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Vigencia y vindicaciÓn del pensamiento libertario


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Michel Suarez é historiador, escritor e filósofo anarquista

El habitual y deprimente espectáculo de ciudadanos libres de toda sospecha desvalijando las arcas públicas y amasando fortunas colosales a salvo de la vigilancia del fisco ha dado fuerza al superficial argumento que ve en la rapacidad de los representantes políticos la razón última de ese latrocinio perpetrado a plena luz del día que se ha convenido en llamar “crisis”. A vueltas con la corrupción, la idea de que esta sangría lleva la marca de determinado partido se ha instalado en una parte de la “opinión pública”; otra parte se ha refugiado en el cínico reconocimiento de que “robar, roban todos, pero estos, al menos, son de los nuestros”. Para unos, se trata de evitar a toda costa que los delincuentes se vayan de rositas; para otros, bastaría con una operación de saneamiento interno en los partidos, y hay los que se han hecho a la idea de que las cosas siempre han sido así y no hay vuelta de hoja. Sin embargo, con sus diferentes matices, estas creencias son incapaces de romper el cerco ideológico tras el que se oculta el fondo de la cuestión, la raíz de la verdadera crisis que padecemos.

Fruto de un aberrante realismo y una completa ausencia de conciencia crítica, esta ceguera inducida muestra a las claras el triunfo de una educación que prepara para el gregarismo, la sumisión y la obediencia. No en balde, los ciudadanos de a pie han aprendido a mirar con resignación el permanente circo político en el que ocupan, en régimen de monopolio, el centro de la pista, sujetos permanentemente a la mistificación y el escarnio de sus “representantes”. Y es que alimentando promesas y falsos debates, promoviendo acusaciones contra el gobierno en ejercicio o denunciando en los otros las trapazas que amparan bajo el mantel de sus propias siglas, los políticos profesionales van abriéndose camino renovando sistemáticamente la credulidad y el conformismo del elector. Cuando gobiernen “los nuestros” cambiarán las cosas, se repiten cada cuatro años los disciplinados votantes habituales.

Sin embargo, la mansedumbre y la inercia de la que hacen gala les impide rasgar la cortina de la parodia electoral y descubrir lo que verdaderamente está en juego. Ya se sabe que militar en la idiotez jamás ha garantizado otra cosa que la falta de lucidez para llegar al fondo de los problemas. Así, si la corrupción es hija de la ocasión y la única gloria que reconoce nuestra civilización es la que proporcionan el dinero y la fama, ¿por qué demonios los que mandan deberían dar ejemplo de honestidad, rectitud y decencia? ¿Tal vez porque el ejercicio del cargo lleva implícita una responsabilidad moral? ¿O porque son ellos los primeros que deberían dar ejemplo?

Bien, dejemos de reírnos. ¿Cuál sería, entonces, la matriz de nuestros males?, se preguntarán. Pues la corrupción, naturalmente. Pero, oiga, ¿qué nos dice usted? ¿No acaba de afirmar que la corrupción era la espuma de un fenómeno mucho más vasto? En efecto, así es, pero aquí no se trata de los tejemanejes de una legión de rufianes jugando al escondite con Hacienda, sino de una corrupción que hunde sus raíces mucho más abajo, una corrupción moral, ética, física y espiritual del ser humano. En tiempos más honestos solía llamarse a esa corrupción por su nombre: capitalismo. Pero no debe sorprendernos que esa vieja palabra con un significado tan preciso para la clase obrera clásica haya caído en el olvido, ya que el capitalismo pertenece por derecho propio al orden consubstancial de las cosas, es nuestro medio ambiente natural. Y, además, ¿quién osaría enfrentarse a un orden social, político y económico de origen casi divino? ¿Se imaginan qué clase de personas pueden albergar la intención de liquidar el orden inmutable del mundo?

No obstante, estos individuos existen: son los continuadores de una tradición de pensamiento libertario que ha atravesado todas las épocas fecundando el inconformismo y la rebelión. En medio de los espurios debates con los que el poder marea la perdiz alejándonos de las auténticas miserias que gobiernan nuestras vidas, los legatarios de este pensamiento han dirigido su mirada hacia los centros reales del poder para identificar a los enemigos de lo “común” y gritar que el rey está desnudo. Carente de una dogmática y de guardianes del templo que velen frente a los libros sagrados, desde tiempos remotos la tradición libertaria ha constituido un campo magnético capaz de atraer por afinidad a todos aquellos que se han opuesto visceralmente a todo poder que no emane de lo colectivo. En este sentido, los libertarios se han mostrado infalibles a la hora de identificar todo lo que impide la erección de una sociedad justa y decente. “Si quieres saber quien manda, mira a quien no se te permite criticar”, escribió Voltaire, y en lugar de continuar dando palos de ciego, algunos se han percatado de que era necesario echar una ojeada a los bastidores del Estado para comprobar quien detenta el verdadero poder. “Saber quien es el que manda, eso es todo”, le decía Humpty Dumpty a una atribulada Alicia. Bastará, pues, asomarse a las amplias tramoyas del Estado, un espacio devorado por las turbias y truculentas ambiciones de clanes rivales, para tener una idea fiel de quien maneja los hilos del Leviatán. Es el seno de ese instrumento supremo de la privatización de la política que es el Estado donde sedimentan las formas más inmundas del poder orquestadas por hampones financieros, el crimen organizado y las mafias empresariales, bancarias, policiales, políticas y judiciales. Es ahí donde se cuecen realmente las “crisis” que sus perpetradores nos conminan a superar con sacrificio y estoicismo. Con sus mentiras, sus secretos inconfesables, sus fondos reservados, sus cloacas, su chauvinismo, sus banderas, sus guerras, el Estado ha sido, y será siempre, el centro de gravedad de toda crítica libertaria que se precie. Así, establecer como prioritaria la lucha por un determinado formato de Estado, a modo y semejanza del republicanismo militante, como primer paso para resolver la cuestión social constituye un brindis al sol y una excelente excusa para prolongar la existencia del árbitro de la desigualdad social. El hecho de que un nuevo partido, junto a algunas formaciones más veteranas, hayan considerado la reivindicación de un nuevo Estado republicano como la medida de su radicalismo es un botón de muestra de la fatuidad de estos advenedizos electorales que salivan con la posibilidad de copar escaños y ministerios. Nada nuevo bajo el sol del Estado.

Los diversos colectivos que han mantenido viva la memoria libertaria han hecho hincapié, además, en que combatir al Estado implica igualmente combatir a quienes tratan de instalarse en su fachada: los partidos políticos, aparatos burocráticos con intereses propios contrapuestos al bien común. La transubstanciación en partido político de la indignación de los que un 15 M salieron a la calle, hartos de más de lo mismo, a encontrarse con otros, a ver qué pasaba, es una piedra de toque para quienes sientan la tentación de prestar oídos a los caudillos. A esos que aquel mayo se agitaban en la calle y hoy apoyan a los que revolotean en el parlamento se les podría aplicar la máxima de ese gran reaccionario que fue De Maistre: “habéis aprendido a identificar a los predicadores de esos dogmas funestos, pero la influencia que han ejercido sobre vosotros no se ha disipado”. Obligados a sentarse en la mesa del poder para repartirse el botín con sus viejos enemigos, los caudillos de la rebelión popular se han convertido ya en los predicadores contra los que clamaban ayer. Ellos están instalados, pero, ¿cuál será la excusa de los que los auparon?

Ajenos a este bestiario de políticos profesionales y electores, nos encontramos con grupos y colectivos cada vez más numerosos que se han dotado de formas organizativas autónomas, horizontales y democráticas. Quienes los integran saben bien que votar, esa actividad que según reza la vox populi es el único “deber cívico” que da derecho a la queja, es una estupidez y no una virtud cuando de lo que se trata es de decidir quien va a decidir por nosotros. Los miembros de estos colectivos se han creído capaces de estructurar sus vidas, o al menos algunas parcelas, sin la tutela del Estado y los partidos, sin más principios que el apoyo mutuo, la solidaridad, la fraternidad, la generosidad y la reciprocidad. Edificios y pueblos ocupados, gestión colectiva de barrios, regulación vecinal de servicios y redes económicas no monetarias paralelas que sirven de sostén social a los sectores más golpeados por la enésima “crisis” del capitalismo, son claros ejemplos de auto organización en los márgenes del Estado y del capital. Desde estos colectivos se ha dicho “NO” a la mentalidad de rebaño y al estreñimiento crítico, a la propiedad privada del suelo, o a que se considere al mercado, una entelequia que según el mantra capitalista reparte con equidad y justicia los recursos disponibles, el juez inexorable de los méritos de cada uno en este valle de lágrimas. Por increíble que parezca, tres siglos después de que Mandeville se labrase una fama duradera con su alegoría de las abejas, el fraude de los vicios privados como motores de las virtudes públicas continúa tan vigente como el primer día. Pero es necesario ser un completo majadero para no ver que el estímulo de los vicios privados, lejos de favorecer la virtud pública, lo único que alienta es una sociedad de codiciosos sin escrúpulos dispuestos a pasar por encima de los demás. En realidad, esa nebulosa que se denomina “mercado”, el mercado del gran dinero, bien entendido, no es más que el escenario donde se despliegan el egoísmo, la astucia y la marrullería más despreciables. La habilitación de espacios donde prevalecen el trueque y el intercambio de servicios sin mediación del dinero no sólo ha puesto en solfa esta fábula, sino que ha desnudado la miseria de reducir a los hombres y mujeres de cualquier tiempo a furiosos buscadores de riqueza y bienestar material. Del necesario conflicto que se da entre toda organización social que se fundamente sobre los principios de la solidaridad y la cooperación entre sus miembros, por un lado, y el encuadramiento burocrático estatal y partidista, por otro, ha surgido también una experiencia moral derivada del desinterés, de la alegría de hacer las cosas en común y no contra otros. Sería un grave error subestimar el enorme grado de satisfacción personal que produce hacer las cosas por que sí, por ellas mismas, por su gratuidad, sin esperar recompensa material alguna.

Esta modalidad de comercio en los márgenes también ha tenido la virtud de arremeter contra uno de los aspectos más catastróficos de la dictadura económica: la repugnante falta de calidad de los productos de consumo destinados a un gigantesco mercado de masas, consecuencia inevitable de la incorporación de la tecnología a la producción de basura industrial, ya sea de alimentos, bienes, prendas o muebles. Contra lo que los “críticos” han denominado, sin la menor ironía, la “sociedad del individualismo”, en la que, como diría Borges, todos son iguales, hasta en lo de creerse distintos, cada vez son más los que han optado por un retorno al lujo más excelso: la artesanía. Lejos de ver un freno en la tradición, este retorno al esmero y la pausa que exige lo hecho a mano está marcado en muchas ocasiones por una firme oposición al ídolo intocable del Progreso. En una era de destrucción general signada por un progreso tecnológico que aniquila tradiciones comunes y vidas privadas, los libertarios han visto la necesidad de erigirse en los únicos y verdaderos conservadores. Esta paradoja chestertoniana no lo es tanto si atendemos a los discursos de todo el arco político; desde la extrema izquierda hasta la derecha más recalcitrante, nadie está dispuesto a bajarse del barco de un progreso material que marcha a todo vapor hacia el vacío. La lógica es de una simplicidad risible: ustedes sigan destruyendo patrimonio, territorio y costumbres, devasten la biosfera, aceleren los ritmos de vida, produzcan y consuman sin cesar, curven la cerviz ante el ídolo de la velocidad, entretengan a todo dios con máquinas para reemplazarnos en todas las actividades que nos hacían humanos y la cuestión social se resolverá por sí sola. En vista de que no se puede colocar el delirante credo progresista en la diana de la crítica más radical sin convertirse en el hazmerreir de todos los que murmuran sobre dobles usos y poner las máquinas al servicio de tal o cual proyecto político, era inevitable que sus verdaderos enemigos se instalasen dentro del círculo libertario. ¿Y cómo podría ser de otra manera cuando los que se dicen “conservadores” son los más entusiastas patrocinadores del progreso, un patrocinio que comparten con todas las fuerzas de la “izquierda”, tan progresista ella? Si no conservamos los restos del naufragio del progreso, en breve no habrá ya nada de qué preocuparse.

Y si la tradición libertaria ha nutrido a los grupos que desde la noche de los tiempos se han opuesto a todas las instituciones totalitarias que orientan nuestras conductas, desde el Estado hasta la fábrica, pasando por el ejército, su influencia ha sido igualmente decisiva en la lucha contra la religión organizada. El combate al teísmo en cualquiera de sus manifestaciones ha sido una de las grandes señas de identidad del pensamiento libertario. Encarnada actualmente en asociaciones de ateos y librepensadores, la voluntad de forjar espíritus autónomos y lúcidos se ha visto obligada a enfrentar una metafísica que nos invita a levantar la vista hacia el cielo con resignada adoración, mientras los representantes del Altísimo en la tierra organizan orgías de ignorancia, sangre y muerte que no han dejado de sucederse a lo largo de los siglos. Aliada íntima del poder temporal, la Iglesia, cualquier Iglesia, representa la negación de la libertad de conciencia, una máquina expendedora de docilidad, embrutecimiento, dogmatismo y inquisiciones; pero la Iglesia simboliza sobretodo la punción feroz de toda disidencia, un rasgo que comparten con los todos los dogmas políticos. El viejo lema libertario de la I Internacional, “Verdad, Justicia y Moral” continuará teniendo plena vigencia mientras la sinrazón y el fanatismo acechen tras teologías que liberan y guerras santas.

Por fin, el ideal libertario también ha sostenido una crítica implacable al patriarcado, uno de los bastiones más sensibles de la opresión capitalista. Empero, esta crítica está en las antípodas de la impostura de esas mujeres que reclaman su inclusión en el paisaje del poder masculino, porque lo que está en juego es la creación de un nuevo paisaje compartido por seres humanos en pie de igualdad. Desmarcadas de la opacidad teórica postmoderna, hay mujeres que no se han prestado al juego de esa retórica vacía, ni han vociferado su derecho a un trozo del pastel. Por el contrario, en lugar de reforzar la opresión solicitando paridad en el parlamento o mayor presencia en cargos directivos, han impugnado los cimientos mismos de un sistema capitalista erigido sobre la explotación de género.

No es casual que todas estas manifestaciones de intransigencia con el poder establecido hayan cobrado un notorio auge en este malhadado ruedo ibérico. Ocho décadas atrás, hubo un 19 de julio que fue testigo de la puesta en marcha del proyecto de transformación social más profundo da la era contemporánea, un proyecto animado por el deseo de acabar de una vez por todas con la “opresión del hombre por el hombre”. Esa experiencia omitida traducía décadas de paciente escenificación de las ideas libertarias que prefiguraban la sociedad libre que se pretendía edificar. Es el legado de esa tradición el que muchos recogen hoy, sean o no conscientes de ello, cuando embisten contra los pilares sagrados del capitalismo.

La acusación de utopismo e irrealismo que pesa sobre esta tradición no es en absoluto nueva. Como era de suponer, la percepción general sobre el pensamiento libertario es la de que únicamente seduce a equivocados, radicales delirantes o seres patológicos. Inaplicable, dicen unos; inaceptable, afirman otros. Pero en este desolladero de sensibilidad, en este jardín de las delicias de refugiados, miserables, poblaciones famélicas, guerras y mafias por doquier, en medio de una sociedad que se disuelve corroída por una virulenta cultura del egoísmo, de la crueldad y de la indiferencia, del machismo más odioso y de la completa ausencia de un proyecto común, sería un error pensar que las ideas libertarias están fuera de combate. Por el contrario, de forma cada vez menos clandestina exhiben su vigencia invitándonos a depositar un poco de confianza en esa “decencia común” que tan elocuentemente defendió Orwell. Pero también, y sobre todo, a ser radicalmente lúcidos. De ello depende nuestro futuro como especie, porque el nudo de la cuestión no es qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos, sino, como agudamente vio el añorado Jaime Semprun, qué niños vamos a legar al mundo.

MICHEL SUÁREZ

Texto de Michel Suárez enviado para o IEL (julho de 2021)




Fonte: Ielibertarios.wordpress.com
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