertario, y no creo que nadie haya formulado mejor ese proyecto.

La utopía, ¿aún sirve para algo?

El propósito de cambiar la sociedad en un sentido libertario creo que no debe ser abandonado. Ahora bien, la tentación de establecer sociedades perfectas es un peligro. El siglo XX debería servir de escarmiento a quienes creen en la perfección social. Muchas veces esta creencia ha sustituido a la fe del creyente religioso. En este sentido estoy de acuerdo con Hannah Arendt en que la utopía es el opio del pueblo.




Fonte: Ielibertarios.wordpress.com
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