Julho 23, 2021
Do Passa Palavra
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Por Primo Jonas

Cierta vez un amigo, estudiante de historia, me consultó respecto a Getulio Vargas, el caudillo que modernizó el Estado brasileño. Quería confirmar conmigo que Vargas y Perón habían tenido roles muy parecidos en la historia de nuestros países. Pero antes de escribir prefirió preguntarme, pues tenía miedo a realizar una lectura “peroncéntrica” de la historia de la región. Estuvo bien consultar a un extranjero. Sin embargo, esta pequeña anécdota expresa el sentido común particularista argentino. La idea de que el peronismo, así como otros aspectos culturales argentinos, sólo se comprenden desde un sentimiento nacional, tales como la devoción por el jugador de fútbol Diego Maradona, hace que el resto entero del universo se explique en los términos de este particularismo. En otras palabras, entender y explicar las realidades internacionales bajo los lentes de los conflictos internos de Argentina.

Aunque Perón se distanciaba de los rumbos del frente fascista que terminó derrotado en la segunda guerra mundial, nunca dejó de reivindicar la llamada Tercera Posición. Este defasaje entre el auge del fascismo en Europa y la llegada de Perón al poder en Argentina presentó como necesidad una postura discursiva que renegara de los ejemplos extranjeros, y sus errores, y se acercara a las ideas nacionalistas de izquierda: “ni calco ni copia, creación heroica” [1].

Es en contra de este vicio que el libro de Pablo Stefanoni, ¿La rebeldía se volvió de derecha? (2021, Ed. Siglo XXI) ayudar a combatir. Es un texto de difusión, de escritura liviana y que presenta un diverso cuadro ideológico por medio de sus figuras más extremas: la tecnoutopía autoritaria, el paleolibertarismo, el nacionalismo homosexual y el ecofascismo, enlazados por las plataformas de las redes sociales y sus dinámicas.

Si bien es cierto que cualquier usuario de internet en Argentina puede acceder a todos los contenidos y foros más recónditos, de nichos ideológicos nihilistas y extremistas, lo que despierta más preocupación en este país es la llegada de la juventud “libertaria”, liderada por los economistas Jose Luis Espert y Javier Milei. De hecho, el capítulo dedicado a la alianza entre anarcocapitalistas y conservadores es el único donde Stefanoni nos brinda un ejemplo argentino de estas ideologías. En los demás lo que se analiza son personajes y movimientos pertenecientes a los países europeos y de norteamérica. ¿Pero por qué el autor eligió hacer este puente solamente en este capítulo? Es la pregunta que yo le haría, y voy a aprovechar esta reseña para empezar a bosquejar este importante mapa.

Los llamados “neoreaccionarios” expresan una creciente confianza en los procesos e instituciones del entorno digital, en la medida en que las antiguas instituciones financieras y de regulación nacional lucen caducas y representan las trabas al nuevo mundo. Estas trabas están directamente relacionadas con la democracia, que estimula la creación y permanencia de grupos de poder ilegítimos y que viven de forma parasitaria. Cada territorio deberá ser gobernado por un CEO y los individuos deberán elegir sus países, provincias, ciudades, de la manera en que un consumidor elige sus servicios. Una suerte de mezcla entre un utopismo tecnológico con la gestión empresarial totalizada, un autoritarismo ya sin las viejas vestimentas militares, sino que ahora viste un traje espacial. Pero en un país con tanta escasez de dólares, como este, los ensueños tecnoutópicos carecen de público. Parte de la población joven en Argentina se pasó a interesar en criptomonedas no necesariamente por una apuesta política, sino porque es un país con un mercado de divisas extremamente controlado y una inflación importante. Y así las alas de la ideología se tocan con los pies de los problemas cotidianos.

El fenómeno de los libertarios en Argentina realmente merece su atención. Se trata de una tradición muy minoritaria y que sin embargo está logrando expresarse con bastante espacio en la derecha, en sintonía con el espíritu emprendedor de todas las personas que perdieron sus trabajos en los últimos años. Pero así como Bolsonaro y su ministro de economía Paulo Guedes, los libertarios argentinos mezclan bajada de línea económica tecnocrática, desde una posición catedrática, con un conservadurismo oportunista. Al ubicarse en el campo de los “pañuelos azules”, los libertarios argentinos repiten los pasos de los paleolibertarios estadounidenses y buscan acoplarse con las pautas de masas, ayudando a crear un sentido común anti-progresista. La senda no es la del liberalismo político, sino la que apoya a Pinochet.

Con el capítulo sobre el nacionalismo homosexual el autor apenas abrió la ventana para poder pensar esta cuestión al nivel local. Las sociedades europeas que ya integraron a los y las homosexuales en sus cuadros gestoriales más altos, incluidos los principales partidos de extrema-derecha, refuerzan los lazos nacionales en la población y redireccionan las críticas al “heterocispatriarcado” hacia los pueblos árabes y africanos. Ahora bien, lo característico de nuestra época es que el resultado de esto, en lugar de estimular una mayor conexión y expansión de las luchas sociales, en este caso, digamos, la lucha internacional de la población LGTBI+, lo que ocurre es una mayor identificación nacional, y una lucha contra la invasión cultural árabe en Europa. El miedo funciona como un motor muy potente en la política, también lo vemos en el caso de la transfobia: las feministas radicales apelan al miedo a que un hombre “que dice ser mujer” entre en un baño femenino y viole a una mujer cis. ¿A quién no le da miedo ser violada? Es cierto que hay muchos ejemplos de regímenes teocráticos islamistas, y que el islamismo político es una de las fuerzas actuales que domina y explota poblaciones humanas en los peores términos. Pero lo que este acercamiento de la extrema-derecha con los y las homosexuales nos muestra es que aquello que acá en Argentina llamamos “identidades disidentes” no tienen nada de emancipatorias en sí mismas, y su orgullo y radicalidad también pueden ser utilizados para el avance de políticas reaccionarias. ¿Qué juventud se forja cuando la lucha es por el derecho a casarse?

Esto último nos lleva a las páginas finales del libro y dos cosas que me parece que faltaron. En primer lugar, Stefanoni hace una breve historia de los vínculos entre la ecología y el nazismo y muestra que antes de los años 70 estas ideas eran más bien propias del rincón derecho del espectro político. Desafortunadamente, el autor hace una lectura con los vicios del politicismo y cree que “la izquierda” tiene que estar atenta para no perder la hegemonía sobre las cuestiones ambientales, como si se tratara de una lucha entre sectores políticos para dominar temas que pueden pasarse de manos como si fueran globos de aire. Así, los globos pueden sumarse y se van agregando en títulos como “marxismo feminista”, “marxismo feminista decolonialista”, +“ecosocialista”, +“antiracista”, etc.

En lugar de aclarar, aporta a la confusión. Confusión que intenta ser capitalizada por aquellos grupos que profetizan el colapso inminente con una bajada de línea importante, como la militancia vegana. Asociar la leche con la práctica de tortura, en un país con una historia reciente como la de Argentina, debería prender las alarmas del sentido común. Recientemente, la famosa ex-presentadora de televisión Xuxa, vegana, que ama a los animales, tuvo que pedir disculpas por haber dicho en una entrevista en vivo que los presos servirían de algo útil si probaran medicinas experimentales y cosas afines, antes de morirse en la cárcel. Los animales no se merecen vivir para ser bichos de laboratorio, pero hay gente que sí. La utopía nazi en plena democracia. Pues bien, eso no es parte de la excentricidad de uno o dos terroristas blancos del “norte global”, es parte de un sentido común que crece en países como Brasil y Argentina.

Para terminar, la falta que más me sorprendió, la del ideólogo putinista Alexandr Dugin. Quizás por preferir mencionar a una persona más joven, Stefanoni nos presenta el personaje de Diego Fusaro, un italiano colaborador de la revista Casa Pound. Fusaro reivindica muchos autores reverenciados por la izquierda, como Marx y Gramsci, además de gobiernos latinoamericanos como el de Maduro y Evo Morales. El enemigo para él es el cosmopolitismo y la cultura imperialista de los organismos globalistas, que oprimen a las soberanías nacionales. El mayor ideólogo de este campo político llamado “rojipardo” (por la cercanía entre el rojo del socialismo y el marrón del uniforme de las SA nazis) es sin duda Alexandr Dugin. Que incluso es bastante conocido acá en Argentina, al punto de que ya se sentó en la sede Azopardo de la CGT para hablar sobre peronismo, también en la Universidad de Lomas de Zamora. Retomemos un poco la historia de mi amigo, y hagamos un ejercicio parecido. En Brasil, hay una agrupación política “duginista”, lo reivindican de manera abierta, y se llama “Nueva Resistencia”. Como se reivindican anti-liberales y patrióticos, se metieron en el Partido Democrático Laborista (PDT en Brasil), que fue el partido creado por Leonel Brizola, el principal heredero político de Vargas. El rojipardismo argentino seguramente está mucho más cercano de lo que a muchos en la izquierda les gustaría creer.

La historia nacional argentina está llena de simbolismos y disputas. Un caso reciente de falsificación histórica aberrante es la “Evita abortera”. También tenemos el concepto singular de “derecha económica”, empleada por líderes sindicales, como si austeridad y sumisión a los organismos financieros internacionales, y por otro lado la “rebeldía” contra estos, fuese algo privativo de derechas o izquierdas. Para quienes quieran salir de estos esquemas y osan a veces mirar espejos, la lectura del libro de Pablo Stefanoni es un buen camino.

Notas

[1] Famosa frase de José Mariátegui, marxista peruano que fue profundamente influenciado por Georges Sorel: la revolución como mito y voluntarismo.

Los cuadros que ilustran este artículo retratan a Odiseo, hablando con Atenea (cuadro de Giuseppe Bottani) y huyendo de Polifemo con los marineros que sobraron (cuadro de Arnold Böcklin).




Fonte: Passapalavra.info