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UN DIALOGO IMPOSIBLE: comentario a las cartas de Kropotkin a Lenin


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Da esquerda para a direita: Ignacio de Llorens, Michel e Manuela.

Ignacio de Llorens é filósofo, historiador e anarquista espanhol

En las raíces del pensamiento de Kropotkin encontramos una concepción social, colectiva, de la vida. Bien sea a través del desarrollo darwinista, de aproximaciones antropológicas o por meras consideraciones sobre la condición humana, Kropotkin concebirá siempre las manifestaciones de la vida como fruto de un quehacer colectivo. Los diferentes ejemplares de las diversas especies son fruto de la auto creación de sus propios procesos evolutivos, en los que desempeña un papel predominante al apoyo mutuo. De modo que lo que sucede en el escenario fisiológico no es escindible de lo que ocurre en el campo del comportamiento, antes al contrario, acaba proyectándose de modo tal que confiere una sensibilidad común positiva que tiende por naturaleza a compartir sentimientos. En La Moral anarquista afirmará concluyente: “El sentimiento de solidaridad es la característica principal de todos los animales que viven en sociedad”, y es la resultante de una simpatía constitutiva de todas las especies gregarias.

La positividad de este planteamiento se traduce en una suerte de sentido elemental de la decencia, de forma que sólo existiría el mal como ignorancia –postulado socrático- o como demencia suicida, por donde bien podría calificarse con el adjetivo de inhumana toda acción malvada.

Fue Aristóteles, padre, entre otros saberes, de la biología, quien razonaba de modo análogo. La conocida afirmación de Kropotkin en El Estado: “El hombre no ha creado la sociedad. La sociedad es anterior al hombre” es eminentemente aristotélica. En la Ética, Kropotkin se refiere escuetamente a ello al comentar críticamente la teoría de Hobbes del homo homini lupus.

Donde Darwin y Kropotkin hablaban de instinto social y sentimiento moral, Aristóteles ponía la ciudad, la polis, que era expresión natural, siendo el hombre, por lo tanto, animal político, es decir, social, comunitario. Y el ser humano que se ha dado a sí mismo el lenguaje, se otorga con ello la capacidad de pensar y con ella obtiene “el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, y las demás apreciaciones” (La Política, Libro I, cap. II).

Poder justipreciar las acciones, las conductas, es decir, estar dotado de logos, garantiza que se va a pensar bien, aunque no que las acciones sean buenas. Estamos condenados a pensar bien porque pensar mal es imposible. Lo absurdo es el límite de la razón. Luego Sócrates estaba en lo correcto, y pensar el bien es identificarse con él. De ahí que una acción mala sea de entrada algo mal pensado, un error, algo, por lo tanto, corregible utilizando bien el logos. Empeñarse en el error sólo puede hacerse ilógicamente, esto es, sin poderlo pensar, sin poderlo decir. Un malvado que comprende que hace el mal, que no dispone siquiera de una coartada que le justifique, es como un círculo cuadrado, un absurdo.

Pero hay malos. La figura del malo vendría a representar en este razonamiento lo que era el necio que afirmaba que Dios no existía y contra el cual pensaba Santo Tomás, alguien empeñado en negar la obviedad lógica, es decir: Lenin.

Cuando Kropotkin, desde su casa de Dmitrov, escribió las dos conocidas cartas a Lenin, estaba ya en las postrimerías de su vida. Mientras asistía dolorido al extravío de la revolución rusa a causa del delirio autoritario, se apresuraba por intentar acabar sus estudios de ética, sabiendo que sería su último legado. Aunque se había impuesto, al parecer, un cierto retraimiento de una posible crítica beligerante contra el nuevo régimen, básicamente para no dar armas al enemigo zarista común ni a la reacción internacional, no pudo evitar bajar a la arena política en diversas ocasiones. Demasiadas cosas mal hechas, demasiadas injusticias como para permanecer retraído.

De modo que varias veces intentó entablar diálogo con Lenin. Tenemos la reseña de su entrevista con el dictador bolchevique acaecida en mayo de 1919, pero quien nos da noticia de ella, V. Bronch-Bruevich, a la sazón secretario de Lenin, nos ofrece un relato un tanto insulso, y da la impresión de que todo se cuenta a la mayor gloria del dictador, que tuvo el detalle de interrumpir sus múltiples e importantes actividades para condescender a hablar con el viejo e iluso anarquista.

Pero disponemos, también, de dos cartas (marzo y diciembre de 1920) por las que sabemos de los pacientes intentos de Kropotkin por, conteniendo bien que mal la rabia, hacer entrar en razón a Lenin. Éste ni las contestó ni dio acuse de recibo. Hemos conocido por la biografía que el general Volkogonov dedicó al dictador comunista (1993) que se conserva la segunda de las cartas en cuyo margen figura una escueta anotación: “para el archivo”.

En ambas cartas hay un motivo desencadenante, la precaria situación de los empleados de correos y telégrafos de Dmitrov, y la toma y posterior ejecución de rehenes por parte de los cuerpos represivos del Estado. Tras exponer los casos de miseria y de represión respectivamente, pasa Kropotkin a hacer reflexiones sobre el curso de los acontecimientos e intenta ofrecer a su eventual interlocutor consideraciones morales sobre lo que está sucediendo, a la vez que aprovecha para realizar diversas críticas, especialmente a la idea de la dictadura de partido, que le sirven para delimitar su posición frente al estado comunista.

Kropotkin intenta hacer comprender a Lenin la necesidad de crear instituciones locales, de evitar la degeneración de los soviets y las cooperativas. Es en el ámbito de lo abarcable por los ciudadanos donde éstos pueden ejercer como tales y crear un mundo nuevo basado en la democracia directa, donde ejercitar la ciudadanía aristotélica. Pero Lenin permaneció sordo. Situándose por encima del pueblo para gobernarlo, estableció una relación meta política que condujo al delirio autoritario… pensó según categorías frías y estáticas con las que el marxismo había reducido al pueblo. Desde las alturas del estado se divisa un panorama de la historia, no del momento, y se atiende sólo a la preocupación de echar más combustible al motor de la lucha de clases. El combustible podían ser campesinos ucranianos, carteros de Dmitrov o rehenes. Su combustión garantizaba la marcha de la historia. La razón hegeliano-marxista no repara en vidas concretas, va más allá, su horizonte es el fin de la historia.

Esta razón de estado resulta insensible a consideraciones morales. Un motor no necesita moral, su criterio de funcionamiento y su valor es la eficacia. Por aquel entonces Trotsky escribió uno de los libros más abyectos que se conocen: Su moral y la nuestra, catecismo maquiavélico en el que dejaba bien claro que las consideraciones morales, los lamentos humanitaritos, no eran más que anacronismos pequeñoburgueses.

Cuando Kropotkin se quejaba a Lenin de las prácticas represivas, de la utilización de la tortura, la conciencia de éste no respondía, insensible bajo las capas de ideologización que impedían que la sensibilidad se abriera camino.

Si la persuasión falla porque el receptor no atiende a razones, cabe formular la pregunta rusa por antonomasia: ¿Qué hacer? Conviene recordar que a Sócrates lo denunciaron y pidieron su ejecución tres ciudadanos de oficios respetables: un orador, un político y un poeta, tres demagogos de la política y de las emociones. Una confabulación que resultó perfecta. El diálogo no le funcionó en esta ocasión a Sócrates y las consecuencias, como es sabido, fueron fatales.

Persuasión, diálogo, contra ideología y demagogia… En la “Carta a los trabajadores de la Europa Occidental” (junio de 1920) Kropotkin escribió: “nos han enseñado cómo no hay que hacer una revolución”, porque, efectivamente, la revolución o es popular o no es, y para ser popular el pueblo debe ser, a través de instituciones de autogestión a la medida de la gente, el agente y no el paciente. La burocratización que en esa misma carta denunciaba Kropotkin, unida a la represión jacobina y a la desconsideración de la capacidad de acción del pueblo serán características de los regímenes que a partir de la década de los años treinta empezarán a ser denominados totalitarismos.

Será otro anarquista ruso, amigo y discípulo del autor de El apoyo mutuo, uno de los primeros en considerar que el totalitarismo tenía dos rostros, el nazi –fascista y el comunista. En efecto, Vsevolod Mijailovich Eichenbaum “Volin” escribió en 1934 el folleto El fascismo rojo donde como preludio a su excelente obra La revolución desconocida (1946) equiparará el comunismo triunfante con los fascismos italiano y alemán.

¿Cómo dialogar con quien no razona? Cuando logos ya no es razón sino palabras congeladas, invulnerables, cuando se niega el ágora ¿dónde situar el debate, la disidencia? Lenin no entró en la política para que las cosas fueran peores, pero cometió un error fatal desencadenante de otros muchos, utilizó la ideología para expresarse y ésta pensó por él. La expresión ideológica organiza su propio discurso y justificación apelando a un criterio de verdad y referencia autorrevelado por la ideología misma. Así se comprende que al finalizar el siglo XIX se alegrara de la hambruna generalizada que mataba a las “pobres gentes” dostoievskianas, porque esa tragedia, leída en clave ideológica, significaba combustible para el motor de la historia. Resulta demasiado condescendiente Vassily Grossman al escribir: “esos hombres no deseaban mal a nadie, pero habían hecho el mal toda su vida”. El mal empieza cuando no se es sensible al dolor ajeno, cuando se positiviza el dolor.

La colonización de la conciencia a cargo de la ideología nos sitúa en un plano distinto del de la inmediatez vital, respecto a la cual nos va volviendo indiferentes, y rompe el vínculo sentimental que nos religa a todos; en términos de Kropotkin, ataca al apoyo mutuo. Por eso la buena gente se encuentra en cualquier formación ideológica a condición de que la contradiga: el soldado de Kornilov que se niega a obedecer la orden de disparar contra el pueblo en agosto de 1917, el guardián del Gulag que evita la aplicación del reglamento…

En la medida en que en anarquismo no acabe de ser ideología podrá servir para defender las buenas causas y cosas.

Una vez en el poder, cómo iba Lenin a ser sensible al hambre de los carteros de Dmitrov, a la angustia de los rehenes por los que se preocupaba Kropotkin. La ideología convertida ya en Razón de Estado, triunfante, no escucha lamentos.

Lenin hizo el mal porque se equivocó, vendió su alma a la ideología. Sócrates fue ejecutado, perdió la votación en un tribunal que votó por la demagogia. Pero poco tiempo después el pueblo ateniense, indignado, vertió lágrimas por el filósofo y acosó a quienes le condenaron. Según se cuenta, los tres conspiradores se suicidaron. ¿No pudieron vivir en el error, en la injusticia? También ha caído el comunismo en Rusia, de Lenin sólo podemos aprender tomándolo como exponente de “cómo no hay que hacer una revolución”. Hay que procurar leer las cartas de Kropotkin desde nuestro presente, pues todavía resulta perentorio pensar en el hambre de los carteros y en la angustia de los reprimidos.

Palma de Mallorca, diciembre de 2002

Ignacio de Llorens




Fonte: Ielibertarios.wordpress.com
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