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Instituto de Estudos Libertários entrevista Rubén Trejo Muñoz


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Janeiro de 2021

1. ¿Quién es Rubén Trejo Muñoz?

Soy un anarquista miembro del Colectivo Autónomo Magonista que, a su vez, está afiliado a la Federación Anarquista de México.

2. ¿Cuándo se dio su encuentro con el anarquismo?

Mi encuentro con el anarquismo se dio por dos vías: por un lado, la lectura de los escritos de Ricardo Flores Magón me permitió conocer el pensamiento y la actividad de un revolucionario anarquista mexicano; por otro, mi inquietud intelectual por estudiar la crítica del poder me acercó a los libros de autores clásicos del anarquismo que en la década de los ochenta circulaban en la Ciudad de México. Entonces, siendo estudiante universitario, pude conocer –ciertamente fuera de las aulas de clase y del curriculum académico–, los textos de Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Rocker, Malatesta, entre otros. Para finales de los ochenta, llegué a la conclusión de que el pensamiento y la acción críticas tanto al capitalismo como a toda forma de poder se encontraba en el anarquismo. Desde entonces, me he asumido como anarquista y he participado en diversas iniciativas y actividades libertarias, como en el Encuentro Nacional Anarquista, realizado en Ocotepec, Morelos, en 1991. Actualmente, como lo comenté anteriormente, participo en la Federación Anarquista de México.

3. Nos habla un poco sobre las raíces del magonismo en México.

Los integrantes del Partido Liberal Mexicano (PLM), conocidos históricamente como “magonistas”, crearon la oposición política más importante a la dictadura de Porfirio Díaz, quien ejerció el poder presidencial entre 1876 y 1911. Esta oposición política surge al inicio del siglo XX, mediante la publicación del manifiesto “Invitación al Partido Liberal” en agosto de 1900, formulado por los jóvenes liberales de San Luis Potosí representados, entre otros, por Camilo Arriaga y Antonio Díaz Soto y Gama. La iniciativa tenía los propósitos de celebrar el Primer Congreso del Partido Liberal, contener los avances del clericalismo y constituir clubes liberales. Al mismo tiempo, aparece el periódico Regeneración dirigido por Jesús y Ricardo Flores Magón y Antonio Horcasitas, publicación que hasta 1918 se desempeña como el vocero más relevante de ese movimiento.

Al Primer Congreso del Partido Liberal asisten delegados de ciento veinticinco clubes de diversas regiones del país y llevan a cabo una crítica a la perniciosa influencia clerical, al desempeño de los funcionarios públicos y a las tendencias personalistas del gobierno. Muy pronto, la rebeldía de los jóvenes liberales contra la tiranía de Porfirio Díaz se desborda por los más diversos ámbitos y se extiende a lo largo y ancho del país. La dictadura de Díaz inmediatamente inicia la represión contra los liberales disolviendo sus clubes, encarcelando a sus integrantes, clausurando sus periódicos y confiscando sus imprentas.

Como hemos señalado anteriormente, el movimiento opositor al gobierno de Díaz inicia con el manifiesto “Invitación al Partido Liberal”. Pero, en la historia de México, ¿qué es el Partido Liberal? La corriente liberal emerge como la más importante en la segunda mitad del siglo XIX cuando, mediante la revolución de Ayutla (1854), derrota a la dictadura de Antonio López de Santa Anna. Posteriormente, los liberales a través de una cruenta guerra civil (1858-1861) vencen a la Iglesia y a los conservadores, partidarios de mantener las propiedades y los privilegios de la Iglesia. También triunfan sobre la segunda invasión francesa y el imperio de Maximiliano de Habsburgo (1862-1867), impuesto por el ejército invasor de Napoleón III, apoyados por la Iglesia y los conservadores. En la siguiente década, entre 1867 y 1876, los triunfadores liberales experimentan una serie de disputas y divisiones internas por la lucha del poder presidencial. Como resultado de estas confrontaciones, y luego de levantarse dos ocasiones en armas, llega al poder Porfirio Díaz quien, como anotamos líneas arriba, se mantiene como presidente hasta 1911. Como vemos, los jóvenes del PLM retoman el nombre de Partido Liberal para recuperar la memoria y los principios de la corriente política más influyente del siglo XIX y que obtuvo triunfos importantes en la historia de México.

La nueva generación liberal que nace políticamente con el siglo XX, crítica a Porfirio Díaz por crear una tiranía que destruye los principios y derechos liberales conquistados durante la segunda mitad del siglo XIX. Crítica al gobierno porfirista por no respetar las libertades de pensar, escribir y organizarse, la libertad de prensa, la libertad de los trabajadores a organizarse y movilizarse por la defensa de sus derechos, la libertad individual –destruida mediante el sistema del peonaje que obliga a los trabajadores agrícolas a vivir en las haciendas, así como a través de la venta de indígenas yaquis como esclavos en las haciendas de Yucatán. Asimismo, critican la alta concentración de la tierra entre los terratenientes, las facilidades otorgadas a los inversionistas extranjeros y el despojo de los territorios de los pueblos indígenas. También se oponen a la corrupción de los funcionarios públicos, a la subordinación de la justicia a los intereses de los poderosos, a la represión y los asesinatos políticos, así como a los fraudes electorales que permiten la constante reelección de Díaz en el poder ejecutivo.

El Partido Liberal tiene el claro propósito de enfrentar a la bárbara tiranía de Porfirio Díaz. La lucha, inicialmente, se lleva a cabo mediante la formación de clubes liberales y la difusión de sus ideas en diversos periódicos (Regeneración, Renacimiento, El Demófilo, Vésper, El Hijo del Ahuizote). En 1903, el gobierno de Díaz intensifica la represión y prohíbe, mediante las autoridades judiciales, la publicación de cualquier periódico escrito por Ricardo y Enrique Flores Magón, Juan Sarabia y Santiago de la Hoz. La dictadura cierra toda posibilidad de continuar en el país con una lucha civil y propagandística, obligando a un importante grupo de liberales a exiliarse en Estados Unidos en 1904. En el país vecino, los liberales continúan sus trabajos organizativos, periodísticos y propagandísticos. Mientras, los que permanecen en México, mantienen sus actividades en los clubes y promueven la organización de los trabajadores, los indígenas y los campesinos.

En el exilio experimentan la primera escisión importante, separándose del núcleo liberal inicial el grupo encabezado por Camilo Arriaga. Los que se mantienen en la agrupación radicalizan sus propósitos e ideales al transitar del liberalismo al anarquismo y al socialismo, así como sus tácticas de lucha mediante la creación de decenas de grupos guerrilleros que inician los preparativos de la revolución. Asimismo, en la etapa que va de 1904 a 1910, reorganizan su agrupación partidaria, constituyen la Junta Organizadora del PLM y elaboran el programa del PLM (1906), participan en huelgas obreras, organizan rebeliones armadas y publican diversos periódicos (Regeneración, Revolución, Punto Rojo, La Voz de la Mujer, Reforma, Libertad y Justicia, El Obrero, Libertad y Trabajo, Mujer Moderna).

El descontento obrero irrumpe en la huelga de cuatro mil mineros de Cananea, Sonora, en junio de 1906. A inicios de este año, los mineros constituyen la Unión Liberal Humanidad que –como ellos afirman–, “acepta y secunda las ideas de libertad” del PLM. Igualmente, otro grupo de trabajadores crea el Club Liberal Cananea con el propósito de ampliar el radio de influencia magonista e impulsar una lucha política que fuera más allá de las demandas económicas. Los obreros exigen una jornada laboral a 8 horas (trabajaban más de diez horas al día), un salario diario de cinco pesos –como el que recibían los mineros estadounidenses que laboraban en Cananea (los mexicanos obtenían un pago de 3.5 pesos diarios)–, y el cambio de algunos capataces estadounidenses que odiaban y discriminaban a los obreros mexicanos. La respuesta del gobierno mexicano y del propietario William C. Green fue rechazar las demandas obreras y preparar la represión. El gobierno envió al grupo policiaco denominado los Rurales y a 275 rangers estadounidenses, a quienes permitió su ingreso ilegal al país, a masacrar a los mineros. El saldo de la operación fue un gran número de muertos, heridos y aprehendidos.

Los obreros de la fábrica textil de Río Blanco, Veracruz, se incorporan a las protestas sociales a finales de 1906. Los 2350 trabajadores exigían mejoras en sus condiciones laborales y eliminar los reglamentos represivos impuestos por los empresarios. Los magonistas, que tenían tiempo impulsando la organización y la propaganda entre los trabajadores, promovieron la publicación del periódico Revolución Social y la creación del Gran Círculo de Obreros Libres de Río Blanco, que estableció relaciones con el PLM y se propuso luchar “contra los abusos del capitalismo y la dictadura de Porfirio Díaz”. De acuerdo con el representante de la agrupación obrera, el magonista José Neira, las demandas obreras se lograrían con la huelga y “si con la huelga nada conseguimos, recurriremos a la dinamita y a la revolución”. El gobierno de Díaz intervino a favor de los empresarios y ordenó que la fábrica se abriera el 7 de enero de 1907. Los trabajadores rechazaron la decisión gubernamental y ese día acudieron a la fábrica pero no a reiniciar sus labores sino a incendiarla. Las fuerzas militares atacaron y rechazaron a los huelguistas, quienes impedidos de incendiar la fábrica se dirigieron a la tienda de raya y la incendiaron. Cerca de dos mil trabajadores hicieron frente –con palos, piedras y algunas armas–, a miles de soldados del ejército porfirista. Los militares masacraron a la multitud, los hombres, las mujeres y los niños fueron sacados de sus hogares y fusilados, la misma suerte corrieron varios líderes de la organización obrera.

Las revueltas obreras de Cananea y Río Blanco formaban parte de una estrategia más amplia que consistía en preparar centros de rebelión que permitieran llevar a cabo una insurrección general en todo el país. Con esta finalidad, los magonistas organizaron más de sesenta núcleos guerrilleros en diversos estados de la República, contando con el apoyo y la participación de una base social de indígenas, obreros, rancheros y campesinos. El sistema de espionaje porfirista descubrió estos planes insurreccionales y emprendió su desmantelamiento.

A pesar de estas circunstancias adversas, los revolucionarios magonistas logran levantarse en armas en Jiménez, Coahuila, y Acayucan, Veracruz, en 1906. En esta última región, la insurrección estuvo nutrida por más de mil rebeldes que se agruparon en tres guerrillas para atacar Puerto México, Minatitlán y Acayucan. En el reñido combate de Acayucan, iniciado el 30 de septiembre, participan más de 300 indígenas popolucas que luchaban por la restitución de sus tierras. Posteriormente, los insurrectos toman la plaza de Soteapan y también hay revueltas en Ixhuatlán, en Chinameca y en San Juan Evangelista. Los combates continúan en la Sierra de Soteapan donde cerca de 350 rebeldes, mayoritariamente indígenas, sostienen duros enfrentamientos con el ejército y le causan numerosas bajas. La ofensiva militar obliga a los insurgentes a refugiarse en la selva y en los siguientes meses son perseguidos por el ejército porfirista. La reacción de la dictadura fue feroz y sobrevino una bárbara represión contra los guerrilleros veracruzanos. Las fuerzas federales incendiaron pueblos y rancherías, colgaron y fusilaron a personas –aunque no hubiesen participado en los hechos–, los rebeldes fueron lanzados al mar, violaron a las mujeres, y cerca de 400 insurrectos fueron recluidos en la cárcel de San Juan de Ulúa. La mayoría de los presos políticos falleció en las mazmorras de esta terrible prisión y los pocos que sobrevivieron salieron libres hasta después del triunfo de la revolución en 1911.

Entre 1907 y 1908, los magonistas reorganizan sus núcleos guerrilleros. Los gobiernos de México y Estados Unidos, en una actividad coordinada de espionaje, descubren y atacan a los grupos insurreccionales. Algunos integrantes de las guerrillas son aprehendidos en Casas Grandes, Chihuahua, y otros en El Paso, Texas. A pesar de la represión, la tenacidad revolucionaria de los magonistas los lleva levantarse en armas en Palomas, Chihuahua, y en Las Vacas y Viesca, Coahuila, a mediados de 1908. La batalla desigual establecida entre las guerrillas y el ejército de la dictadura impide a las primeras aguantar la ofensiva militar gubernamental. Como anotaron los magonistas en 1908, los soldados de la tiranía no vencieron en ninguna parte, la represión sólo aplazó el triunfo de la revolución. La esperanza de que irrumpiera una insurrección social general cristalizaría dos años después, en 1910.  

En el exilio, el gobierno estadounidense intensifica la persecución y diversos integrantes del PLM son aprehendidos, encarcelados y deportados entre 1907 y 1910. La Junta Organizadora del PLM se convierte en un objetivo central de la represión y algunos de sus integrantes, entre ellos, Antonio I. Villarreal, Librado Rivera y Ricardo Flores Magón son recluidos en 1907. Después de tres años en prisión, salen libres e inmediatamente se incorporan a las actividades revolucionarias. En agosto de 1910, vuelven a publicar Regeneración, el periódico de combate de los anarquistas, e impulsan la creación de núcleos guerrilleros. Cuando estalla la revolución, en noviembre de 1910, los magonistas tienen más de cuarenta guerrillas combatiendo en Chihuahua, Coahuila, Veracruz, Sonora, Tamaulipas y Baja California. La participación de estas partidas rebeldes contribuyó a la derrota de la longeva dictadura de Porfirio Díaz en mayo de 1911. Como bien anotaron los magonistas en 1908, el triunfo de la revolución sólo se había aplazado.

4. ¿Qué aspectos de la Revolución Mexicana tú consideras más importantes para la tradición anarquista?

El proceso histórico que se conoce como Revolución Mexicana se desarrolla entre 1910 y 1920. La coyuntura que la detona fueron las elecciones de mediados de 1910. El dictador Porfirio Díaz se reelige por octava ocasión mediante un fraude electoral cometido contra el candidato de la oposición Francisco I. Madero, quien, en pleno proceso electoral, es aprehendido. Madero logra escapar a Estados Unidos y convoca a la sociedad a levantarse en armas contra la dictadura en noviembre de 1910, iniciando la primera etapa de la revolución.

  En la década que dura la lucha armada podemos ubicar, en términos generales, dos grandes tendencias identificadas con diversos proyectos de país y con específicos intereses sociales, políticos y económicos. La primera tendencia está integrada por una corriente política democrática-burguesa encabezada, inicialmente, por Francisco I. Madero (1910-1913) y, posteriormente, por Venustiano Carranza (1913-1920). La segunda, está constituida por los indígenas y los campesinos que luchan por la restitución de sus tierras despojadas por los hacendados, los caciques y el gobierno. La toma de la tierra por los campesinos e indígenas transforma a la inicial revolución política, que se proponía derrocar a Porfirio Díaz para sustituirlo por otro presidente, en una profunda revolución social que subvierte el sistema capitalista de ese periodo, basado en la propiedad extensiva de la tierra. En esta corriente insurreccional anticapitalista, se ubican el Ejército Libertador del Sur (1911-1920), encabezado por Emiliano Zapata, la División del Norte (1914-1920), representada por Francisco Villa, las fuerzas guerrilleras de la tribu yaqui (1911-1920), y los magonistas del PLM. Desde mi punto de vista, entre los zapatistas, los yaquis y los magonistas hay vínculos insurreccionales que los llevó a combatir juntos y que son relevantes para el anarquismo.

La toma de la tierra de las haciendas por los campesinos e indígenas en armas es un elemento fundamental de confluencia con los anarquistas, quienes desde 1906 habían enarbolado la bandera de la restitución de las tierras a los pueblos indígenas. Este objetivo histórico compartido se expresa en la consigna de lucha de ¡Tierra y Libertad!, formulada por los magonistas, y asumida tanto por los zapatistas como por los yaquis. La tierra, en esa etapa del capitalismo mexicano, es la fuente principal de la riqueza capitalista. En 1910, el 1% de la población posee 97% del territorio del país y el 96% de los habitantes tiene apenas el 2% del territorio. Entonces, la expropiación de la tierra por los ejércitos campesinos e indígenas significa la subversión radical del capitalismo de la época. La toma de la tierra es un anhelo compartido entre los zapatistas, los yaquis y los anarquistas, que los lleva a colaborar en la lucha armada contra los hacendados y los diversos gobiernos que defienden la propiedad privada de la tierra.

La tierra apropiada por los indígenas y los campesinos se distribuye entre las comunidades, los ejidos y los pueblos, por lo que se restablecen formas comunitarias de trabajo y de distribución de los bienes, cuyos orígenes son incluso anteriores a la Conquista española. Las comunidades libres en armas recuperan sus tierras, las trabajan en común y distribuyen comunitariamente sus productos. De esta manera, los campesinos e indígenas conquistan su libertad económica y, con ello, construyen una vida libre. Al tomar la tierra, los campesinos e indígenas restablecen la vida social comunal o ejidal, en la que los pueblos se autogobiernan y no permiten que ninguna autoridad representante del Estado o del gobierno federal tenga la menor injerencia. Más aún, los pueblos y las comunidades se autogobiernan mediante sus propios representantes nombrados en asambleas y, al hacerlo, destruyen las relaciones sociales de mando y obediencia propias de la forma estatal.

Los campesinos del sur, dirigidos por Emiliano Zapata, los campesinos del norte, encabezados por Francisco Villa, los indígenas de la tribu yaqui, representados por Luis Matus, Ignacio Mori y Luis Espinosa, crearon sus propios ejércitos y grupos guerrilleros. Estos ejércitos muy poco tenían que ver con los ejércitos profesionales, eran, sobre todo, los pueblos en armas que para enfrentar a la dictadura porfirista y a los hacendados crean sus organizaciones de autodefensa y eligen a un campesino o indígena –a uno de los suyos–, al frente de sus fuerzas militares. Igualmente importante es que los ejércitos campesinos actúan autónomamente e, inicialmente, rompen y, posteriormente, enfrentan a las direcciones burguesas de la revolución representadas por Madero y Carranza, según la etapa de la lucha armada. En consecuencia, los zapatistas y los indígenas yaquis toman comunitariamente la tierra, la trabajan en común, se autogobiernan, crean y dirigen sus ejércitos, proponen y elaboran sus planes y proyectos revolucionarios. Es por ello que los magonistas sostienen que los campesinos y los indígenas hacen verdadera obra revolucionaria pues sus acciones destruyen el sistema capitalista y a la autoridad estatal. En este sentido, hay una plena confluencia con la concepción de los anarquistas magonistas. Los libertarios siempre propugnaron porque los campesinos e indígenas se autoorganizaran, se autodirigieran y lucharan por sus propios objetivos, para que no fueran utilizados por las fracciones burguesas en pugna que aspiraban a ejercer el poder del Estado. La revolución mexicana tenía que ser hecha por los campesinos, los indígenas y los trabajadores para beneficio de ellos mismos, que no para beneficio de la burguesía o de los políticos que aspiran al poder. Es por ello, también, que la revolución no podía limitarse a cambiar un presidente de la República por otro presidente (Porfirio Díaz por Francisco I. Madero), sino que tenía que proponerse tomar la tierra, trabajarla comunitariamente y que los pueblos y comunidades se autogobernaran.

Los elementos de la Revolución Mexicana que más relevantes son para el anarquismo están vinculados con la toma de la tierra por los campesinos e indígenas, el trabajo comunitario de la misma, la creación de comunidades libres que se autogobiernan, la construcción de fuerzas insurreccionales autónomas de los pueblos y las comunidades, el propósito de que la revolución sea beneficiosa para los campesinos, los indígenas y los trabajadores que hacen la insurrección. Estas actividades y obras revolucionarias destruían la hidra de tres cabezas constituida por el capital, la autoridad y el clero, como la denominaban los magonistas. Asimismo, conquistaban la libertad económica, social y política, así como posibilitaban crear una nueva vida libre para los pueblos y las comunidades. 

La subversión de la propiedad privada de la tierra, las fábricas, los medios de comunicación, se llevaba a cabo mediante la toma de la tierra, los ingenios azucareros, los ferrocarriles, los telégrafos, las minas, las fábricas de papel, entre otras compañías, que se encontraban en los territorios controlados por los ejércitos campesinos. Los anarquistas propugnaron porque estas fuentes de la riqueza fueran apropiadas y trabajadas comunitariamente por los pueblos. De esta forma, se destruían las relaciones sociales capitalistas basadas en la propiedad privada y se iniciaba la construcción de relaciones sociales de producción y distribución libres, autónomas y comunitarias. 

La constitución de comunidades autónomas indígenas y campesinas que instituyen sus formas de autoorganización y autogobierno, así como la apropiación y distribución comunitaria de las fuentes de la riqueza, son elementos que los pueblos desplegaron durante la revolución y que –según mi opinión–, son importantes para el ideal y la acción anarquistas.

5. Nos puede hablar un poco sobre su libro que recupera la participación anarquista en la ocupación de Baja California.

En el libro Magonismo: utopía y revolución, 1910-1913, abordé la participación de los anarquistas durante el periodo que inicia con el levantamiento armado, noviembre de 1910, y que concluye con el golpe de Estado de Victoriano Huerta a Francisco I. Madero en febrero de 1913. En la primera fase de la revolución que culminó con el derrocamiento del dictador Porfirio Díaz, la ocupación libertaria de Baja California formó parte del conjunto de luchas armadas que contribuyeron al triunfo de la insurrección

Es conveniente señalar que las guerrillas magonistas participaron en varios estados del país, entre ellos, Chihuahua, Sonora, Coahuila, Veracruz, Tamaulipas, Oaxaca y Baja California. La lucha armada en este último estado formó parte de una estrategia general que se propuso generar una insurrección social en todo el país que derrotara a la dictadura y, simultáneamente, destruyera el sistema capitalista dominante en México.

Las operaciones revolucionarias inician con la toma de Mexicali, Baja California, por parte de la guerrilla dirigida por José María Leyva y Simón Berthold, el 29 de enero de 1911. La bandera roja de Tierra y Libertad, como festejó Ricardo Flores Magón, ondeaba en el territorio de la península de Baja California. Entre finales de enero y junio, más de 400 guerrilleros anarquistas, agrupados en diversos núcleos armados, operaron en Algodones, Río Colorado, El Álamo, Tecate, Mexicali, Valle de Guadalupe, San Quintín y Tijuana. Los insurgentes estaban integrados por magonistas, internacionalistas de la Industrial Workers of the World (IWW) y algunas decenas de indios cucapás. Entre las acciones relevantes están la derrota propinada al ejército federal en el enfrentamiento del 15 de febrero; el asalto a la aduana de Algodones por los rebeldes encabezados por William Stanley, el 22 de febrero; los ataques a Tecate llevados a cabo por las guerrillas dirigidas por Luis Rodríguez y por Leyva y Berthold, a mediados de marzo; la toma de El Álamo por 200 revolucionarios el 27 de marzo; la ocupación de Tecate por 126 rebeldes, encabezados por Jack Mosby, a finales de abril; las tomas de Tijuana y San Quintín en las primeras semanas de mayo. 

Los magonistas deciden tomar Baja California porque las condiciones geográficas de la península dificultaban la ofensiva del ejército federal, el control de una región fronteriza era fundamental para abastecerse de armas y de combatientes exiliados o solidarios que desde Estados Unidos decidieran incorporarse a la revolución. También, les permitiría crear una base de operaciones y reclutamiento para extender la lucha armada hacia otras regiones del norte y oeste del país, así como para el posible traslado de la Junta Organizadora del PLM a la península.

La activa y victoriosa campaña militar anarquista entre enero y mayo contribuyó al derrocamiento del viejo dictador Porfirio Díaz. Éste, en su último informe, expresó que la actividad de los magonistas –quienes, según él, conspiraban contra el gobierno y contra “todo orden social”–, en Sonora, Durango y Chihuahua había contribuido a extender la revuelta en estos estados del país. Asimismo, afirmó que en Baja California las “bandas comunistas” tenían el proyecto de formar una “república socialista”. Los magonistas, en efecto, propugnaban por la destrucción del orden social capitalista y la creación de una nueva vida social libre en todo el país –no solo en Baja California–, fundada en la propiedad comunista de la tierra, los instrumentos de trabajo y los de comunicación. 

El carácter anticapitalista y anarco-comunista de la insurrección en Baja California, se convirtió en una preocupación central del defenestrado gobierno de Díaz, del grupo político encabezado por Francisco I. Madero, y del gobierno de Estados Unidos. El ejército federal, que se mantuvo tras la caída de Díaz, las fuerzas armadas maderistas, que emergieron como triunfadoras tras la derrota del dictador, y el gobierno estadounidense se unieron para combatir y derrotar a los anarquistas en Baja California –y en todo el país–, pues los vieron como un peligro para el orden social de la propiedad privada y, específicamente, para las propiedades y los negocios que los inversionistas estadounidenses tenían en esta región.

Inicialmente, el gobierno estadounidense impidió a los rebeldes comprar armas y provisiones en su territorio, así como dispuso que los insurgentes que cruzaran la frontera serían aprehendidos. También, autorizó que el ejército mexicano transitara por territorio estadounidense para lograr una mayor eficacia en el combate a las guerrillas magonistas e inició la recopilación de información para, en su momento, aprehender y procesar a la Junta Organizadora del PLM por violación a las leyes de neutralidad. Asimismo, desplegó a miles de efectivos en la frontera y ofreció al gobierno porfirista trasladarlos a territorio mexicano para combatir a los rebeldes y cuidar las propiedades de las compañías estadounidenses. Los propósitos del gobierno de William H. Taft eran proteger los sustanciales intereses económicos de su país, combatir a uno de los logros más relevantes de la revolución hasta ese momento, y, lo más importante, destruir a las guerrillas anarquistas que se fortalecían en el contexto de la generalizada revolución mexicana.

La situación del país cambió sustancialmente a finales de mayo de 1911, cuando los representantes de Porfirio Díaz y Francisco I. Madero firmaron los Tratados de Ciudad Juárez. En estos convenios se acordó la renuncia de Díaz a la presidencia, el nombramiento de un presidente interino, la convocatoria a nuevas elecciones y el licenciamiento de las fuerzas revolucionarias. Los magonistas no aceptaron estos tratados y llamaron a los revolucionarios a no entregar las armas y a continuar la revolución hasta lograr la restitución de las tierras a los campesinos y los indígenas.

En este contexto, el gobierno interino de Francisco León de la Barra, las fuerzas armadas de Francisco I. Madero, y el gobierno estadounidense deciden lanzar una ofensiva judicial, política y militar contra los magonistas. En el primer escenario, el 14 de junio, el gobierno estadounidense aprehende, entre otros, a Ricardo y Enrique Flores Magón, Anselmo L. Figueroa y Librado Rivera, quienes eran integrantes de la Junta Organizadora del PLM. Después de varios meses de juicio, son condenados, en junio de 1912, a 23 meses de prisión en la penitenciaria federal de la isla de McNeil. La ofensiva política, por su parte,  consistió en enviar representantes de Madero para que negociaran con diversos grupos magonistas y aceptaran dejar las armas e integrarse al nuevo régimen político. Esta táctica no dio los frutos esperados pues la mayoría de los guerrilleros rechazó la cooptación y la rendición vergonzosa de sus fuerzas insurgentes. No obstante, algunos aceptaron deponer las armas, como Francisco R. Quijada que entregó la plaza de Mexicali a las fuerzas del nuevo gobierno.

La ofensiva militar combinó a las fuerzas armadas maderistas y al ejército federal, apoyadas por el gobierno estadounidense. Es conveniente anotar que esta acometida también se desarrolló en diversas regiones del país en las que actuaban las guerrillas magonistas (Chihuahua, Sonora, Tamaulipas, Coahuila y Durango). El ataque en Baja California se consideró estratégico pues se valoró que en este estado los magonistas habían logrado su triunfo más importante, que era un bastión para extender la lucha armada libertaria, así como era fundamental proteger las inversiones extranjeras. Colaborando con la ofensiva, Estados Unidos concedió al gobierno mexicano permiso para trasladar por ferrocarril a 1600 soldados por su territorio en junio de 1911. A finales de este mes, aproximadamente ochocientos soldados atacaron a más de 200 anarquistas en Tijuana. La superioridad numérica y el mejor armamento del ejército federal ocasionaron que los libertarios –después de mantener un reñido combate de varias horas y escasos de parque–, abandonaran Tijuana. Algunos se dispersaron en los campos agrícolas y otros cruzaron la frontera, siendo aprehendidos y desarmados por las fuerzas estadounidenses.

La combinación de las fuerzas militares de los maderistas y de los gobiernos mexicano y estadounidense, logró derrotar a las guerrillas anarquistas que controlaron por varios meses la península de Baja California. Los libertarios contribuyeron a derrocar a la dictadura porfirista y, paradójicamente, fueron atacados y derrotados por el nuevo régimen político que se instauró. La lucha continuaría en los próximos meses en los que nuevas fuerzas rebeldes, como los zapatistas, se levantarían en armas contra los nuevos amos del poder, los maderistas.

6. ¿Qué se puede destacar en la relación entre magonistas y zapatistas en la coyuntura de 1910?

La relación entre los magonistas y los zapatistas fue profunda, como suele serlo entre revolucionarios que comparten propósitos, anhelos y rebeliones por un mundo justo, igualitario y libre para los trabajadores, los campesinos y los indígenas. Los vasos comunicantes fueron diversos y siguieron distintos caminos, entre ellos están los siguientes: la incorporación de magonistas a la lucha armada zapatista; el envío de delegados anarquistas a entrevistarse con Emiliano Zapata; las influencias programáticas; la construcción de imaginarios rebeldes cristalizados en símbolos y consignas; la difusión de la lucha zapatista en la prensa ácrata magonista.

Los magonistas toman la decisión político-militar de unirse a la lucha zapatista en agosto de 1911. Enrique Novoa, antiguo combatiente de la insurrección de 1906 en Acayucan, Veracruz, fue comisionado por la Junta Organizadora del PLM para transmitir las instrucciones de que los magonistas se unieran a Zapata. Al mismo tiempo, Magdaleno Contreras visitaba a Zapata en su campamento guerrillero en Morelos para ofrecerle la colaboración de los magonistas con el movimiento campesino. Magdaleno le propuso fraternalmente a Zapata que no aceptara deponer las armas, como le pedía Francisco I. Madero, y que rompiera con éste pues no cumpliría sus compromisos con el pueblo. Desde esta temprana época, los magonistas tomaron la decisión histórica de colaborar e integrarse a las filas del Ejército Libertador del Sur, el ejército zapatista.

Entre los magonistas que combatieron junto a los zapatistas están, entre otros, los siguientes: el general Hilario Salas, dirigente guerrillero de la insurrección en Acayucan, Veracruz, en 1906, quien fue nombrado por Zapata responsable del movimiento revolucionario en esa región veracruzana, y que falleció asesinado en 1914; el general Jesús H. Salgado, uno de los insurrectos más importantes en el estado de Guerrero, y que los magonistas siempre identificaron como compañero de ideal; el general Ángel Barrios, organizador de la revuelta de 1906 y destacado insurgente que participó en múltiples batallas con los zapatistas hasta 1920. Antonio Díaz Soto y Gama, participante y fundador del PLM desde 1900 –a quien la represión obligó a separase por un tiempo de la militancia liberal–, se integró al zapatismo en 1913 y se convirtió en uno de los voceros más relevantes del movimiento campesino. Asimismo, múltiples rebeldes magonistas se integraron a las diversas guerrillas zapatistas y, también, establecieron relaciones con las redes clandestinas zapatistas en la Ciudad de México, ayudando en diversas acciones militares y de sabotaje.

La colaboración entre magonistas y zapatistas fue estratégica e histórica para los anarquistas porque les permitió acompañar, apoyar y participar en uno de los ejércitos campesinos más importantes de la Revolución Mexicana. Relevante no sólo por su fuerza militar de decenas de miles de combatientes y su capacidad ofensiva, sino por su proyecto –que compartieron con los anarquistas–, de restituir las tierras a los campesinos y de que el pueblo gozara de las más amplias libertades.

Los vínculos programáticos los podemos ubicar en diversos documentos como manifiestos, cartas y entrevistas. Me referiré únicamente al Plan de Ayala que es el documento programático más importante del zapatismo. En este texto, los zapatistas afirman que Francisco I. Madero es un traidor a los principios de la revolución, llaman a los pueblos a tomar posesión de las aguas, montes y tierras usurpadas por los hacendados, a expropiar los monopolios de los terratenientes, así como a nacionalizar los bienes de los hacendados y caciques que se opongan a la revolución. Una de las influencias que tuvo el Plan de Ayala, según el estudioso del zapatismo John Womack, fue el Manifiesto del 23 de septiembre de 1911 del PLM. De acuerdo con este autor, los zapatistas retoman los conceptos de expropiación y nacionalización, que eran acciones que los magonistas habían formulado desde 1906 y que propusieron con mayor vigor en 1911. En efecto, como bien anota Womack, existió una influencia magonista sobre los zapatistas. Esto se debió, en parte, a la presencia de magonistas haciendo propaganda entre los zapatistas y a la influencia semántica y política que ejerció el periódico ácrata Regeneración, que Zapata recibía regularmente desde la Ciudad de México. Asimismo, los zapatistas influyeron sobre los magonistas al desarrollar una experiencia viva de un movimiento anticapitalista que expropiaba, con las armas en la mano, a los hacendados, trabajaba la tierra en común, y construía comunidades libres. En los zapatistas vieron cristalizada su concepción de que la revolución no podía limitarse a cambiar de gobernantes y debería llevar a cabo la expropiación de la ladrona burguesía. Por ello los magonistas, en diversas ocasiones, señalaron que el comunismo anarquista en la revolución avanzaba de manera más rápida y profunda de lo que ellos mismos habían esperado. Efectivamente, la influencia fue mutua y la simpatía que los magonistas sentían hacia los zapatistas nacía de la constatación de que los campesinos surianos no se rendirían ni claudicarían hasta lograr la completa expropiación de los hacendados.

Los zapatistas y los magonistas tenían varias vías de comunicación entre ellos. Las redes que tenían en la Ciudad de México les permitían enviar y recibir mensajes, documentos y delegados. Algunos representantes zapatistas enviados a Estados Unidos se entrevistaron con magonistas exiliados en este país y, también, delegados magonistas viajaron al campamento revolucionario en Morelos a dialogar con Zapata. Están registrados los siguientes cuatro encuentros entre representantes magonistas y Emiliano Zapata: Magdaleno Contreras en agosto de 1911, José Guerra en febrero de 1913, Jesús M. Rangel en marzo de 1913, y Antonio de Pío Araujo en febrero de 1915. Los motivos de estos encuentros fueron diversos aunque, en términos generales, se puede afirmar que tuvieron el propósito de discutir y acordar acciones y posiciones políticas en coyunturas nacionales importantes, como las relacionadas con la ruptura con Francisco I. Madero, el combate al golpe de Estado de Victoriano Huerta y la lucha contra Venustiano Carranza. Los encuentros siempre fueron fraternos y, según los reportes de que se dispone, generaron confluencias políticas sobre las perspectivas, las actividades y la rebelión conjunta contra las diversas corrientes burguesas que trataron de hegemonizar la revolución.

En el periódico Regeneración los magonistas informaron, difundieron, analizaron y defendieron las actividades zapatistas entre 1911 y 1918. La simpatía que les despertó su obra revolucionaria y la importancia estratégica que le atribuyeron, los llevó a crear la sección “Zapata y compañeros” que apareció regularmente entre septiembre de 1911 y octubre de 1912. En un contexto en que la prensa burguesa atacaba, discriminaba y desprestigiaba a los zapatistas presentándolos como bandidos y asesinos, adquiere especial relevancia la iniciativa de informar, difundir y reivindicar la lucha zapatista. De esta forma, el semanario anarquista se convirtió en el vocero nacional e internacional más importante del zapatismo. Desde mi punto de vista, este hecho no pasó desapercibido para los zapatistas y, en parte, a ello obedece la invitación que formularon a los magonistas de trasladarse a Morelos para publicar Regeneración.

Finalmente, aunque no menos importante, está la coincidencia en los símbolos y las consignas que nutren los imaginarios de la rebeldía, y que expresan la enorme simpatía y confluencia entre ambos movimientos. Me refiero específicamente a la consigna magonista de ¡Tierra y Libertad!, acuñada desde 1907, y que los zapatistas hicieron suya y la levantaron como su bandera de lucha. De acuerdo con las palabras del propio Zapata, los ideales de la revolución “han sido, son, y seguirán siendo de Tierra y Libertad, que son las esperanzas y los anhelos del pueblo de México”.

7. Después de las muertes de Zapata y Magón cómo se dio el desenvolvimiento del movimiento indígena en México.

El 10 de abril de 1919, Emiliano Zapata fue asesinado en una celada en la hacienda de Chinameca, Morelos. Tiempo después, el 21 de noviembre de 1922, Ricardo Flores Magón fue asesinado en la penitenciaria federal de Fort Leavenworth, Kansas, Estados Unidos.

En la primera etapa posrevolucionaria, entre 1920 y 1934, a la rapiña de los hacendados se incorporaron la emergente burguesía y la nueva clase política en el poder, quienes también ambicionaban los territorios indígenas. En este contexto, los indígenas yaquis fueron nuevamente atacados para despojarlos de sus fértiles tierras entre 1926 y 1927, ahora por el codicioso general Álvaro Obregón, máximo representante de los constitucionalistas, quienes fueron los triunfadores de la revolución. Es conveniente anotar que los yaquis desarrollaron, entre 1874 y 1920, la rebelión indígena más importante y prolongada de la historia del país, más de cuatro décadas de luchas armadas contra la ladrona burguesía y sus gobiernos.

En septiembre de 1926, cinco mil yaquis se levantaron en armas contra el despojo de sus tierras que los caudillos revolucionarios, encabezados por Obregón, querían consumar. El gobierno de Plutarco Elías Calles, con los propósitos de combatir y exterminar a los yaquis, desplegó 15 mil soldados, 48 aviones bombarderos, cientos de ametralladoras, utilizó balas expansivas y gases asfixiantes, y bombardeó a la población civil. El resultado fue la masacre de cientos de indígenas, los que lograron huir a Estados Unidos fueron aprehendidos y entregados a las autoridades mexicanas. La guerra criminal contra los yaquis terminó en octubre de 1927. El nuevo régimen posrevolucionario –como el antiguo porfirista– se alimentaba de la rapiña de los territorios y la destrucción de la vida comunitaria de los pueblos indios.

La rapacería de los caudillos revolucionarios fue denunciada por el anarquista Librado Rivera, quien perteneció al Partido Liberal Mexicano desde su fundación y fue compañero de prisión de Ricardo Flores Magón en la penitenciaría de Fort Leavenworth. Rivera fue deportado de Estados Unidos a México en 1923, tras el asesinato de Flores Magón, y, una vez en México, publicó diversos periódicos y promovió la organización libertaria. Como resultado del apoyo a la rebelión de los yaquis y de la denuncia de la infame y criminal masacre que llevó a cabo el gobierno, Rivera fue aprehendido y recluido durante siete meses en la penitenciaría de Andonegui, Tampico, Tamaulipas.

Los ejércitos campesinos e indígenas fueron derrotados durante la Revolución Mexicana y aunque los vencedores, los constitucionalistas o carrancistas, incorporaron en la Constitución de 1917 la demanda de fraccionar las haciendas y dotar de tierra a los campesinos, las exigencias agrarias no se resolvieron inmediatamente y los hacendados continuaron con sus extensas propiedades hasta 1934. En los siguientes seis años, correspondientes al gobierno de Lázaro Cárdenas, se llevó a cabo una profunda reforma agraria que otorgó desde el Estado tierras a los campesinos y puso fin a las haciendas en el campo mexicano.

La lucha indígena siguió los caminos de la resistencia contra el nuevo Estado, la industrialización capitalista, la destrucción de sus culturas y sus formas de autogobierno. El Estado desplegó una política para integrar a las comunidades indígenas –y por esta vía destruirlas–, al progreso y la modernización capitalistas del país. Integrarlas significaba que las comunidades dejaran de hablar sus lenguas, que las tierras recuperadas generaran materias primas para la industrialización, se educaran en escuelas públicas para adquirir elementos de la cultura dominante y abandonaran sus costumbres, perdieran el gobierno de sí mismas y dependieran del corporativismo estatal. Los atrasados indígenas serían integrados a la moderna civilización occidental. Los indios serían desindianizados y convertidos en mestizos, la nueva “raza de bronce” o “raza cósmica”, como la denominaron algunos ideólogos del estado posrevolucionario. Las comunidades resistieron –mediante diferentes formas–, durante décadas a estas políticas de aniquilación y muerte de sus culturas y formas de organización. A finales del siglo XX, los indígenas mayas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional volvieron a levantarse en armas para recuperar sus tierras, sus aguas, sus culturas, su autonomía y su libertad.

8. ¿Y el anarquismo actual? ¿Qué tiene que decir sobre eso?

El anarquismo actual en México está constituido por colectivos, grupos, redes, individuos, coordinadoras y federaciones que actúan en diversas geografías del país. En estados como Jalisco, Oaxaca, Estado de México, Querétaro, Durango, Chiapas, Morelos, Sinaloa y la Ciudad de México, encontramos agrupaciones e individuos que difunden las ideas y la organización libertarias.

Con el propósito de desarrollar sus actividades, los colectivos crean espacios autónomos como bibliotecas, centros sociales, fanzinotecas, ferias de libros y publicaciones, y talleres de autoformación libertaria. Estos espacios construyen redes de apoyo mutuo y difunden la cultura libertaria. Igualmente, desarrollan proyectos editoriales y publican revistas, periódicos, fanzines, libros, así como utilizan las diversas plataformas de comunicación que proporcionan las tecnologías de la información (páginas electrónicas, Facebook, entre otras).

Ahora bien, los grupos tienden a coordinarse de diversas formas. En nuestros días, por ejemplo, tenemos los encuentros anarquistas en algunas regiones, la Federación Anarquista de México, la Coordinadora Anarquista de México, las ferias de libros y publicaciones, los talleres de autoformación anarquista, entre otros. Estos esfuerzos de coordinación son valiosos pues buscan superar el sectarismo, la fragmentación y el aislamiento de los colectivos e individuos.

En los últimos años, las agrupaciones y los individuos anarquistas han acompañado y participado, con sus modestas fuerzas, en diversas protestas del pueblo mexicano. En tal sentido, han participado en la lucha por la libertad de los presos políticos, en la resistencia de los colonos que defienden sus barrios, en la recuperación de tierras llevada a cabo por indígenas y campesinos, en las barricadas de la insurrección popular en Oaxaca, en la creación de radios comunitarias, en las protestas de las mujeres contra el patriarcado y las violencias que se ejercen contra sus cuerpos, sus deseos y su vida, en las luchas callejeras contra el despotismo y la represión gubernamentales. Los grupos e individuos ácratas –cada quien con sus formas, tiempos y geografías–, han apoyado y participado en las diversas protestas que los pueblos, los barrios y las comunidades han desarrollado para conquistar una vida justa y libre.

El país registró un cambio político importante en 2018. Desde hace dos años, gobierna un nuevo partido burgués (Morena, Movimiento de Regeneración Nacional) que se presenta como “progresista” y de “izquierda”, que despliega una política social de apoyos y becas a favor de sectores pobres de la población, así como se propone fortalecer el Estado y crear condiciones favorables para los negocios empresariales. El nuevo gobierno “progresista” renueva las formas de dominación, explotación y despojo que llevan a cabo las oligarquías políticas y empresariales, y, para ello, se disfraza de un gobierno al servicio de todas las clases sociales y, en particular, de los pobres.

En la nueva coyuntura, los grupos anarquistas han refrendado que continúa su lucha contra el capitalismo –sea de libre mercado o de economía mixta–, contra el Estado –sea neoliberal o de bienestar–, y contra el patriarcado y las violencias que se ejercen contra las mujeres. Desde mi punto de vista, en el nuevo escenario nacional, los libertarios debemos seguir empeñados en la difusión y propagandización más amplia del ideal ácrata; en apoyar y acompañar las resistencias de los pueblos indígenas en la defensa y recuperación de sus tierras, aguas, minerales, bosques, recursos genéticos y culturas; en acompañar y participar en las luchas de las mujeres contra el patriarcado; en apoyar la digna rebeldía de la comunidad LGBTTTI (lésbico, gay, bisexual, transexual, transgénero, travesti e intersexual) que lucha por el ejercicio libre de sus deseos, sus cuerpos y sus afectos; en participar en la lucha por la defensa de los recursos naturales, contra la depredación, contaminación y destrucción de la naturaleza que lleva a cabo el bárbaro sistema capitalista.

El anarquismo en México, según mi opinión, debe de apoyar, acompañar y participar en las luchas que libran los pueblo y las comunidades en contra de la dominación, el despojo y la explotación que el Estado y el capitalismo llevan a cabo, y que el actual gobierno disfraza de progresistas y benéficas para la población.

9. ¿Tú te consideras también un magonista?

Sí, soy un magonista miembro del Colectivo Autónomo Magonista. Cuando decidimos nombrarnos magonistas no es para enaltecer algún personalismo –el de Ricardo Flores Magón– ni por desconocer que Flores Magón prefería ser identificado como miembro del Partido Liberal Mexicano. Llamarse magonista en este espacio de la geografía mundial llamada México es identificarse con el anarquismo y recuperar la memoria histórica del movimiento ácrata más importante del país durante el siglo XX. No obstante, qué significa reivindicar el magonismo actualmente. Desde mi punto de vista –y retomando la metáfora magonista de la hidra–, luchar contra la hidra constituida por el capital, la autoridad, el patriarcado y la Iglesia. En efecto, el anarquismo debe de subvertir la explotación capitalista y la dominación de toda autoridad y poder, destruir el patriarcado, así como la dominación de las Iglesias y las religiones. El propósito de esta subversión es construir una nueva vida social basada en la más amplia libertad y autonomía del individuo y las comunidades.

10. Sus consideraciones finales.

Agradezco al compañero Alexandre Samis y al Instituto de Estudos Libertários su fraterna invitación a llevar a cabo la presente entrevista. También, deseo que las compañeras y los compañeros anarquistas de Brasil tengan salud y bienestar ante la pandemia generada por el virus SARS-CoV-2. Compañeras y compañeros, espero que todas y todos logremos cuidar el bien preciado de la vida para continuar nuestras rebeldías por un mundo nuevo.

 ¡Salud y Anarquía!




Fonte: Ielibertarios.wordpress.com
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